Bosque

Fotografía: David Melchor Díaz (Creative Commons)

El pasado pasó; el futuro es creación y sólo le corresponde a Dios. Hay que vivir HOY

“¡Ojalá escuchéis HOY su Voz! No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras” (Sal 94,8-10).

¡Qué inspiración del salmista reflejando el pensamiento de Yahvé! Él ha sacado con Mano poderosa al pueblo de Israel, han visto la Fuerza poderosa de Dios abriendo el Mar Rojo, han sido testigos de la Nube que les protegía por el día en el desierto, y, mientras Moisés recibe las Tablas de la Ley, como tarda en bajar, el pueblo “necesita” de un ídolo que le dirija; y se construyen un “becerro de oro”, frente a la Fuente de Meribá.

No culpemos solamente al pueblo de Israel. Nosotros, nuevo pueblo de Dios, somos iguales, actuamos igual y también nos construimos nuestro becerro de oro. Necesitamos un ídolo para vivir: unas veces será la imagen de un futbolista, record de no sé cuántas hazañas deportivas; otras veces iremos tras del cantante de moda y lloramos de histeria como los fans de la TV.

Pero nuestro becerro de oro por antonomasia es el dios dinero. Por él hacemos todo; ya decía nuestro gran Francisco de Quevedo: Poderoso caballero es don Dinero. Y es tan cristiano como moro…nos da y quita el decoro y quebranta cualquier fuero…

El gran problema del ser humano es la idolatría. El pueblo de Israel necesita de ídolos de barro a quien poder dominar.

Hay un texto riquísimo en notas catequéticas sobre un personaje singular: Zaqueo.

Zaqueo es un hombre rico, Jefe de publicanos. Los publicanos eran personas cuyo trabajo era recaudar los impuestos que el Imperio Romano había establecido como dominador de Israel en su conquista. Y ellos, los publicanos, se quedaban con un tanto por ciento de la recaudación. Por ello eran considerados pecadores entre los judíos.

El tal Zaqueo era Jefe de publicanos, lo que nos lleva a pensar que además, probablemente recibiría un tanto por ciento mayor de las recaudaciones, y, por ende, de las extorsiones que se pudieran producir.

El Evangelio narra que Jesús entró en la ciudad de Jericó. Esta ciudad era considerada la ciudad del pecado, así como la ciudad de Jerusalén era la Ciudad Santa. Para abundar en esta observación, pensemos en la Parábola del Buen Samaritano: “…Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó…” Jerusalén, Ciudad Santa.

Nos dice el Evangelio de Lucas en su capítulo 19 que este Zaqueo era de pequeña estatura, y por ello se subió a un sicómoro, árbol típico de esas tierras, porque era bajo de estatura.

Es curiosa esta apreciación. Podríamos decir: ¡Qué más da, que sea alto o bajo! Cuando en la Escritura hay algo que sorprende, hemos de detenernos a meditar. Hay algo que se nos puede escapar. En la Palabra de Dios nada falta ni nada sobre.

Ser “pequeño de estatura” es ser de poca fe, de mínima fe, pequeño en la fe.

Jesús iba a pasar por allí; Jesús es el que nunca se detiene; sale del Padre y vuelve al Padre, y no tiene dónde reposar la cabeza. Probablemente pensaría que Jesús ni le vería, no le importaba el ridículo del qué dirán, sólo quería ver a Jesús. Y Jesús se detiene, y mira hacia arriba, alza la vista y le dice: “Zaqueo, baja pronto, porque conviene que HOY me quede Yo en tu casa”. Es el HOY de Zaqueo, el HOY de Dios.

Haciendo en inciso en el relato, no puedo pasar por alto la frase ALZA LA VISTA. El Salmo 113 dice: “…Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre para sentarse con los príncipes…” Esto se cumplió en Zaqueo. Jesús alzó la vista para ver a Zaqueo, que, a pesar de sus riquezas se encontraba en el polvo y el fango del pecado, en la basura de la perdición.

Continuando con el Evangelio de Lucas, más adelante, después de la confesión de Zaqueo reconociendo su pecado y anunciando su restitución, puesto en pie, que es la postura del Resucitado, Jesús le dice: “…HOY ha llegado la salvación a esta casa, porque también este es hijo de Abrahán, pues el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”(Lc 19, 1-10)

Hay un HOY de Jesús que no nos puede pasar desapercibidos: es el del “buen ladrón”. Jesús en la cruz, ante el testimonio de Dimas crucificado con Él, le dice: “Te aseguro que HOY estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43)

Ojalá que a nosotros un día Jesús también nos diga esas bellísimas palabras. Vivamos nuestro particular HOY, sin pensar en lo que mañana ha de suceder, porque el mañana nos traerá sus propias preocupaciones.