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Fotografía: Juan Felipe Rubio (Creative Commons)

No nos equivoquemos, el matrimonio no está pensado para la felicidad tal como usualmente la entendemos y las relaciones de pareja son muy difíciles, porque en realidad no es una relación de dos: Tú y Yo. Más bien es una relación de seis o más, a saber:

  • “La que tú eres”: (A).
  • “La que yo creo que tú eres”: (B).
  • “La que tú crees que eres”: (C).
  • “Con el que yo soy”: (D).
  • “El que yo creo que soy”: (E).
  • “El que tú crees que soy”: (F).

Además, como las creencias y forma de pensar de cada uno varían con el tiempo, resulta que tenemos combinaciones de muchos elementos en grupos de dos, o sea, un auténtico enredo. ¿Como es posible entenderse en este maremágnum?

Desde mi punto de vista, por ejemplo, cuando “El que yo creo que soy” (E) se relaciona con “La que yo creo que Tú eres” (B), tú piensas que “El que tú crees que yo soy” (F) se relaciona con “La que tú crees que eres” (C).

Donde yo veo una relación de “E” con “B”, tú ves una relación de “F” con “C“, es decir cada uno vive en su mundo particular, y al final ambos mundos son mentira, pues están basados en los egos que cada uno inventa para sí mismo y para los otros.

El matrimonio hace muy patente esta mentira que cada uno vive de forma particular, lo cual siempre resulta doloroso sobre todo si ambos miembros no están comprometidos con un camino de crecimiento personal, religioso o del tipo que sea, donde estén dispuestos a intentar rendir su ego.

Pues al final, día a día, mientras no seamos santos, se vive una relación de egos que luchan por tener el mando del televisor, y eso no le hace feliz a nadie, en el sentido más simple de entender la felicidad.

Por eso cuando el sacerdote une en matrimonio a una pareja, no dice “Y seréis felices a partir de ahora”, nada de eso, pues te tocará rendir el ego, y eso siempre es doloroso, sobre todo cuando no se quiere rendir.

Los egos son variables, porque no fueron creados por Dios, y la interacción (mental o física) entre egos produce cambio en éstos, y esto es porque el ego es sólo una idea, una mentira y no es un hecho cierto.

Tu matrimonio será feliz en la medida que sepas valorar cómo ayudará a ver y a rendir tu ego, tu propia mentira, algo así como un despertador, que siempre es incómodo, pero necesario para levantarse por la mañana.

Mucha gente se declara “buscador de la verdad”, pero yo prefiero declararme “buscador de la mentira”, pues sin encontrar primero la mentira que forja cada día nuestro ego, nuestros mundos personales y nuestras percepciones erróneas, nunca será posible percibir la realidad, la verdad.

Una vez pregunté a una persona que consideraba de gran discernimiento, ¿Qué es la verdad?, y me contestó: “La verdad es lo que es”.

A mí personalmente me pareció una respuesta muy acertada, sobre todo porque cuando Dios se apareció a Moisés en la zarza ardiente y dijo su nombre, dijo, “Yo soy el que soy”. Deduzco entonces que lo que es, es verdad y lo que no es verdad, es que no es. Lo que es lo mismo que decir que sólo existe la verdad.

Nosotros la mayor parte del tiempo sólo vemos la mentira y la confundimos con la verdad, nuestro mundo limitado de ideas y pensamientos inventado, con nuestro ego como protagonista absoluto, el cual puesto en funcionamiento, usurpa las atribuciones del verdadero Ser y toma el mando, de modo que nos comportamos como si ese conjunto limitado de ideas y pensamientos que se han hecho con el poder fuera nuestra propia naturaleza.

Todas las enseñanzas que llamamos espirituales, no son para el espíritu, son para el ego, es el ego el que necesita paciencia, humildad, templanza etc., y finalmente rendición total, por tanto el ego percibirá las enseñanzas espirituales como algo aterrador, la misma muerte.

Pero por suerte, si el ego muere sólo moriría la mentira. Afortunadamente nuestra valía no la establecemos nosotros ni va en función de nuestro ego, la estableció Dios cuando nos creó y nos hizo hijos suyos y nos dio un Espíritu puro y además, nos brindó su perdón y su amor incondicional por si nos quedaban dudas.