Flor

Fotografía: Toni Verdú Carbó (Creative Commons)

Todos sabemos que cada uno de nosotros tenemos nuestras particularidades. Somos diferentes unos de otros, con nuestras cosas buenas y malas. Y partiendo de ellas, más o menos nos vamos ubicando con los miembros de la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, incluso los desconocidos que nos encontramos por la calle. Seguro que más de una vez hemos pensado por qué Dios no nos hizo, a título personal, “perfectos”. ¡Con todo lo que ello supone!: perfectos esposos, perfectos padres, perfectos compañeros de trabajo, perfectos ciudadanos de a pie… Vemos que metemos la pata una y otra vez; siempre en lo mismo, incluso añadiendo cosas nuevas. Así somos.

Creo que esas imperfecciones no sólo sirven para que los demás nos “saquen cantares” o nos “corten un traje nuevo”. También nos sirven para darnos cuenta de nuestra condición humana: somos peores de los que nos creemos, mejores de lo que muchos creen y únicos para nuestro Creador. Decía el beato Rafael Arnáiz algo así como que Dios te ha hecho tal como eres, porque te quiso tal cual eres; y la querida hermana Santa Clara: “Gracias, Señor, porque me creaste”, con todo lo que ello suponía y ella ya sabía. Por supuesto que Él conoce nuestras limitaciones y nuestros defectos; los permitió y ya nos amó con ellos. Somos nosotros los que debemos asumirlos y cambiarlos para bien. Ser conscientes de que nuestras faltas ya venían en nuestro código de creación. Nos las pusieron a cada uno de nosotros, porque son las que nos van a hacer mejores al superarlas y para darnos cuenta de que los demás, también vienen con las suyas y hay que ayudarles a que las aprovechen, por paradójico que pueda resultar.

Si somos conscientes de que todos, unos con más y otros con menos, fuimos creados así por Dios, cualquier piedra que nos construyamos nosotros mismos en el camino, puede ser una magnífica ocasión para proclamarnos campeones en la categoría de superación de ego. Por la gracia y para gloria de Dios.