Velas

“Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos reconforta en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios.” (Cor 2, 3-5)

 

Has acostumbrado

Has acostumbrado a mi alma a cosas tan grandes, has puesto ante ella tanta belleza, tanto consuelo, tanto sentido para vivir, que ya no se conforma con nada que no sea sublime, eterno.
Todo es pérdida ante ti, Señor, todo se desvanece si se compara y, a su vez, todo tiene sentido en ti.

Nuestro nacimiento a ti nos acostumbra a lo eterno, nos esclaviza a tu belleza.

Lo que viene de ti, nos explica a los demás, a los que nos rodean y todo en la vida cobra sentido porque tú lo impregnas de tu ser.

Así es tu elección, no se puede elegir conocerte a medias, o se elige el camino de la luz, os se queda uno al otro lado: no hay posibilidad de estar en ambos sitios a la vez.

Nacidos a tu pureza, impregnas nuestro corazón de sentidos que ya no pueden dejar de degustarte cada día.

 
“El mandamiento del Señor es puro y alumbra los ojos.” (Salmos 19, 8)


 
“Estaban oyendo todas estas cosas los fariseos, que eran amigos del dinero, y se burlaban de él. Y les dijo: ‘Vosotros sois los que os la dais de justos delante de los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es estimable para los hombres, es abominable ante Dios.'” (Lc 16, 14-15)

 

La soberbia del corazón

La soberbia del corazón nubla los sentidos y ciega el alma.

La soberbia del corazón no permite escuchar y tiene aversión a la verdad.

La soberbia del corazón levanta barreras y se defiende porque no quiere claridades y teme tu palabra.

Tu palabra como un cuchillo penetra en los corazones que buscan, corazones que salen cada día a buscar respuestas que despiertan, respuestas que rasgan, que reconstruyen y que salvan.

La soberbia vive en un lugar elevado, dentro del corazón del hombre, segura y dueña de su verdad.

Pero cuando siente que su trono está amenazado por la transparencia de la verdad, se defiende, reacciona y por eso trataron de matarte, Señor.

 
“La mirada altiva del hombre será abatida, y humillada la soberbia de los hombres.” (Is 2, 11)