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Buen Pastor (Murillo)

A lo largo de las páginas de este libro vamos a presentar al Hijo de Dios bajo la figura del Buen Pastor. ¿Qué es lo que marca la diferencia de Jesucristo, Buen Pastor, con respecto a los demás pastores de Israel, tanto en su tiempo como a lo largo de toda su historia? Sin duda, su relación con la Palabra.

Jesucristo es enviado por el Padre al mundo con una misión muy concreta y definida: salvar al hombre. En esta misión, el Mesías nunca hace nada por su cuenta. La Palabra, vínculo que le mantiene permanentemente en comunión con el Padre, es el motor de todos sus actos, obras, idas y venidas, decisiones e impulsos. Esta Palabra, salida de la boca del Padre, es el origen y plenitud del Evangelio. A partir de este contexto, sabemos por qué se nos dice que Jesús «se retiraba» asiduamente a un lugar apartado a orar en soledad. Allí, por medio de la Palabra, Jesús entraba en el misterio del Padre y del suyo mismo.

San Juan pone en boca de Jesucristo esta afirmación que atestigua su relación con el Padre: «Yo le conozco y guardo su Palabra» (Jn 8,55). Así mismo, en la parábola de «la Vid y los sarmientos», Jesús proclama que la causa de la permanencia en el amor del Padre, tanto Él como sus discípulos, no está sino en guardar sus Palabras (Jn 15,10). Nos encontramos, pues, con una de las notas más características de Jesucristo como Buen Pastor: Ofrece a los hombres el mismo vínculo que Él tiene para permanecer en el amor del Padre.

Jesús, Buen Pastor, guarda la Palabra, la proclama como nexo de comunión con Dios y la da gratuitamente. Escuchémosle hablando con el Padre momentos antes de su Pasión: «He manifestado tu nombre a los hombres… ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos…» (Jn 17,6-8).

La Palabra que Jesús daba y sigue dando hoy a sus discípulos, es la fresca hierba ya anunciada como promesa en el Salmo 23, el cual proclama la bondad de Yavé presentándolo como «el Buen Pastor».

Jesucristo, en quien se cumplen las promesas de Dios, es el que proporciona esta fresca hierba, emergida de las entrañas de su Padre, recordándonos la imagen de la hierba tierna que brota de la fertilidad de la tierra. Ella es la novedad de cada día que produce alimento y descanso, pudiendo así el hombre saciarse y recostarse. Ella es «el pan nuestro de cada día», es la Palabra salida de la boca de Dios; está llena de divinidad y, porque tiene vida en sí misma, puede darla y la da.

Aquí se marca la diferencia abismal entre la Palabra –fresca hierba, impronta de la misma vida de Dios– y cualquier precepto moral, norma o ley, ya que estos, aun siendo válidos, al no tener vida en sí mismos, no contienen la fuerza para que se cumplan.

No así con el Evangelio, Palabra escuchada por Jesucristo, Buen Pastor, y dada al hombre como alimento y descanso. Entendemos por eso su aflicción viendo al pueblo de Israel, porque sus hijos «estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36). Sus pastores, al apacentar con preceptos morales, normas y leyes, llevaron a su pueblo a la vejación y al abatimiento.

A partir de Jesucristo, la Palabra –hierba que reconforta, pan de cada día salido de las entrañas del Padre– es el sello de garantía de los pastores que apacientan en su nombre. San Pablo nos dice: «La Palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos a Dios en vuestros corazones con salmos, himnos y cánticos inspirados…» (Col 3,16).

El apóstol pone la Palabra de Cristo, es decir, el Evangelio, como fundamento de toda instrucción y amonestación, e incluso de todo agradecimiento del corazón hacia Dios con salmos e himnos; y no como objeto de estudio, sino como huésped que habita en toda su riqueza en el corazón del cristiano y, por supuesto, sobre todo en el corazón de los pastores, cuya misión prioritaria es el ministerio de la predicación.

En el comienzo de la Carta a Tito, Pablo se define a sí mismo como siervo de Dios, es decir, como aquel que tiene permanentemente el oído abierto. Esta era la actitud de los siervos con sus señores, siempre disponibles a su palabra. Pero Pablo tiene la conciencia de que este su «ser siervo de Dios», es para llevar a los hombres la fe y el pleno conocimiento de la verdad, la esperanza de la vida eterna que, prometida por Dios desde toda la eternidad, se ha hecho ahora visible por la Palabra: la predicación a él encomendada (Tit 1,1-3).

Pablo es imagen preciosa de Jesucristo como Buen Pastor. Tiene el oído abierto para escuchar a Dios, acoge y guarda la Palabra sabiendo que acoge y guarda a Dios; y pone su vida al servicio de la predicación con la certeza de que Dios le ha llamado para dar vida eterna. Y esto para Pablo no es un título, es un don de Dios. Él sabe muy bien que da hierba que apacienta a los que le escuchan, pero también sabe que es el primero en ser apacentado y saciado en los verdes prados de las Escrituras que Dios le da, por eso es buen pastor.

La Palabra, el Evangelio que llega así a los hombres, se convierte en el instrumento de elección de Dios. Escuchemos cómo Jesucristo, en su oración con el Padre, pide por sus discípulos en estos términos: «Santifícalos en la Verdad: tu Palabra es la Verdad» (Jn 17,17).

Santifícalos, dice Jesús, es decir, escógelos, sepáralos para ti, que esto es lo que significa la palabra santificar. En la boca de Dios, santificar no tiene ninguna connotación moral, ningún estado de vida cristiana superior a otro. Dios llama-elige por medio del Evangelio… (2Tes 2,14).

Jesucristo es el Buen Pastor, se da a sí mismo no para presentarnos un ejemplo moralizante, sino para hacer visible la Palabra que da la vida, el Evangelio lleno de su misma divinidad. Evangelio que tiene el poder de llevar al hombre a su plenitud en su creación como hijo de Dios (Jn 1,12).

Jesucristo es Buen Pastor no porque murió en la cruz, sino porque, a partir de su muerte y en la gloria de su resurrección, ha roto la antigua alianza: todo precepto, norma y ley que no sirven sino para cansar, vejar, abatir, humillar y desnutrir al hombre. En Él Dios realiza la Nueva Alianza. Él es la vida en abundancia (Jn 10,10), el alimento que descansa y vivifica; en Él se anulan todos los títulos y prepotencias, en Él todos somos hermanos. Él, la Palabra salida del Padre, nos pone en comunión no por un esfuerzo personal, sino por el hecho de comer todos el mismo alimento, el mismo pan, la misma Palabra que Él comió de su Padre y le mantuvo en fidelidad.

Jesucristo, el Buen Pastor, es también Pastor de pastores al conferir a estos su mismo don de apacentar las ovejas, fortaleciéndolas con abundantes pastos, que son alimento a la vez que descanso.

Así lo vemos en el último encuentro de Jesús con Pedro después de su resurrección. Por tres veces se dirige a él con esta pregunta: ¿Me amas? Por tres veces Pedro responde confesándole su amor. Es entonces cuando Jesús le indica la señal por la cual Pedro sabrá si su amor es auténtico: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21,15-17).

Pedro recibe estas palabras de Jesús no como mandato sino como don, ya que Jesucristo mismo le concede la Palabra como fruto fecundado y emergido desde la Cruz para que, a su vez, pueda robustecer su rebaño con el alimento que da la vida eterna.

El mayor don que Dios da a un pastor es el de una entrañable pasión por el Evangelio. Don que hay que pedir cada día. Cuando es sumergido por Dios en esta pasión, la Palabra se convierte en Luz potentísima. Es entonces cuando el pastor pastorea a su rebaño; y no con su sabiduría sino con la sabiduría de Dios, que es lo que verdaderamente alimenta a las ovejas a él encomendadas.

Jesucristo es el Buen Pastor. Su alimento es el nuestro, su oración es la nuestra, sus ojos luminosos que encontraban el rostro del Padre en medio de sus noches, son los nuestros. A lo largo de las siguientes páginas intentaremos ver esta figura de Jesucristo siguiendo el capítulo diez del evangelio de san Juan.