himnos

Empieza este Salmo con una afirmación que no deja de llamar la atención por su contundencia: «Dice el necio en su corazón: no hay Dios». Casi llegamos al desconcierto cuando el salmista, en su insistencia, añade que «el Señor se inclina desde el cielo para ver si queda alguno sensato, alguien que busque a Dios».

Por más que haya una relación cultual del ser humano con Dios, lo que Él ve es que cada hombre, con o sin Dios, sólo se busca a sí mismo. Esta es la experiencia que hace Jesús en medio del pueblo de Israel, hasta el punto de llegar a decir a los suyos: «¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios?» (Jn 5,44). Y también en otra ocasión escuchamos a Juan lo siguiente: «Sin embargo, aun entre los magistrados, muchos creyeron en él; pero, los fariseos no lo confesaban para no ser excluidos de la sinagoga, porque prefirieron la gloria de los hombres a la gloria de Dios» (Jn 12,42-43).

Los profetas denunciarán repetidamente que su pueblo ha caído en la insensatez por la rebeldía de su corazón y, trascendiendo la letra de la Ley, apelarán a su esencia espiritual al advertir que el corazón y el oído de este pueblo es incircunciso; de ahí la caída vertiginosa en la insensatez. Oigamos al profeta Jeremías: «Circuncidaos para Yavé y extirpad los prepucios de vuestros corazones» (Jer 4,4). Y todavía, si cabe con más fuerza, veamos también esta denuncia del profeta: «He aquí que su oído es incircunciso y no pueden entender. He aquí que la palabra de Yavé se les ha vuelto oprobio y no les agrada» (Jer 6,10).

Ante el patente pesimismo del salmista, nos da la impresión de que el hombre se siente impotente en esta situación. Sin embargo, tiene una iluminación en su espíritu, y sabe que Dios terminará compadeciéndose y actuará para cambiar esa insensatez en sabiduría; y, con estas palabras de esperanza, el salmista cierra su oración: «¡Ojalá venga desde Sión la salvación de Israel! Cuando el Señor cambie la suerte de su pueblo, exultará Jacob y se alegrará Israel».

Dios responde al grito del salmista, anunciando una promesa extraordinaria que va a cambiar el corazón insensato del hombre: Él mismo va a sembrar la Palabra en el corazón para llenarlo de su sabiduría. «Pondré mi Palabra en su interior y sobre sus corazones la escribiré y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer 31,33).

El profeta Isaías es el que mejor presenta al futuro Mesías. Y, en uno de sus textos, anuncia de Él una característica sorprendente, una novedad esperanzadora: será alguien que tendrá el oído circuncidado, Dios mismo le abrirá el oído para que la Palabra pueda cumplirse sin velos ni interferencias. Oigámosle: «El Señor Yavé me ha dado lengua de discípulo para dar a conocer al cansado una palabra alentadora. Mañana tras mañana despierta mi oído para escuchar como los discípulos; el Señor Yavé me ha abierto el oído» (Is 50,4-5).

Jesucristo, en quien se cumplen estas palabras proféticas, vive permanentemente con el oído abierto a la palabra del Padre; es más, Él mismo es la Palabra hecha carne y, por ello, tiene la plenitud de la sabiduría de Dios. Jesucristo rompe el velo de la incredulidad del ser humano, tiene el poder de abrir el oído de todo hombre y sembrar en su corazón la palabra de Dios. Veamos el encuentro de Jesús resucitado con los dos discípulos de Emaús, que representan a los demás apóstoles y también a todo hombre. A un cierto momento les dice: «Insensatos y torpes de corazón para creer. Tres años habéis estado oyendo el Evangelio y no habéis creído por vuestra insensatez y torpeza de corazón». Y nos dice Lucas que entonces les estuvo explicando las Escrituras empezando por Moisés.

Jesús, que en su muerte rasgó el velo del templo, por la fuerza de su resurrección, les va revelando la Palabra con un poder tal que va rasgando su oído. La Palabra que oyen estos hombres, ya no son consideraciones morales ni datos técnico-exegéticos; la Palabra, en la boca del Resucitado, es como «una espada que circuncida el oído y el corazón» (Heb 4,12), pues hasta allí llega con toda su fuerza cumpliendo así la profecía anteriormente citada de Jeremías.

Yesta es la experiencia que hacen los dos de Emaús en el encuentro que tuvieron con Jesucristo. De hecho, cuando desapareció de la mesa, se comunicaron el uno al otro esta vivencia tan profunda: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32). Fue como un Pentecostés. La Palabra en el corazón con la fuerza del fuego; y así acontece a lo largo de dos mil años. La pasión amorosa por la Palabra, el deleitarse con el Evangelio, establece una relación de Dios con el hombre y del hombre con Dios, exactamente igual a la de los dos discípulos de Emaús con el Resucitado. Y es entonces cuando Jesús transforma nuestra insensatez en sabiduría.