Eucaristía en la catedral de Westminster

Fotografía: Catholic Church England and Wales (Creative Commons)

Entre las lecturas de la Escritura, la única palabra que se proclama es el Santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Dicho esto, podemos observar que en muchas celebraciones de la Eucaristía, el sacerdote desde el ambón, lugar sagrado desde donde se lee la Palabra de Dios, comienza la lectura del Evangelio con estas palabras:

– Lectura del Santo Evangelio según… (Se anuncia el evangelista que corresponda según el Canon)

La realidad es que es una gracia de Dios poder subir al ambón y dar esa “Buena Noticia” que es el Evangelio. Como es una gracia de Dios, de infinito valor, poder colaborar con Él en el Milagro Eucarístico del Misterio de la Transubstanciación, esto, es, la conversión de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.

Decían los Santos Padres de la Iglesia Primitiva, que el Evangelio tiene un cuerpo y un alma: el cuerpo es la letra impresa sobre papel; el alma es la misma Divinidad de Dios. No en vano nos dirá san Juan en el prólogo del Evangelio: “…En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios…” (Jn 1,1).

Pues ya que el Evangelio, la Palabra, es Dios mismo, tratémosla con el respeto y la grandeza que merece el Misterio. El Evangelio es la única Palabra que se PROCLAMA. Y así podrá decir el oficiante (sacerdote o diácono):

– “Proclamación del Santo Evangelio según…”

En las “cosas santas de Dios”, su Palabra, hemos de ser escrupulosos, conscientes de la Grandeza que se está realizando, ante quien “toda rodilla se ha de doblar, en el cielo y en la tierra, y en el abismo, Jesucristo…” (Fp. 2,10).

Ya en tiempos de Moisés, el libro del Deuteronomio decía: “…Voy a proclamar el Nombre de Yahvé, ¡dad gloria a vuestro Dios…” (Dt 32,3), preanunciando la proclamación de la Palabra de Dios. Palabras que nos recuerdan lo que decimos en la celebración de la Misa, como contestación a las palabras del sacerdote: ¡Gloria a Ti, Señor! Demos, pues, la importancia de “proclamar” la Palabra de Dios, que es Jesucristo, Palabra única del Padre, revelada en su Santo Evangelio.

“Es bueno dar gracias al Señor,
y tocar para tu Nombre, oh Altísimo,
proclamar por la mañana tu Misericordia
y de noche tu Fidelidad…” (Sal 91)

Alabado sea Jesucristo.