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Adoración del Cordero Místico (Jan Van Eyck)

Este Salmo es un canto, desde lo más profundo del corazón, de un hombre que ha experimentado el rescate de Dios. Representa a todos los hombres del mundo, también rescatados por Dios, cuya polifonía desborda, en un gran coro universal, los límites de lo visible hasta llegar a la misma presencia de Dios.

El salmista, profundamente agradecido a Dios por la salvación experimentada, anuncia que «proclamará todas tus maravillas», que desde las más profundas entrañas de su espíritu «tocará en honor de» su Nombre y que, ebrios su cuerpo y su alma por la plenitud que experimenta, proclama: «Me alegro y exulto contigo».

Es, como hemos dicho antes, el preludio del cántico que nos anuncia san Juan, salmodiado gozosamente por los rescatados: «Había una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y cantan con fuerte voz: La salvación es de nuestro Dios que está sentado en el trono, y del Cordero…» (Ap 7,9-12).

El salmista, en su combate por ser fiel a Dios, ha sufrido en su propia carne la opresión y la angustia. En su desvalimiento, Dios mismo ha sido su ciudad fuerte ante quien se han estrellado todos los ataques y acechanzas de sus enemigos. Ha hecho la experiencia de que Dios ha sido su fortaleza, su fuerza de salvación.

Jesucristo es esta fuerza de salvación ofrecida por Dios a toda la humanidad, y así lo anuncia Zacarías cuando, lleno del Espíritu Santo, profetizó ante el nacimiento de su hijo Juan Bautista: «Bendito el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo, y nos ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, como lo había prometido…» (Lc 1,67-70).

El apóstol Pablo dirá que cuando predica a Jesucristo está anunciando esta «fuerza de Dios»: «Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor 12,24).

Cuando el apóstol Pablo habla de llamados, se está refiriendo a aquellos a los que, habiéndoles sido predicada la Palabra, la han acogido; ya que Dios, por medio del Evangelio (2Tes 2,14), llama al hombre y le introduce en esta ciudad fuerte que es Él mismo. Como el salmista, podemos entrar, así, en la plena confianza porque conocemos su nombre.

Ya hemos visto en el Salmo anterior lo que significaba proclamar el nombre de Dios. Es participar de su esencia, es decir, del «Yo Soy el que Soy». Ahora, el salmista expresa que puede confiar en Dios y que esta confianza está apoyada en una garantía: «conoce su nombre».

Conocer en la espiritualidad bíblica significa entrar en la intimidad profunda con otro y, en este caso, conocer el nombre de Dios es sondear su Espíritu. Jesucristo, en quien se cumple en plenitud esta experiencia del salmista, nos dice que Él conoce al Padre y que el Padre le conoce a Él (Jn 10,15). Es un sondear recíproco de Espíritus; del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, y esta es la razón por la que oímos a Jesucristo decir: «El Padre y yo somos uno».

Puesto que el salmista también es imagen de todo cristiano, de todo aquel que busca conocer el nombre de Dios, nos vemos representados por él. Reunidos y convocados de nuestra dispersión por Jesucristo, el Buen Pastor, le seguimos, no por heroísmo ni por nuestras cualidades, sino porque hemos llegado a conocer su voz, su palabra, su nombre (Jn 10,4).

Se da entonces entre estas ovejas y el Buen Pastor, el mismo «sondear de espíritus» que se da entre el Hijo y el Padre. Y así escuchamos a Jesucristo decir: «Yo soy el Buen Pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí» (Jn 10,14). Así, «puesto que mis ovejas escuchan mi Voz-Palabra, yo las conozco, ellas me siguen y yo les doy la vida eterna» (Jn 10,27-28).

Todas estas ovejas reunidas y rescatadas por Jesucristo, llevan a su plenitud el canto iniciado como preludio por el salmista y, gozosamente agradecidas por la salvación ofrecida gratuitamente por el Crucificado y Resucitado, proclaman exultantes «al que está sentado en el Trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos» (Ap 5,13).