Tierra seca

Fotografía: Agustín Ruiz (Creative Commons)

El salmista exhorta al pueblo con estas palabras: «Dice el necio en su corazón: “Dios no existe”. Se han corrompido cometiendo abominaciones: no hay uno solo que obre el bien». La intención de nuestro hombre al hacer esta advertencia es clara: el insensato, el necio tiene el corazón vacío, por ello, en su interior, lo único que hay es la ausencia de Dios. Denuncia que Dios no está con él.

Jeremías anuncia al pueblo de Israel la inminente invasión de los pueblos vecinos: «Una voz avisa desde Dan y da la mala nueva desde la sierra de Efraín. Pregonad: ¡Los gentiles ya están aquí! Hacedlo oír en Jerusalén. Los enemigos vienen de tierra lejana y dan voces contra las ciudades de Judá» (Jer 4,15). Y Yavé ilumina al pueblo el porqué de la invasión. «Es porque mi pueblo es necio: A mí no me conocen. Criaturas necias son. Carecen de talento. Sabios son para lo malo e ignorantes para el bien» (Jer 4,22).

Hemos visto cómo Jeremías anuncia la desgracia y Yavé la testifica y dice que este acontecimiento nefasto para Israel es a causa de su insensatez y necedad: Rehusaron conocerle. Dios mismo, con sus palabras, define lo que es un necio. Es alguien que, con su boca, puede cantar y bendecir a Dios pero su corazón se inclina a lo que a él le parece más provechoso, independientemente de la palabra de Dios que dice escuchar. Por eso es inteligente para el mal e ignorante para el bien. No tiene ningún interés por conocer a Dios en profundidad.

Yavé insistirá una y otra vez a lo largo de toda la Escritura, que a Él se le conoce por medio de la Palabra. Cuando no está en el corazón del hombre, este se hace único juez de sus actos y decisiones. Llega un momento en que vive totalmente ajeno a Dios. Más todavía, Dios no le hace falta para vivir su vida. Así lo oímos en el profeta Isaías, en su alocución sobre Babilonia, que es el símbolo de toda idolatría: «Te sentías segura en tu maldad, te decías: nadie me ve. Tu sabiduría y tu misma ciencia te han desviado. Dijiste en tu corazón: ¡Yo, y nadie más!» (Is 47,10).

Jesucristo es la Palabra hecha carne, y define el sello por el que puede reconocer a sus ovejas, a sus discípulos: «Yo soy el Buen Pastor y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen» (Jn 10,14.27).

El anuncio de Jesús es claro, no deja lugar a dudas. Él reconoce a sus discípulos por la calidad de su oído, por su insistencia en escuchar su Palabra. Esta es la fuerza enviada por Dios para que el hombre pueda hacer lo que se llama el discipulazgo, es decir, el seguimiento de Jesús, cuyos pasos terminan en el Padre. Es un camino que nadie sino solamente Jesús conoce: «Adonde yo voy, vosotros no podéis venir» (Jn 13,33). Nadie sabe ir, pero Él mismo nos llevará, nos conducirá como Buen Pastor para que donde esté Él, estemos también nosotros (cf Jn 14,3).

Cuando no se da este tipo de relación Palabra-escucha, el hombre, por muy devoto que sea, termina con un corazón vacío, pagano, idólatra como el de Babilonia; termina diciendo «yo y nadie más»; exactamente tal y como dice el necio que encabeza este salmo, que dice en su corazón no hay Dios, y es cierto que no hay Dios para él porque nunca lo ha querido recibir tal y como Jesucristo propone: «Mis ovejas escuchan mi voz».

Lo más grave de esta situación, no es solamente que el hombre no conozca a Dios, sino que el mismo Dios tampoco le conoce a él tal y como vemos en la parábola de las diez vírgenes. Sabemos que Jesús habla de cinco vírgenes necias, insensatas, porque su lámpara estaba apagada, vacía de luz. Sabemos que san Juan define a la Palabra con luz (Jn 1,9).

Las vírgenes necias tienen la lámpara apagada, que significa el corazón sin la Palabra, sin luz. Significa el corazón vacío: ¡Yo y nadie más! Por eso, cuando estas quisieron entrar en el banquete de bodas, por más que gritaron ¡Señor, señor, ábrenos! Él le respondió: En verdad os digo que no os conozco (cf Mt 25,11-12).

El Hijo de Dios, que es la Palabra hecha carne, nos indica cómo evitar este peligro de tener el corazón necio, de vivir inmersos en la vaciedad e idolatría. Como decíamos antes, por la calidad de nuestro oído: Un oído atento al Dios que habla. Un oído que pone en movimiento a la persona y le hace buscar su tiempo para escuchar a Dios. Un oído que, recogiendo todas las ansias existenciales del hombre, ha comprendido que el Evangelio es su única esperanza. Un oído lleno de sabiduría que percibe y comprende que, escuchar y guardar con amor la Palabra, es la vía por la que Dios habitará en su corazón. Escuchemos a Jesús: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23).