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En este Salmo encontramos a un hombre que busca a Dios y su camino se ve entorpecido por la incomprensión y hasta la oposición de los que le rodean. Estos actúan sobre él desde la arrogancia, y, en su prepotencia, oprimen e intentan aplastar su experiencia de Dios. El salmista, al no poder encontrar en ellos una aprobación de su camino de fidelidad a Dios, se acoge a Él y acierta. Y aquí está la providencia de Dios, Él mismo inspira a este hombre a acogerse a la única salida posible en estas circunstancias: confiar y apoyarse en Él como único garante de que su búsqueda es conforme a la verdad. Y así le oímos clamar desde lo más profundo de su corazón: «A ti te suplico, Señor. Por la mañana escucha mi voz; por la mañana te expongo mi causa, y me quedo esperando».
 
Así, en el mismo escenario y con las mismas opresiones externas, vive el Mesías su misión de abrir un camino hacia el Padre en cuyo seno Él entra como Señor (Flp 2,11); y deja ya para siempre la puerta abierta a toda la humanidad. Jesucristo es vencedor de toda opresión e impedimento provocado por el Príncipe de este mundo –como así le llama Jesús (Jn 14,30)– vuelve al Padre; consciente de su victoria, la ofrece a todo hombre que busca a Dios, y así nos lo hace saber: «En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).
 
El evangelista san Juan se hace eco de esta promesa de Dios, experimenta que es verdad, que se cumple; tiene conciencia de que él mismo es partícipe de esta victoria concedida por Jesucristo y la transmite como don a sus comunidades, tal y como lo vemos en su primera carta: «Todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe» (1Jn 5,4).
 
Esta promesa-victoria no es aérea, sino que es el fruto de haber nacido de Dios; «nacido de lo alto», como el mismo Jesús le anunció a Nicodemo (Jn 3,3). El apóstol Pedro explicitará magistralmente cómo este nacer de Dios no es sino el hecho de haber sido reengendrados por la Palabra, «pues habéis sido reengendrados de un germen no corruptible, sino incorruptible, por medio de la palabra de Dios viva y permanente» (1Pe 1,23).
 
Habíamos oído antes al salmista decirnos: «Por la mañana escucha mi voz». Cada mañana, cada día este hombre se dirige a Dios, y Él le responde, le habla. Esa Palabra que penetra por su oído es el alimento que le hace vencer el mal en todas sus dimensiones. El profeta Isaías nos presenta la figura del Mesías como alguien que es discípulo de Dios y a quien Él cada día le despierta el oído para escuchar: «El Señor Yavé me ha dado lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora. Mañana tras mañana despierta mi oído para escuchar como los discípulos; el Señor Yavé me ha abierto el oído» (Is 50,4-5). A partir de ahí el texto va enumerando distintos aspectos de la pasión del futuro Mesías, ante la cual no se resiste ni se echa atrás… precisamente porque cada mañana tiene el oído abierto para escuchar a su Padre y su lengua ágil para hablar con Él. Por eso Jesucristo puede decir a sus discípulos: «No os resistáis al mal» (Mt 5,39). Y esto no por heroísmo o generosidad sino porque Dios, el que da la victoria, sostiene al hombre de la misma forma que Él, como Hijo, fue sostenido por su Padre, que también lo es nuestro.
 
Es en este contexto donde tenemos que entender la oración que Jesús enseñó a sus discípulos: «Danos hoy nuestro pan de cada día» (Mt 6,11). Puesto que cada día somos tentados a servir al mal, también cada día, cada mañana, como oíamos al salmista, necesitamos el alimento de Dios para poder entrar en este combate, apoyándonos en la victoria de Jesucristo que también es nuestra, porque comemos el mismo Pan que comió Él para vencer este combate. El Pan de la Palabra, alimento del mismo Hijo de Dios, es el alimento del hombre, y, como signo visible de esta victoria, el cristiano come físicamente este Pan en la Eucaristía, no como devoción, sino como celebración gozosa de que participamos de la misma victoria de Dios en su Hijo Jesucristo.
 
Ya en el Antiguo Testamento, como signo de este alimento, Dios dio el pan-maná al pueblo de Israel para poder vencer los peligros mortales que suponía atravesar el desierto, camino obligado para llegar a la tierra prometida, imagen del Reino de los Cielos. Este pan que caía sobre el campamento, debía de ser recogido todas las mañanas. «Moisés dijo al pueblo: “Este es el pan que Yavé os da por alimento…”. Lo recogían por las mañanas, cada cual según lo que necesitaba» (Éx 16,15-21).
 
El cristiano, discípulo del Hijo de Dios, aquel que combatió y venció, aquel que cada mañana elevaba sus ojos al Padre para asimilar el veneno del mal sin que este le venciera (Mc 16,18), recibe del mismo Hijo de Dios esta Sabiduría de tener cada día el oído abierto, y el paladar anhelante para ser sostenido por el Pan de la Palabra que tiene su plenitud en la Eucaristía.