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Fotografía: obaxterlovo (Creative Commons)

“La vida da muchas vueltas” es una expresión usada, con frecuencia, en nuestras conversaciones cotidianas. Una de mis “últimas vueltas” ha girado en torno al recuerdo de una buena amistad de mis tiempos del servicio militar. Coincidimos durante varias semanas en la cocina del cuartel. Mi cometido era ser el encargado del economato y la bodega. Mi amigo, de origen árabe y creyente musulmán moderado, era pinche. Una persona afable, trabajadora, inteligente, prudente, sensata e inteligente. Tenerlo a mi cargo fue toda una dicha, no solo por su carácter sino porque, por el hecho circunstancial de ser destinado a mi cargo, tras muchas horas de trabajo juntos, anécdotas y conversaciones, pronto descubrimos inquietudes comunes que desembocaron en muchas conversaciones sobre nuestras culturas. Con él descubrí el airam, una bebida que nos aliviaba en aquellas tardes tan calurosas que, junto con el té moruno, fueron testigos, en innumerables ocasiones, de nuestras tertulias junto a otros compañeros.

En una de aquellas, en la que reíamos sobre lo acontecido durante el almuerzo, por primera vez, escuché el término con el que se refería a un comensal que había mostrado un apetito insaciable y un ademán acaparador con los platos colocados para compartir en el centro de la mesa: «¡Es un Ghul!», exclamó.

Me explicó que, coloquialmente, en su idioma, se llamaba así a la persona glotona y avariciosa pero que, en realidad, literalmente la palabra designaba el nombre de un demonio que tomaba forma de animal y que devoraba a sus víctimas inocentes, atrayéndolas con engaños. Recuerdo que expuso, con la claridad y dominio del tema que le caracterizaba, que mucho antes del advenimiento del islam, la cultura árabe tenía una rica mitología politeísta, a la que pertenecían los gules.

Todos estos recuerdos emanaban en mi mente, sentado en el parque, tras visitar las distintas casetas de la feria del libro que se celebra en mi ciudad natal. Y es que, momentos antes, mis ojos se detuvieron en el título de uno de los numerosos libros que se ofertaban a los lectores juveniles: «The ghoul next door. Monster High 2». Estuve hojeándolo, leyendo varios párrafos de distintas páginas.

El libro forma parte de una de las distintas plataformas, con las que se promociona un mismo producto, que permiten adentrarse en todo un universo, donde el objetivo es conseguir una marca de estilo de vida en la que se dé cabida a todo tipo de gustos, aficiones e intereses en torno a un producto estrella.

Y el producto estrella, las “Monster High”, ha marcado un antes y un después en la industria juguetera. Las cifras hablan por sí solas: más de 56 millones de vídeos visionados en su canal de Youtube y, solo en España, por ejemplo, las cifras de hace un año indicaban más de 180 mil novelas vendidas, más de 60 mil ejemplares al mes de tirada de su revista oficial, más de 300 mil visitas al mes a su web, etc.

Adolescentes no humanas, hijas de los monstruos más famosos de siempre: Drácula, Frankenstein, la Momia, la Medusa, el Hombre Lobo, Zombies, Vampiros, etc. Un conjunto de personajes principales y secundarios viviendo las experiencias de la vida de un instituto, a los que hay que añadir una serie de personajes recurrentes como: un muñeco vudú, y las hijas de las gárgolas parisinas, de una lectora de mentes, de calaveras, de una planta carnívora que odia la contaminación ambiental y que, con su polen, tiene el poder de dominar a una persona para que haga lo que ella quiera.

«¡Es un Ghul!», exclamó. Come en exceso y con ansia… devora a sus víctimas inocentes, atrayéndolas con engaños…

Las grandes marcas buscan incansablemente crear nuevas vías comerciales y ampliar el mercado, vendiendo sus productos a un público cada vez más joven, más infantil y más inocente.

Unas muñecas que le dedican mucho tiempo a afeitar sus largas piernas de pelo, con grandes pechos, maquillaje pesado, labios con colmillos, orejas de lobo, vestidos negros ajustados, pintas de stripper, carnívoras, disfrutan yendo de compras, ligando con chicos, piensan que sus hermanos son molestos y vergonzosos y duermen en un ataúd…

Sentado en el parque, observaba a mi hija columpiarse felizmente, en una agradable mañana de primavera que invitaba a darle vueltas a la vida.