en-el-espiritu-de-los-salmos-32

Fotografía: JrGMontero (Creative Commons)

El salmista inicia su oración con estas palabras: «¡Dichoso el que está absuelto de su culpa, cuyo pecado ha sido sepultado! Dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta ningún delito».

Nuestro hombre orante está pasando por una experiencia íntima de Dios. Sabe que es pecador, que muchas obras de sus manos aun pareciendo justas, no dejan de ser tendenciosas y que el mal, de una forma o de otra, impregna sus buenos actos. Pero se siente absuelto y perdonado por Dios fundamentalmente por esta causa: «Te confesé mi pecado, no te encubrí mi delito. Yo dije: ¡confesaré mi culpa al Señor! Y me absolviste de mi delito, perdonaste mi pecado».

Esta experiencia del salmista es base fundamental en la espiritualidad cristiana. Dios juzga al hombre por medio de la palabra que es luz en el corazón, allí donde residen las últimas intenciones de todo obrar humano, allí donde el pecado original marca con su sello nuestro decidir y actuar. El hombre que se deja iluminar por la palabra en el fondo de su ser, puesto que esta es luz que alumbra las tinieblas, queda iluminado, curado, absuelto.

Hay muchos ejemplos de esta realidad en los Evangelios, y vamos a centrarnos en uno que parece muy significativo. Jesús hace una predicación asombrosa ante la muchedumbre en lo que llamamos el Sermón de la Montaña, que son los capítulos cinco, seis y siete de Mateo. En esa predicación Jesús va arrojando luz sobre la religión farisaica y pietista del pueblo de Israel, iluminando el corazón de los oyentes. Veamos por ejemplo un texto: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman ¿qué recompensa vais a tener?, ¿no hacen eso mismo también los publicanos?» (Mt 5,43-46).

Terminado el Sermón de la Montaña, nos dice el Evangelio que un hombre leproso se acercó, se postró ante él y le dijo: «Señor, si quieres puedes limpiarme» (Mt 8,2). Este hombre, que es leproso, evidentemente no podía estar con la muchedumbre, puesto que las leyes rituales de Israel prohibían a los leprosos todo contacto humano, ya que se consideraba la lepra como impureza.

Es evidente que estamos ante un milagro simbólico. «El leproso», al escuchar el Sermón de la Montaña, dejó entrar la luz hasta su corazón y, por primera vez en su vida, se dio cuenta de que era impuro; por eso se acerca a Jesús para que limpie su impureza, que es lo mismo que hemos escuchado antes en el salmista: «Y me absolviste de mi delito, perdonaste mi pecado».

Vemos entonces el perdón de Dios como una consecuencia del amor del hombre por la Verdad, de su búsqueda incansable de la luz para que sus obras sean hechas según Dios. De hecho, una denuncia que hace Jesús al pueblo de Israel es este rechazo de la luz para que sus obras no queden en evidencia. «El juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad va a la luz…» (Jn 3,19-21).

Jesucristo nos dirá el porqué las obras de los escribas y fariseos están viciadas en su raíz por más que aparentemente sean buenas: «Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias –pequeños estuches donde guardaban la Ley– y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes…» (Mt 23,5-7).

Juan nos cuenta la curación de un ciego de nacimiento, y nos dice que el rechazo a este milagro de los dirigentes religiosos de Jerusalén fue total; y ello porque Jesús le había curado en sábado, transgrediendo así la ley. Terminan expulsando al buen hombre de la sinagoga. Jesús le acoge y dice: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven vean; y los que ven se vuelvan ciegos. Algunos fariseos que estaban con él, oyeron esto y le dijeron: ¿es que también nosotros somos ciegos? Jesús les respondió: si fuerais ciegos no tendríais pecado; pero como decís: vemos, vuestro pecado permanece» (Jn 9,39-41).