Cascada

Fotografía: Don Sampson (Creative Commons)

Recuerdo a un político “ilustre” (con comillas), ya fallecido, de cuyo nombre no quiero acordarme, parafraseando al ilustre sin comillas D. Miguel de Cervantes, que se atrevió a decir a los medios de comunicación que los deseos expresados en los mítines anteriores a las elecciones eran “declaración de intenciones”, y luego se cumplían o no. Muchas veces se dice lo que la gente quiere oír, pero sin intención de cumplir. A esto nos tienen acostumbrados muchos de nuestros políticos…

Naturalmente la oposición no protestó contra esto, probablemente porque ellos pensarían lo mismo.

Con Dios es diferente. Basta escuchar a Pablo en la carta a Timoteo: “…Si hemos muerto con Él, viviremos con Él; si nos mantenemos firmes reinaremos con Él; si le negamos también Él nos negará, y si le somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo…” (2Tm, 2,8)

Dios permanece fiel, es decir, cumple sus Promesas, aun cuando nosotros seamos infieles.

Vamos a recordar a Ezequiel en su libro, capítulo 36; dice así: “…Derramaré sobre vosotros un Agua pura que os purificará. De todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne, os infundiré mi espíritu y haré que os conduzcáis según mis preceptos. Yo, Yahvé, lo digo y lo hago…” (Ez 36, 25 y ss)

Dios cumplió su promesa: lo dijo en el monte Sinaí, entregando las Diez Palabras a Moisés; lo hizo con Jesucristo, entregado en la Cruz por nosotros.

Esta Agua que nos purificará es la imagen viva de Jesucristo nuestro Redentor. Él mismo, hablando con la samaritana en el pozo de Jacob se define como el Agua viva que brota para la Vida Eterna.

No es objeto de este escrito meditar sobre este bellísimo diálogo de Jesús con esta mujer cuyo nombre parece ser el de Fotina, mártir de los años 66 d.d.C., pero sí recordar brevemente la situación y el contexto, para poder entrar en la meditación de ahora.

Esta mujer, samaritana, ha de recorrer todos los días muchos kilómetros para sacar agua del pozo existente que llaman de Jacob. Los samaritanos han vuelto del destierro de Babilonia y han incorporado a sus ritos dioses de los lugares donde estuvieron esclavos. Por eso, son malmirados por el pueblo judío fiel a las tradiciones de sus antepasados. De hecho, ni se hablan con ellos.

Resulta que Jesús, cansado del viaje, envía a sus discípulos a comprar comida mientras Él se sienta a descansar en el pozo. Ni él tiene agua ni forma de sacarla. Ve llegar a esta mujer y le pide de beber, y ella se sorprende de que un judío le dirija la palabra. Y se inicia un diálogo entre ambos de forma que Jesús le anuncia que Él es el Mesías verdadero, significándose como esta agua viva. Hasta aquí, el mensaje, y las palabras de Jesús. Dice así:

“…Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé, se convertirá en él en fuente de agua que brota a la Vida Eterna…” (Jn 4, 14-15).

Jesús es esta Agua derramada sobre todos nosotros, según la profecía de Ezequiel, para purificar nuestra idolatría, que no es otra cosa que el seguimiento a otros dioses que todos tenemos o hemos tenido.

Él va a arrancar nuestro corazón de piedra y nos pondrá un corazón de carne, semejante al suyo, infundiéndonos su Espíritu para que vivamos una vida nueva, conducidos por Él.

Y me llama la atención este verbo y su traducción: ARRANCAR. Arrancar el corazón de piedra, es decir quitarlo con violencia, de raíz.

En la celebración de la Eucaristía, decimos textualmente: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dichosos los invitados a esta mesa…”.

Los que tuvimos la gracia de vivir los tiempos en que se estudiaba latín y griego, aunque fuésemos de ciencias, celebrábamos la Misa en latín, y nos la sabíamos; y sabíamos contestar. Al margen de que entendiéramos o no, esto queda para los que querían conocer lo que se decía, recordamos que la frase anterior decía: “…qui tollis pecata mundi…”, es decir, que quita el pecado del mundo. La traducción del verbo tollo, tollis, tollere se ha efectuado por “quita” el pecado del mundo, pero es una traducción débil, almibarada; el verbo en sí mismo expresa la acción de arrancar. Es decir, el Cordero de Dios, Jesucristo, arranca el pecado del mundo, lo quita de raíz, y así se asemeja mucho más a la profecía de Ezequiel.

De igual manera, cuando decimos: dichosos los que son invitados a esta Mesa-la mesa del altar-, la traducción es BIENAVENTURADOS, de mucha más fuerza que dichosos.

Pues al igual que santa Fotina, pidamos al Señor Jesús que nos dé a beber su Agua que nos conducirá a la Vida eterna, a su lado, “…que los que Tú me diste estén conmigo para que contemplen mi Gloria (Jn 17,24)…” y como Ezequiel, que arranque nuestro corazón de piedra y lo cambie por uno de carne.

Alabado sea Jesucristo