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En este cántico vemos cómo el Salmista está pasando por una experiencia muy profunda y gratificante de Dios. Siente cómo le protege, le cuida, sacia los anhelos de su alma. En una palabra, se siente reposando en Dios hasta el punto de decir: «El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace reposar».
 
San Agustín, al comentar este Salmo y concretamente estas palabras de que el Señor nos hace reposar en verdes praderas, nos dice cómo el hombre es llevado al descanso de Dios por medio de las Escrituras a las que llama «los prados eternos donde Dios nos apacienta».
 
En los Evangelios vemos cómo esta figura de Dios como Buen Pastor, la encarna el mismo Jesucristo en muchos momentos de su vida, entre los cuales destacamos «la multiplicación de los panes». El Hijo de Dios está hablando a la muchedumbre y, al atardecer, le dicen los discípulos que los despida así como están, cansados y hambrientos. Pero él les dice: «No tienen por qué marcharse, dadles vosotros de comer. Sólo tienen cinco panes y dos peces. Jesús los tomó y mandó a la muchedumbre que se reclinase sobre la hierba y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos, y los discípulos a la muchedumbre, que comieron y se saciaron» (Mt 14,15-19).
 
Jesús ha saciado con el pan a esta multitud, imagen de la humanidad. Y, sabiendo que el pan de Dios, en muchos textos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, significa la Palabra, así también el hombre saciado por la Palabra, puede decir como el salmista: «Nada me falta». Nada le faltaba al hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, hasta el punto que su padre le dijo: ¿por qué me tienes que pedir un banquete? «Todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31).
 
Efectivamente, el que vive del alimento de la palabra de Dios, puede decir: «Nada me falta». Escuchemos a san Juan: «A todos los que recibieron la Palabra les dio poder para hacerse hijos de Dios» (Jn 1,12). Vemos entonces que, al ser engendrados por la Palabra con una naturaleza divina como la de nuestro Padre-Dios, «nada nos falta» para nuestro crecimiento y plenitud.
 
Volvemos al salmista, que nos dice: «El Señor me conduce hacia fuentes tranquilas». Aguas de salvación que ya habían sido anunciadas por los profetas. Escuchemos, por ejemplo, a Isaías poniendo en boca de Israel estas palabras: «Y dirás aquel día… he aquí a Dios, mi Salvador, estoy seguro y sin miedo, Él es mi fuerza y mi canción, Él es mi salvación. Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación» (Is 12,1-3).
 
Jesucristo es este manantial de aguas vivas que proporciona descanso al hombre. Vayamos a su encuentro en su diálogo con la samaritana, y oigámosle decir: «El que beba del agua que yo le dé no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna» (Jn 4,14). Y cómo no tener presente estas palabras de Jesús que anuncian que en Él están ya cumplidas todas las promesas de Dios que confortan y descansan al hombre. «Si alguno tiene sed venga a mí y beba; el que crea en mí, como dice la Escritura, de su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7,37-38).
 
Dice el salmista que Yavé es el que nos conduce y atrae hacia esta agua de reposo. Volvamos al Evangelio y encontrémonos con Jesús diciéndonos: «Nadie puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado, no lo atrae» (Jn 6,4). ¿Cómo conduce-atrae el Padre al hombre hacia Jesús, hacia las aguas de reposo? ¿Cómo lleva Dios al hombre hacia su descanso? Por medio del mismo Evangelio. Así nos lo dice Jesús en el versículo siguiente que acabamos de enunciar. «Está escrito en los profetas: serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí» (Jn 6,45).
 
Este «aprender la Palabra» del que nos habla Jesucristo, no es un aprender académico ni intelectual; ni siquiera exegético. Es un aprender que refuerza el verbo prender, es decir, acoger, guardar, grabar hasta que la Palabra llegue a ser la vida del alma del hombre y que impulse todas sus acciones y decisiones. Es un aprender-prender que «conforta el alma», que así es como continúa su cántico nuestro salmista.

Jesucristo, nuestras aguas de reposo, nuestro rostro de Dios, Él tiene poder para dar vida eterna al hombre. Él es el enviado de Dios para confortar nuestra alma. Oigámosle proclamar esta buena noticia a una humanidad doliente que puede llegar a dominar todo, pero no tiene capacidad para crear un espacio donde su alma pueda descansar. Esto solamente lo puede hacer Dios y lo hace por medio de Jesucristo. Para esto mismo nos lo envió: Escuchémosle: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11,28-29).