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Francisco de Asís (José Benlliure)

La figura de San Francisco, ochocientos años después, sigue siendo apasionante y actual en nuestra época. Este hecho ha provocado que, a veces, se juzgue su vida desde la óptica de nuestros días y no desde el contexto religioso, social y cultural en el que vivió Francisco, pues no cabe duda de que fue un hombre plenamente integrado en su tiempo.

Antes de su conversión participó en las luchas contra los nobles. Los profundos cambios económicos de la época, habían provocado enfrentamientos de los que no escapaba un importante centro de comercio como era Asís. Los burgueses y el pueblo obrero se habían unido creando los “comunes”, con el objetivo de truncar las estructuras feudales, basadas en la subordinación, por una nueva sociedad horizontal, sustentada en la asociación y en la que todos fueran iguales. Existía en el ambiente la esperanza de un nuevo orden y un anhelo de fraternidad. Sin embargo, los sueños de los más humildes saltaron por los aires cuando, tras derrotar a los nobles, los burgueses rompieron sus promesas y ocuparon la parte más alta de la sociedad, creando nuevas formas de desigualdad.

Mientras tanto, la Iglesia pasaba por una de sus peores crisis. Seguía anclada en el feudalismo y había dejado de escuchar a la gente. Por si fuera poco, la renovación que habían emprendido algunos grupos había derivado en sectas como los cátaros o los valdenses, que predicaban al pueblo la pobreza y poco más, mutilando el Evangelio, a la vez que tiraban piedras hacia la Iglesia.

En este contexto, Francisco, audaz para las fiestas, pero no tanto para las batallas, fue capturado por los nobles de Perusa, expulsados de Asís cuatro años antes por los comunes. El joven Francisco, hijo de un rico mercader de Asís, representaba bien el espíritu de la época y la esperanza de cambio. Sin embargo, el cambio que emprendió fue muy diferente, pues tras ser apresado y pasar un año en la cárcel en unas condiciones infrahumanas, empezó a replantarse su vida.

Si analizamos su camino posterior, hay varias claves que nos explican la enorme repercusión que tuvo en su época, pues en pocos años ya tenía miles de seguidores en toda Europa. Francisco repara la Iglesia desde dentro ya que, en vez de criticar, prefiere contribuir con lo que el llamaba “fray ejemplo”, una opción muy distinta a la de las sectas. También, se desmarca de éstas en su vuelta a las raíces del Evangelio, viviéndolo en toda su amplitud e interpretándolo, fundamentalmente, desde el amor y la alegría.

En una época en la que existía un deseo de asociación fundó, sin esperarlo, una fraternidad en la que todos eran iguales, organizada de una manera utópicamente horizontal: “A nadie se le llame prior, sino que todos, sin excepción se llamen hermanos menores”. Se denominan a sí mismos “menores”, -una palabra con connotaciones sociales en la época-, en solidaridad con la población olvidada y sometida; con la parte más baja de la pirámide social. No sólo les ofrecen caridad, sino que eligen situarse junto a ellos.

Por último, había que combatir a las sectas que se movían entre la población. Como la gente había dejado de ir a los monasterios, era necesario predicar en medio del pueblo, por lo que surgió la figura del fraile, que complementaba al monje. De este modo, las Órdenes Mendicantes (franciscanos y dominicos), llevaron a las calles y plazas el Evangelio de una manera tan pura y genuina, que pronto se esfumó la huella de las sectas. Como vemos, no es casualidad que Francisco haya llegado a nuestros días. Fue un hombre que supo entender su tiempo y adaptar el mensaje de Cristo a la realidad que le tocó vivir.


– Benedicto XVI, Las Órdenes Mendicantes. La renovación espiritual en la Edad Media impulsada por los Franciscanos y los Dominicos. Catequesis en la audiencia general del miércoles 13 de enero de 2010.
– Eloi Leclerc, OFM, Francisco de Asís, encuentro del Evangelio y de la Historia, en Selecciones de Franciscanismo, vol. XI, n. 32 (1982) 239-253.