Cristo crucificado

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

La historia del pueblo de Israel es la misma historia del cristiano, nuevo pueblo de Israel. Y es bueno mirarse en el camino que hizo por el desierto para verse retratado en él, y tratar de no caer en sus vicios y pecados.

Durante mucho tiempo la palabra del enunciado: ESTE PUBLO ME HONRA CON LOS LABIOS… no me inquietó, ni siquiera fui consciente de ella. Fui un cristiano de los que van a Misa los domingos, que confesaba y comulgaba con frecuencia y Ya!!!!

Eso sí: tenía miedo a Dios, no quería que se enfadase conmigo; era un Dios al que tenía que contentar; tenía miedo al diablo y al infierno, y casi todo, casi todo, era pecado.

No puedo juzgar a los que así me educaron en la fe, ni debo tampoco. Yo era un niño, aunque fuera adulto, niño en la fe. Y así pasaban mis días y mis semanas, y mis años…

El Señor me esperaba, ahora lo sé. Con su Paciencia infinita. Yo me lo imagino sentado a mi lado, esperando que despertase algún día.

Un día pregunté a una monja que me daba catequesis. ¿Cómo se ama a Dios? Porque está claro que el primer Mandamiento es amar a Dios sobre todas las cosas. Sí, pero ¿Cómo se ama a Dios?

Ella sin mucho esfuerzo intelectual, me contestó: Se ama a Dios cumpliendo sus Mandamientos. No dijo nada más.

Entonces yo pensé, como el Joven Rico del Evangelio: Eso ya lo hago, pero no siento que ame a Dios. No le dije nada, la pregunta quedó en el aire, y yo seguí con mis dudas y preguntas incontestadas…

Yo sé, estoy seguro, que el Señor estaría diciendo: ¡Tranquilo, vas por buen camino, no tengas prisa, porque Yo no la tengo! Esto yo lo sé ahora. Porque el tiempo me ha ido enseñando con su Pedagogía, que el tiempo de Dios no es el mío, y que sus parámetros no son los míos. Él es Señor del tiempo y de la historia.

Yo buscaba sin buscar. No sé si me explico. Tenía esa inquietud. Naturalmente que las seducciones del mundo me separaban de mis inquietudes, pero allá, en el fondo, en el fondo, de mi alma yo creo que no había Luz, había humo de brasas del Amor de Dios. Él me esperaba.

Yo no lo sabía, pero, a fin de cuentas, Él mueve las líneas del Universo, para que, pareciendo coincidencias, se haga su Voluntad, sin quebrantar ni un ápice, mi libertad. ¡Cómo es nuestro Dios Altísimo!

Él cruzó los caminos de mi esposa con los míos; es la gran Gracia que me dio. Por ella empezó, sin darme cuenta, a aumentar mi fe y conocimiento, al unísono con ella, que al tiempo de esposa era maestra de mi fe por gracia de Dios, enviada como “pastora” para mi, de su parte, Dios, mi único Pastor

Pues de una manera “casual” entré en la Comunidad que nos trae la Palabra todos los sábados. (Se debe interpretar las comillas, pues la casualidad no existe).

Pero mi pregunta siguió en el aire: ¿Cómo se ama a Dios? Yo ya leía el evangelio. OJO!!!! He escrito el evangelio, mi evangelio, como antes. Sí, con minúscula, y mío. No el del Señor.

Leí: “…Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él… el que no me ama, no guarda mis Palabras. (Jn 14,23-24)

Ahora todo empieza a encajar: guardar la Palabra=cumplir los Mandamientos que decía la monjita.

Siguiente pregunta: ¿Cómo se guarda la Palabra?

“María guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón…”(Lc 2,19)

Al igual que nuestra Madre, la respuesta está en guardar su Palabra en el corazón, como Ella, ejemplo vivo del discípulo del Señor Jesús.

Y el premio no puede ser mayor: mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él… el que no me ama, no guarda mis Palabras.

Ahora, desde hace algún tiempo, me asalta un enorme sufrimiento: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.(Is 29,13)

Y me veo honrando a Dios con los labios. Y mi corazón sigue lejos de Él. Se cumple en mi, el itinerario de Israel!!!

Dios mío, quiero y no puedo!!

Leo a san Pablo en (Rm 7,18-19): “Pues bien, sé yo que nada bueno habita en mí, sino el pecado que habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto: querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo; puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero”.

Desde aquí, imploro al Señor, su Luz, para que sea capaz de honrarle con el corazón, y no se cumpla en mí el llanto de Isaías.

Alabado sea Jesucristo