Confesión

Hernán Piñera (Creative Commons)

La gran tentación de Satanás es hacer creer al hombre que Dios no ha perdonado sus pecados, incluso después de haberlos confesado. Puede haber una tendencia del hombre, consciente de su maldad, que le deja tan dolorida el alma, que no cree que Dios le pueda perdonar. Y es por desconocimiento de la Misericordia de Dios.

Estamos tan inmersos en este mundo, que caemos irremisiblemente en el pensamiento de que nuestros criterios son los mismos que los de Dios. Así, dado que “perdonamos pero no olvidamos”, creemos que el Señor es igual. Tendrá que venir el Señor, para que, en labios del profeta tenga que decir: “…Vuestros caminos no son mis caminos, y mis pensamientos no son vuestros pensamientos…” (Is 55,8)

Vendrá el rey David para que, después del arrepentimiento de sus pecados de asesinato y adulterio, entone ese hermoso Salmo 50: “…Devuélveme la alegría de tu salvación…”

Llama la atención que, en diversas ocasiones que nos revela la Escritura, después de un gran pecado, el hombre se refugie en Dios, y sea capaz, inspirado por Él, y para aliento de las generaciones futuras, de entonar grandes oraciones. Queda patente esto en el párrafo anterior, que nos deja esta bellísima oración del Salmo 50. Y hay otra oración, en la misma línea, que es la tentación de Tomás el Mellizo, por su desconfianza en la Resurrección de Jesucristo; Tomás necesita la experiencia en él de la Resurrección, y no cree en la Fuerza de Dios para resucitar a su Hijo. Es un pecado de desconfianza, que generará esa oración, de: “…Señor mío y Dios mío…” (Jn 20,28), que más tarde recogerá la Iglesia que, como Madre y Maestra, introduce en las palabras de la Consagración, para que sean meditadas y verbalizadas por los fieles al presentar la Sagrada Forma.

Por ello, alejemos de nosotros la desconfianza en el perdón de Dios, que ama tanto al hombre que, lo que no perdonó a los ángeles, perdonó al género humano.

Cuando David pide: “…Devuélveme la alegría de tu salvación…”, está entonando el mismo canto de alegría con que fue saludada nuestra Madre María al ser anunciada por Gabriel de su maternidad. “… ¡Alégrate, llena de gracia!…” (Lc 1,26-38)

Pues llenémonos de esta alegría, porque, en palabras del salmista: “…el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres…” (sal 125), por su Misericordia y su perdón.

Alabado sea Jesucristo.