Banco vacío

Fotografía: Edur8 (Creative Commons)

Supongamos que nos encontramos en una situación en la que una persona quiere quitarse la vida saltando por la ventana. Además, sabemos que esa persona es un delincuente sin remedio, adicto a las drogas con un largo historial delictivo a sus espaldas y que actúa contrario a lo que entendemos por virtud. ¿Qué le diríamos? ¿Salte, o no salte?

Afortunadamente la mayoría de nosotros le diríamos: “¡¡No salte!!”

Sabemos que, es un caso perdido, pero, no obstante, le salvamos. ¿Qué queremos salvar de esa persona? ¿Su adicción a las drogas?, ¿Los atracos que ha cometido y que va a volver a cometer?

Nada de esto. No es esa persona lo que queremos salvar, es LA VIDA y lo escribo con mayúsculas porque ni siquiera se trata de su vida se trata de la vida que todos tenemos y se manifiesta en toda su dignidad en la forma humana.

No es lo que todos vemos de esa supuesta persona lo que salvaríamos, es lo que no vemos de ella, pero que, en el fondo, sabemos que es verdadero.

¿Por qué queremos a un bebé?

¿Por qué es muy guapo?…..no siempre lo es. ¿Por qué es muy listo?…….no sabemos. ¿Por sus méritos?………..no los ha hecho. ¿Por sus facultades?……..no las puede demostrar.

Nada de esto, se le quiere porque sí. Mejor dicho, se le quiere porque es, por su presencia, por lo que no se ve en él.

El verdadero valor de las cosas la mayor parte de las veces, no está en lo que se ve sino en lo que no se ve de ellas.

Un zapato puede ser muy bonito pero es su vacío lo que le da utilidad real, lo mismo ocurre con una vasija, un automóvil, cualquier prenda de vestir, etc… es como si la verdadera utilidad de las cosas realmente viniera del espacio invisible, común pero confinado con una determinada forma.

Este texto no es sino tinta manchando un papel, pero sólo es útil por su significado, eso que a simple vista no se ve.

Sin embargo, muchas veces esta realidad tan patente se nos olvida, y sólo damos importancia a la forma exterior de las cosas, cuando su utilidad o verdadero valor está en lo invisible.

¿Qué echamos de menos en un ser querido cuando fallece?: ¿sus manos?, ¿su cara?, ¿sus pies?, ¿su pelo?………es posible, pero sobre todo, echamos de menos su presencia.

Cuando realmente usted quiere a una persona, no le importa demasiado su buena conversación, o su cuidado aspecto, o sus ideas más o menos brillantes, o si resulta más o menos simpática, aunque todo esto ayuda, lo que realmente le importa es su presencia.

Recordar esto que a simple vista parece tan evidente y tan obvio es de suma importancia para todos nosotros y, en especial, para todos aquellos que por una circunstancia u otra se sienten deprimidos o descorazonados.

Su valor verdadero no lo establece usted. Usted en realidad no tiene ni idea de cuál es su valor. Su valor lo estableció Dios nuestro padre que le quiere, aunque usted tal vez se sienta frustrado o no crea ser lo suficientemente merecedor de su gracia.

Tal vez piense que no fue el buen hijo que esperaban sus padres, que no fue el mejor estudiante, que no fue todo lo guapo que debería haber sido, que no fue el mejor padre o madre, que no cumplió las expectativas que el mundo esperaba de usted, que no fue ni es el mejor amigo, que no es lo suficientemente inteligente, alto, rico, bueno, que le falta carisma, que no tiene don de gentes, que es ignorante, etc, etc, etc. O tal vez piense todo lo contrario, o una mezcla de ambas cosas.

Tal vez se afane en conseguir todo lo que piensa que le falta, o en quitarse todo lo que piensa que le sobra.

Bien pues a Dios nada de eso le importa, no le quiere por nada de eso, le quiere porque sí, le quiere porque usted Es.

El problema es que usted no puede entender que Dios le pueda Amar tanto a cambio de nada. Pero Dios no piensa como usted.