Cielo rojo

Fotografía: Ben Gesoff (Creative Commons)

Hay muchos Salmos y textos en la Escritura que hablan de esta “enigmática” expresión: “el día del peligro”.

“Que te escuche el Señor el día del peligro
Que te proteja el Nombre del Dios de Jacob…” (Sal 19)

Y también:

“En el día del peligro te llamo, y tú me escuchas…” (Sal 85)

¿Y cuál es ese día del peligro? En la Escritura, en los tiempos en que fue escrita, el pueblo de Israel estaba en continuas luchas con los pueblos vecinos. Estos Salmos, eran peticiones que se hacían a Yahvé para salir victoriosos en las contiendas.

Actualmente siguen existiendo las contiendas, aunque de forma distinta a como se producían antaño. Los que vivimos en el primer mundo, Europa y América, sobre todo América del Norte, vemos muy de lejos las contiendas de los enemigos. Es cierto que existen, se envían ejércitos a la guerra, pero es algo que… vemos en la televisión, leemos en la prensa, y, al final, pasa como cuando conocemos un enfermo que nunca muere: nos acostumbramos a que esté siempre enfermo. Es una triste realidad, esta insensibilización del ser humano.

Entonces, ya no hay que temer “ese día del peligro”. Para nosotros ya no existe. Y lo que es aun peor: lo que dice o dijo la Escritura, era para aquellos tiempos, no para ahora. ¡Craso error! Nosotros somos el nuevo pueblo de Israel, y los problemas y preocupaciones de aquellos, son, de alguna manera igual a los tiempos actuales. La Palabra de Dios es Eterna, inmutable, verdadera, y ¡Se cumple siempre!

Para nosotros, ese “día del peligro” es cuando el hombre entabla una batalla contra su enemigo: contra el dinero, contra su egoísmo, contra sus pecados capitales, que le arrastran a otros más graves… Ese es el peligro que acecha al hombre. Ya nos recordaba Pedro: “…Mirad que vuestro enemigo, el diablo ronda como león rugiente esperando a quién devorar…” (1 P, 5-8)

Por eso, volvamos la vista a Dios. Y si no podemos volvernos –que es lo que significa convertirse-, “volverse hacia”, pidamos a Dios que se vuelva Él hacia nosotros, que escuche nuestras súplicas, cuando las hacemos, y, sobre todo, cuando ni siquiera somos conscientes de que le necesitamos. Así ganaremos la batalla de ese “día del peligro”.

¡Vuélvete, Señor, restablece mi vida, ponme a salvo por tu misericordia! (Sal 6,5)

Alabado sea Jesucristo.