Movimiento

Fotografía: Eduardo Robles Pacheco (Creative Commons)

Iba sentado tranquilamente en el autocar de la Compañía con destino a mi oficina, como cada mañana, cuando noté como un ruido insistente pretendía agitar el ambiente. Se trataba de una emisora de radio, en la que un señor hablaba alto y rápido con un fondo de música que sonaba muy ligera y machacona, como pretendiendo que no era cierta la inmensa paz y silencio que lo envuelve todo cada amanecer.

¿Como puede ser la agitación una invitación a despertar? No nos confundamos, sólo es una invitación a agitarse. Sólo puede despertar “la voz dentro de la cabeza”, “la mente discursiva”, que inmediatamente empezará a juzgar lo que es bueno y lo que es malo, a añadir un pensamiento a cada cosa que percibimos.

Un día paseando por el parque del Retiro, mi acompañante me invitó a desviarnos del paseo que seguíamos porque había un camión haciendo obras de mantenimiento. Me di cuenta cómo la mente creyó que el hecho de que se moviera el camión parecía mover el ambiente alrededor, como si la Paz dependiera de un camión.

Una vez más había sido juzgado el hecho, se había etiquetado una percepción, asociándole un pensamiento de algo “no deseable”.

Pero la paz se ha ido al ver el camión y, sin embargo, no ha sido el camión el que ha quitado la paz, sino el pensamiento.

Los sonidos están para ser escuchados, no para evitarlos. El martillo neumático que suena horrible rompiendo el asfalto, puede sonar a música celestial si lo que intenta es arreglar ese problema que tienes desde hace tiempo con las tuberías de saneamiento de tu casa.

Sé por experiencia que el incómodo ruido del tráfico de Madrid suena muy hermoso cuando regresas de nuevo después de meses desplazado del país, alejado de tu hogar y tu familia por causas de trabajo.

Puedo decir por propia observación, que no es el ruido del tráfico ni la radio subida de volumen, ni el sonido del teléfono, ni de las conversaciones en voz alta, lo que se mueve y se lleva la paz. No se agitan las cosas sino la mente.

Entonces surge el gran problema del hombre: pensar que somos nuestra mente, o lo que es peor, nuestras ideas. Así pensamos estar agitados cuando la mente está agitada, o cualquier otro estado derivado del sin fin de ideas, propuestas y contrapropuestas que son la base fundamental del pensamiento ordinario. Al fin y al cabo esclavos de un narrador incansable dentro de nuestra cabeza.

Pero todo esto es un movimiento ilusorio.

Estamos empeñados en buscarnos a nosotros mismos dentro del pensamiento, y nunca encontraremos nuestra identidad allí, siempre encontraremos que nuestra identidad se nos escapa, como si se moviera rápidamente.

Es mejor práctica rendirse de una vez dejando de buscarnos a nosotros mismos dentro del flujo de ideas y ofrecer a Dios nuestro propio pensamiento y sin duda Él se encargará de revelarnos nuestra verdadera dimensión y nuestro verdadero ser, que está más allá del pensar, inmóvil, imperturbable y lleno de bienaventuranza.

Por favor, nunca olvides esto en tu Oración.