Camino de Emaús (John Linnell)

Camino de Emaús (John Linnell)

Hacía poco que el Señor había muerto en la Cruz, por causa de nuestros pecados, y como Víctima para nuestra salvación ante el Padre. Los apóstoles y discípulos estaban encerrados en el Cenáculo, atemorizados por los posibles acontecimientos que pudieran suceder. Vieron al Maestro masacrado en el mayor de los tormentos que un hombre puede padecer, no sólo físicos, sino también, triturada su alma con la ausencia de los que hasta entonces le habían seguido, con la cobardía de los que huyen, con el desprecio de los sumos sacerdotes, el Sanedrín, el pueblo… abandonado de todos. Él es el Cordero manso llevado al matadero, y, sin embargo, en su Pasión no profería amenazas, sólo se ponía en las Manos del que juzga justamente: su Padre. (1 P, 21b-24)

Podemos suponer qué ambiente se respiraría entre los Apóstoles en el Cenáculo; habría llantos de dolor, sin duda, por el amor al Señor muerto; habría reproches para atacar y atacarse con sus cobardías, y el miedo anegaría sus almas; el ambiente sería irrespirable… sólo María, como Madre de todos, pondría paz y esperanza en aquellos terribles momentos. La más dolorida, la Madre de Dios, como la Zarza ardiente de Moisés, se quemaba de dolor pero no se consumía; Ella, que había sido el Arca de la Alianza que llevaba la Gloria del Señor durante nueve meses, ponía la esperanza en el Misterio.

Y en ese ambiente, dos discípulos no pueden más. Se marchan camino de una aldea próxima, llamada Emaús. Pero Jesús, Pastor de la oveja perdida, les sale al encuentro, y se incorpora a su vida. Y entabla conversación con ellos; es como el viento suave de Elías. No se les manifiesta en el terremoto, no se revela como Dios resucitado en toda su Majestad, es el Humilde por antonomasia. Y les pregunta por su conversación. Ellos no le reconocen, y se asombran de que no se haya enterado de lo sucedido en los episodios de la Pasión. Y se lamentan, y confiesan que esperaban a un Mesías libertador del dominio de los opresores, los romanos.

Ante tanta necedad, Jesús les dice: “…Necios y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas…” (Lc 24,25). Y, comenzando por Moisés y todos los profetas, les abrió las Escrituras, abriendo sus mentes. Siguen de camino, pero el Señor, siempre respetando la libertad del hombre, quiere seguir adelante. Ha de encontrar más ovejas perdidas ¡No le dejan! ¡Quédate con nosotros! Has prendido el fuego del amor de Dios en nuestros corazones y no te dejamos marchar. Y, al partir el pan, le reconocen como Dios –Jesucristo, resucitado.

Y dan testimonio de fe a los demás discípulos, volviendo a toda prisa al punto de partida; pero esta vez su diálogo era otro: ¿No ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras? (Lc 24,32)

Y, en ese encuentro con el Señor, podemos encontrar otro muy bello en el episodio conocido con “Jacob, en su lucha con Dios”. (Gen 25,31) Sucede que Jacob sale huyendo de su hermano Esaú, y se le aparece un ser misterioso que lucha con él toda la noche. Al no poder vencerle, le toca el fémur, dejando cojo a Jacob. Hace ademán de irse, y Jacob le sujeta diciéndole: “No te dejaré ir hasta que me bendigas”. Éste le pregunta por su nombre y Jacob le responde: “Jacob”. Entonces el personaje le contesta: “En adelante te llamarás Israel, que significa “Fuerte con Dios””. Jacob le dice: “Dime tu Nombre”, a lo que le responde: ¿Para qué quieres saber mi Nombre? Y le bendijo allí mismo. Jacob llamó a aquel lugar “Penuel”, y se dijo: “He visto a Dios cara a cara, y tengo la vida salva”

Jacob entiende que ha visto el poder de Dios, de la misma forma que los de Emaús reconocieron al Señor al partir el pan. Han pasado de la necedad a la Sabiduría.

El Salmo 91, Alabanza del Dios Creador, nos recuerda:

¡Qué magníficas son tus obras, Señor!
El ignorante no las entiende ni el necio se da cuenta

El necio es el opuesto a la Sabiduría, pero no a la sabiduría humana, que también, sino a la verdadera sabiduría, la Sabiduría como atributo de Dios, como nos recuerda el libro de la Sabiduría. Este libro, dentro de los setenta y tres canónicos reconocidos como sapiencial por la Iglesia, en su Capítulo 9, nos recuerda:

Pues aunque uno sea perfecto entre los hijos de los hombres,
sin la Sabiduría que procede de Ti será estimado en nada.

Tengamos pues la sabiduría de los hijos de Dios, de los pequeños del Evangelio, de los que creen sin ver.

Alabado sea Jesucristo.