Soldador

Fotografía: Sorensiim (Creative Commons)

Planteadas así las cosas, si hacemos una encuesta incluso entre las personas religiosas, pienso que ganaría el considerar el trabajo como un castigo divino.

¿De dónde nos viene, pues, este castigo?

Si nos vamos a la Biblia, además del libro por excelencia, palabra revelada por Dios para los creyentes, pero para los no creyentes libro misterioso que contiene infinidad de verdades ciertas, contrastadas por la experiencia humana unas, veladas otras… Algo ha de tener para ser el libro más leído y vendido.

Pues bien, si nos vamos a la Biblia, en el Libro del Génesis se nos relata el principio de los tiempos, con la bellísima imagen de Adán y Eva en el Paraíso. No tienen que trabajar, todo está al alcance de la mano y tienen todas sus necesidades cubiertas, al igual que sus apetencias.

No existe la concupiscencia como un deseo desordenado, no sólo en el plano sexual, sino en el plano más general de cualquier deseo.

El episodio es sobradamente conocido del tentador en forma de serpiente. El hombre ya pecador, que ha desobedecido a Dios, se siente “desnudo”. En el capítulo 3 del Génesis, versículo 8 y ss., dice: “…Yahvé Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? Éste contestó: Te he oído andar por el jardín y he tenido miedo porque estaba “desnudo”, por eso me he escondido”.

Estar desnudo es estar en pecado, haber transgredido el mandato-palabra-de Dios. Es curiosa esta apreciación. Si vamos al Evangelio según san Juan, en el Epílogo, hay un dato similar: resulta que el Señor Jesús ha muerto en la Cruz. Los discípulos no entienden nada del por qué han pasado estos acontecimientos. No han comprendido el mensaje de Jesús. Creían en un reino de este mundo donde se peleaban por los primeros puestos; le traicionaron abandonándolo cuando más los necesitaba; se durmieron en el Monte de los Olivos cuando Jesús era tentado para abandonar su Misión, hasta sudar sangre… Pecaron de traición al no reconocerlo en el Sanedrín… estaban en pecado de traición y apostasía… Y eran conscientes de ello. Y se vuelven a su vida anterior, con ese: “Voy a pescar”, “vamos también nosotros” (Jn 1,3). Todo ha sido una horrible experiencia; una horrible pesadilla; y piensan en volver a su vida anterior.

Se parecen al pueblo de Israel por el desierto, mirando los tiempos de esclavitud con nostalgia porque podían comer ajos y cebollas, en vez del maná, que ya les sabía siempre igual… Nosotros también tenemos esa tentación de mirar atrás…

Y aparece Jesús en la orilla preguntándoles por la pesca. Lo reconoce Juan. Y dice: “Es el Señor”

Y Pedro, impetuoso, amante de Jesús, a pesar de todo, se lanza al mar, después de ponerse las ropas. Textualmente es así: “…cuando Simón Pedro oyó: es el Señor, se puso el vestido –pues estaba desnudo– y se lanzó al mar…”

Es la misma frase del Génesis; de ahí que este estar desnudo es la conciencia interior de estar en pecado; es el mismo pensamiento de Adán.

Y bien: sabemos lo que le ocurrió a Adán: perdió la gracia santificante, le vino el estar sujeto a la muerte, a las enfermedades, y un largo etc. Tuvo que ganarse el sustento con su trabajo, y demás problemas que conocemos. ¿Fue castigo de Dios? ¡No! Dios ama, no castiga. Se castiga el hombre con su conducta. Pero si el hombre pecó, Dios, en su infinita Misericordia, le envió a su Hijo Jesucristo para que fuera la Víctima propiciatoria del perdón.

¿Podía haber elegido el Padre un perdón menos cruento, menos doloroso? Podía haberlo hecho. Pero nosotros no podemos entender. Aceptamos este gran misterio de Dios, como “un niño”, porque los que son como niños son herederos del Reino de los Cielos.

Y Jesús acepta de buen grado el trabajo de su padre adoptivo José; el trabajo de carpintero. Poco sabemos de la infancia de Jesús, y nada sabemos de la adolescencia de Él desde los doce años a los treinta. Sabemos que aceptó el trabajo de su padre terrenal; no hizo ascos al trabajo.

María su Madre y nuestra Madre, fue un ama de casa tradicional de su época; amó a su marido y a su Hijo con amor de madre y esposa, como una madre de su tiempo, como una madre de nuestro tiempo.

En las cartas de san Pablo, nos recuerda que era curtidor de pieles, para no ser carga para nadie y ganarse el sustento de cada día. “El que no trabaje que no coma” (2 Tes 3,10)

Por tanto tampoco le hizo asco al trabajo. ¿Y nosotros, dónde estamos?

San Josemaría Escrivá de Balaguer pone “luz y taquígrafos” al anunciar la santificación en el trabajo. Voy a explicarme mejor: podemos realizar cualquier trabajo, por sencillo que sea, por ejemplo, recoger la mesa, lavar los platos, llevar los niños al colegio… cosas comunes que, aparentemente tienen el cariz de irrelevantes. Si lo hacemos ofreciéndoselo a Dios, es meritorio.

Todo trabajo es digno, no es despreciable, aunque sea “recoger la basura de la calle”. Se puede hacer porque me pagan por ello; pero si se hace por amor a Dios, ofreciéndoselo a Él, se convierte en meritorio; y además, seguro que nos esmeramos más, al tomar conciencia de estar en su Presencia. Y se lo podemos contar a Él mientras lo realizamos. Es la santificación en el trabajo.

Así entendido, se convierte en oración permanente, y se realiza con más exquisitez, como merece al estar con Él.

Probemos esta experiencia, aunque solo sea una vez. El trabajo entonces se nos hará menos penoso, tendremos ganas de comenzar por la mañana para volver al encuentro, a la particular “tienda de encuentro”, donde Moisés hablaba con Dios “cara a cara” como un amigo hablaba con su amigo (Ex 33,7). Así el castigo será convertido en gracia a los Ojos de Dios

Alabado sea Jesucristo.