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Fotografía: Christian (Creative Commons)

En una larga entrevista que el periodista Peter Seewald sostuvo con Benedicto XVI, entonces cardenal Ratzinger, y que constituyó la base del libro “Dios y el mundo”, el entrevistador lanza a su interlocutor una pregunta acerca de la fe. Pregunta que va precedida de un planteamiento que casi parece una corazonada. Como si se tratara de una confidencia, le solicita su opinión personal acerca de una especie de definición de la fe que ha oído en alguna ocasión: ¿Cree que la fe es algo así como saltar de un acuario al océano?
 
La pregunta y la posterior respuesta dada por el interpelado, y que más adelante analizaremos, nos da pie para introducirnos en las páginas del presente libro en el que veremos la experiencia de fe del apóstol Pedro. Es una experiencia que no surge sin ausencia de estímulos: tiene como punto de partida la llamada del Señor Jesús desde el seno del mar, agitado y revuelto por la tempestad.
 
El texto del evangelio de Mateo nos sumerge en la experiencia de Pedro con sus marcas de dramatismo e incertidumbre. Hablamos de una experiencia que encierra la posibilidad de llegar a perder la vida a causa de una llamada que, y aquí aparece la tentación, bien podría ser considerada fruto de un espejismo o quimera.
 
La audacia de Pedro al asumir el riesgo de saltar de la barca es coronada con la afirmación y confirmación de su fe. Sus pies, -“contra toda esperanza” como diría Pablo (Rm 4,18)- en vez de ser engullidos por el mar embravecido, se asientan sobre la Roca firme que desafía el poder mortífero de la tempestad.
 
Recogemos ahora la respuesta que Benedicto XVI dio a Peter Seewald en la que intuimos el eco de una experiencia personal. Aceptando el enunciado que le ha propuesto, añade, arrojando luz, que es el Océano-Dios quien sale al encuentro del hombre. Creo que es fácil entender lo que está queriendo expresar: que no es posible saltar del acuario al océano si éste, a su vez, no se presentase al hombre como algo real y con posibilidad de ser verificado. Veremos cómo en el texto de Mateo sobre la tempestad (Mt 14,22-33), y que constituye el cuerpo de este libro, se entrevé la existencia de un océano más allá del acuario, lo que es en sí el sustrato de una gran esperanza. Sin embargo, ésta, en cuanto meramente posible, es insuficiente como para provocar que nadie se decida a dar el paso que pone en juego su vida. Vida, cierto es, limitadísima y condicionada por unos márgenes cuya expresión culmen es la certeza de la muerte…, pero es su vida.
 
El caso es que, a lo largo del texto de Mateo, vemos a Pedro saltar de la barca, su acuario, hacia el océano. Nunca lo hubiera hecho si, desde el seno de las aguas, no hubiese oído la voz de Jesucristo que, penetrando todo su ser, le gritó: ¡no temas, soy yo! No temas, estoy aquí como Señor, mis pies están firmes sobre el mar. No temas, soy Señor de la Vida, tengo dominio sobre toda muerte, también sobre la tuya.
 
A estas alturas, deseo puntualizar algo que me parece importantísimo. Es cierto que la fe se adecúa a la imagen del salto del acuario al océano, que es Dios. La imagen es válida pero incompleta. Dios no juega con el hombre poniéndole a prueba a ver quién es lo suficientemente capaz como para hacer el gesto heroico de saltar. A Dios no le interesan estas heroicidades. Si así fuese, sería algo así como el que da un premio a quien ha afrontado y resuelto un concurso de supervivencia. En tal caso, Dios sería todo menos Padre… y, bien, sí es Padre. Ha enviado a su Hijo para hacerse presente en lo más profundo de nuestras tempestades. Encarnándose en Jesús de Nazaret, se nos da a conocer lo suficientemente como para que arriesguemos y demos el salto hacia Él. Su Evangelio es un grito constante al hombre: ¡no temas, estoy aquí, salta hacia mí!
 
Esto fue lo que Pedro comprendió desde lo alto de la barca azotada por las olas. Es importantísimo señalar que el apóstol representa al resto del grupo que permaneció en la nave. Veamos bien que no salta sin antes haber arrancado de Jesucristo una palabra que le sirva de garantía. Pedro no es ni un héroe ni un necio, apelativos que el Señor Jesús no quiere para ninguno de sus discípulos. Pedro es un hombre de fe y representa también la sabiduría en sentido bíblico, la que viene de Dios. Es cierto que saltará y arriesgará su vida, pero sólo si Jesucristo le da su Palabra como apoyo y garantía, de ahí su grito: ¡Señor: si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas! El ¡mándame! que Pedro pide a Jesucristo no tiene nada que ver con el término orden tal y como lo asociamos y entendemos en nuestra cultura occidental. En la espiritualidad bíblica, el mándame de Pedro es una súplica: Pronuncia sobre mí tu palabra que da la vida, y saltaré. Jesús oyó el ruego de Pedro, lo acogió y le gritó: ¡Ven!
 
Es cierto que, en su caminar al encuentro de Jesús, a un momento dado, sus pasos vacilan, es dominado por el miedo y se hunde en las aguas. La angustia hace presa en él, por lo que gritó a Jesús hasta que su mano lo levantó. Este acontecimiento hace parte esencial de nuestro camino de fe, lo que podremos ver y entender bajo la experiencia de Pedro.
 
Es bueno señalar la riqueza catequética del gesto de Jesús levantando a Pedro. Recordemos que la mano en la espiritualidad bíblica significa el poder y, en consecuencia, la mano de Yahvé significa su poder. Tengamos en cuenta tantos textos bíblicos que nos iluminan a este respecto: “por la mano de Yahvé fueron hechas todas las cosas.” “Por la mano de Yahvé fue derrotado el poder del Faraón”, etc.
 
Bajo este prisma, quiero adelantar que, cuando Jesús extiende su mano y saca a Pedro de las aguas levantándole hacia Él, está anunciando su propia muerte y resurrección. También Él fue hundido y sumergido en las fosas tenebrosas de la tierra por el poder de la muerte. La mano de Dios, su Padre, removió las entrañas de la muerte y lo resucitó, lo levantó hacia Él y le puso a nuestra disposición en orden a la fe.
 
Dios Padre envió a su Hijo al mundo, lo entregó a la muerte para que éste, cara a cara con ella, le arrebatara el poder que tiene sobre todo hombre. En este combate victorioso, Dios Padre le dio el nombre de Señor. El apóstol Pablo nos transmite catequéticamente esta acción salvífica de Dios con su Hijo y, por medio de él, con el hombre: “Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre… para que toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre” (Fl 2,8-11).
 
Hoy, como ayer y siempre, Jesucristo continúa llamando al hombre. Su llamada tiene poder para impulsarnos a dar el salto de la fe. No hay ninguna diferencia entre el Señor Jesús, que llama a Pedro desde el abismo de las aguas, y el que nos llama a nosotros desde el seno del Evangelio. Recordemos que los santos Padres de la Iglesia nos dicen que en el Evangelio está contenida la divinidad de Jesucristo.
 
Quizás nos es difícil entender y asimilar esto. Nos ayuda a su comprensión el hecho de que, de la misma forma que cuando Zacarías bendijo a Dios ante el nacimiento de su hijo Juan Bautista, llamó al Mesías -que ya estaba encarnado en María- “fuerza de salvación de Dios” (Lc 1,69), el apóstol Pablo emplea las mismas palabras al definir el Evangelio, tal y como lo vemos en Rom 1,16.
 
Efectivamente, el Evangelio es la fuerza de salvación de Dios para nosotros. Él nos posibilita y capacita para dar el salto que nadie podría dar por sí mismo. Pretender darlo con lo que se ha querido llamar la ”fe ciega”, es un absurdo tanto para Dios como para el hombre. La fe, me refiero a la fe adulta, ha de estar precedida por la llamada “fuerza de salvación de Dios”, que hace razonable que el hombre pueda apostar su vida y saltar desde su acuario hasta Él. Esta iniciativa de Dios en orden a la fe, ya nos vino anunciada por el salmista que exclamó: “en tu luz vemos la luz” (Sal 36,10). Luz que ilumina todos nuestros temores y que tiene un nombre: el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.
 
Quiero terminar este prólogo con unas reflexiones de Madeleine Delbrel, contemporánea nuestra, quien, desde su más que razonado ateísmo, buscó infatigablemente a Dios hasta que lo encontró. Leamos algo de lo mucho que nos transmitió acerca del Evangelio como luz y fuerza de su encuentro con Él: “El Evangelio, para revelar su misterio, no requiere decorado, ni erudición ni técnica, sino un alma prosternada en adoración y un corazón despojado. Quien no toma el Evangelio con la resolución de un hombre que no tiene más que una esperanza no puede descifrarlo ni recibir su mensaje.”