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Fotografía: Juan José Aza (Creative Commons)

Este poema evoca la situación personal de un hombre en oración que se hace eco del dolor y abatimiento del pueblo elegido que está sufriendo el destierro. Sin embargo, a pesar de que siente el drama colectivo de que «ya no son ni siquiera pueblo», no sucumbe a la desesperación, y el recuerdo del Dios que siempre salva le lleva a iniciar así su oración: «A ti, Señor, levanto mi alma. En ti confío, Dios mío. ¡No quede yo defraudado, que no triunfen sobre mí mis enemigos! Los que esperan en ti no quedan defraudados».

Estamos ante el acontecimiento del desmoronamiento del pueblo de Israel. Su fuerza, su poder y su esplendor habían quedado devastados. En definitiva, su grandeza había sido reducida a escombros. Jesucristo, cuyo Evangelio ilumina todas las situaciones humanas, da luz a esta realidad que, de una forma o de otra puede alcanzar a todo hombre, en estos términos: «Todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó y fue grande su ruina» (Mt 7,26-27).

Esta es la situación en que yace postrado Israel, de la que, como hemos dicho, se hace eco el salmista. Pero nos llama la atención su extrema confianza en Dios. Proclama que el que confía en Yavé no será confundido. Nuestro personaje sabe bien por qué Israel ha ido al destierro: en vez de apoyarse en la palabra que Dios ha ido transmitiendo a su pueblo por medio de los patriarcas y los profetas, se ha apoyado en su propia sabiduría, en su opaca visión de la realidad, en definitiva, en sí mismo… Y aún así, le invita a volver a Yavé porque cree firmemente en su misericordia, cree firmemente que de las cenizas Dios puede levantar de nuevo a su pueblo. Y así hace con cada hombre porque no hay ser humano que no sea un pálpito de sus entrañas.

En este contexto, podemos hacer presente la súplica confiada de otro salmista que se acerca a Dios y le interpela así: «Dirige tus pasos a estas ruinas sin fin: el enemigo ha arrasado completamente el santuario» (Sal 74,3). Dios escucha todo anhelo del hombre que nace de la verdad: que hemos pecado. Él guía sus pasos a cada hombre en ruinas, es más, Él mismo se hace presente en esta terrible devastación por medio de la encarnación. Se ofrece al hombre como «piedra angular» para que pueda edificarse en contraposición a lo que edificó «sobre la arena».

Jesucristo, piedra angular del hombre, ya había sido prometido por Dios a través del profeta Isaías: «He aquí que yo pongo por fundamento en Sión una piedra elegida, angular, preciosa y fundamental: Quien tuviere fe en ella no vacilará» (Is 28,16). Jesucristo, piedra angular donde el hombre no queda confundido, donde el hombre es edificado hasta Dios, es decir, sin devastación, es un punto constante en la predicación de la Iglesia primitiva. Transcribimos aquí una referencia de la primera Carta de san Pedro que ilumina las demás referencias que encontramos en las distintas cartas de los Apóstoles: «Acercándoos a Jesucristo, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas… entrad en la construcción de un edificio espiritual… Pues dice la Escritura: he aquí que coloco en Sión una piedra angular, elegida, preciosa, y el que crea en ella no será confundido» (1Pe 2,4-6).

El apóstol Pedro recoge la profecía de Isaías anteriormente citada y ve su cumplimiento en Jesucristo, por quien el cristiano se convierte en edificación del mismo Dios sobre la roca que es su propio Hijo; por eso san Pablo dice a la comunidad de Corinto: «Vosotros sois edificación de Dios» (1Cor 3,9).

Nuestro salmista, iluminado por el Espíritu Santo, ve a lo lejos esta salvación de Dios y, al mismo tiempo que «levanta su alma hacia Él», puede decir también: «¡Guarda mi vida! ¡Líbrame! No quede yo defraudado por refugiarme en ti. Que la integridad y la rectitud me protejan, porque espero en ti, Señor. ¡Oh Dios, rescata a Israel, líbralo de todas sus angustias!».

Terminemos este canto a la misericordia de Dios con la experiencia personal de Pablo que, sometido al cautiverio y al ultraje de las cadenas, proclama que Dios no le ha defraudado, que no ha sido confundido, que la alegría de haber proclamado el Evangelio ha sido el ciento por uno de una vida que el mismo Jesucristo había levantado de las ruinas cuando se dirigía a Damasco: «Quiero que sepáis, hermanos, que lo que me ha sucedido ha contribuido más bien al progreso del Evangelio; de tal forma que se ha hecho público en todo el pretorio y entre todos los demás, que me hallo en cadenas por Cristo. Y la mayor parte de los hermanos, alentados en el Señor por mis cadenas, tienen mayor intrepidez en anunciar sin temor la Palabra… Pues yo sé que esto servirá para mi salvación gracias a vuestras oraciones y a la ayuda prestada por el espíritu de Jesucristo conforme a lo que aguardo y espero, que en modo alguno seré confundido…» (Flp 1,12-20).