Rosario

Fotografía: Roger Smith (Creative Commons)

No hay duda de que estamos inmersos en un mundo convulsionado por la propia fragilidad humana. Esta despunta como resultado de marginar a Dios en lo que respecta a la solución de los problemas que se ciernen pesadamente sobre nosotros. Sin embargo, el Espíritu Santo no deja de obrar en ayuda nuestra.

Creo que una de sus actuaciones más relevantes en nuestros días es la de desempolvar el inagotable tesoro de espiritualidad que teníamos, algo así, como arrinconado y que son los Salmos. A la luz de lo que Dios mismo está suscitando en los creyentes, nos hemos atrevido a escribir estos comentarios bíblicos acerca de este manantial inagotable. Intentaremos desentrañar algo de la inabarcable sabiduría que Dios imprimió en ellos. A este respecto, quizá nos conviene recordar lo que san Romualdo de Ravena, fundador de los monjes camaldulenses, se atrevió a afirmar: «Los Salmos son el único camino para experimentar una oración auténticamente profunda».

Es cierto que tal afirmación puede parecer algo atrevida y exagerada. Yo pienso que su autor partía de su propia experiencia de oración y unión con Dios, y de lo que él intuyó que podría ser la base y el fundamento de la espiritualidad del Hijo de Dios.

Sabemos que, a lo largo del Evangelio, la vida del Señor Jesús y su misión no estuvieron exentas de tentaciones y sombras, de las cuales la mayor de todas fue, sin duda, el rechazo continuo y sistemático de su propio pueblo. Pueblo de su propia carne y sangre que le llevó, incluso, a derramar lágrimas que nacían de las heridas de sus entrañas: «Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: “¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos”» (Lc 19,41-42).

No eran lágrimas de desesperación, sino una mezcla de dolor, estupor y perplejidad, al constatar cómo su pueblo, sumamente religioso, permanecía tan radicalmente cerrado a la verdad. Este desencuentro frontal con su pueblo llevó al Hijo de Dios hacia la Pasión. Es ahí donde Jesús experimenta «una turbación del alma y una angustia tal que su sudor se convirtió en gotas de sangre» (Lc 22,44).

Nos preguntamos de dónde sacaba Jesús la fortaleza para sobreponerse a estas fuerzas del mal y la mentira que se abatían sobre Él. Creemos que todo su ser estaba fijo en los Salmos como palabra viva que son; palabras que le daban vida. En ellas el Hijo de Dios encuentra el manantial que le sumergía en su Padre y que le fortalecía ante toda prueba y tentación.

De hecho, encontramos en el Evangelio multitud de pasajes en los que oímos a Jesús frases como, por ejemplo, «Yo no hago nada por mi cuenta sino lo que oigo al Padre», «Enseño tal y como el Padre me habla», «Les he dado las palabras que tú me diste», etc.

Esta es la idea central de lo que queremos transmitir a lo largo de este libro. Se trata de penetrar en cada Salmo con la sabiduría que viene de Dios, y encontrar algunos datos catequéticos que los relacionen con el Evangelio, con la misma vida de Jesús. Esto con el fin de que nuestra relación con Dios –sobre todo en lo que respecta a recibir la gracia en toda prueba, tentación o duda– sea semejante a la que recibió Él en su constante relación con el Padre. Como dice el concilio Vaticano II, los Salmos hacen siempre referencia a Jesucristo y también a la Iglesia, es decir, a cada creyente, a cada hombre-mujer que busca a Dios.

Abordaremos, pues, los Salmos considerándolos como fuerza y alimento que Dios da al hombre. El mismo alimento con que se fortalecía el Señor Jesús, y del que dice a los discípulos que «todavía no conocen» (Jn 4,32).

En su resurrección, el Señor Jesús abre el corazón y el espíritu de sus discípulos (Lc 24,45); es decir, los hace aptos para asimilar el alimento que, como hemos dicho, aún no estaba a su alcance. A la luz de este don, los discípulos de Jesús de todos los tiempos tenemos abierto el camino que nos introduce en el misterio de Dios y que está oculto en su Palabra. Podemos, pues, decir que entrar en la espiritualidad de los Salmos es abordar la antesala que nos sitúa cara a cara con la belleza insondable de la luz de Dios.

Quiero hacer una aclaración muy importante para entender mejor los distintos comentarios que se van a suceder a lo largo de este libro. En ellos aparecen con frecuencia los términos: dictamen, ordenanza, precepto, mandamiento, promesa, juicio, etc., términos que, de una forma u otra, hacen referencia a la ley.

Puesto que vamos a penetrar en los Salmos a la luz del Evangelio, es decir, a la luz de Jesucristo, traduciremos, cuando sea necesario y siguiendo a los exégetas, cada uno de los vocablos antes citados con el término Palabra, ya que Jesús, al vencer a la muerte, venció también la trampa de la ley y la convirtió en palabra vital, palabra que da la vida. Intentaremos hacer comprender cómo la oración de Jesucristo es también, y por excelencia, nuestra oración. De ahí el subtítulo de este libro: «La oración de Jesucristo y del cristiano».

También queremos resaltar que, más allá de lo que puedan suponer unas extraordinarias intuiciones y valor poético de sus autores, no son palabras de hombres sino palabras de Dios que, en cuanto tales, son, como dice el apóstol Pablo, palabras operantes, es decir, que tienen fuerza en sí mismas para hacer la obra de Dios en el creyente: «De ahí que también por nuestra parte no cesamos de dar gracias a Dios porque, al recibir la palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes» (1Tes 2,13).

Por último, queremos señalar que en cada salmo, y para no hacer un texto excesivamente largo, comentaremos, siempre con la gracia de Dios, el o los versículos que nos parezcan el eje conductor que refleje el mensaje que Dios quiere transmitirnos en orden al crecimiento de nuestra fe.