Otoño

Fotografía: Antonio (Creative Commons)

Existe un acuerdo tácito entre las personas mediante el cual nos hemos comprometido en secreto para no hablar nunca de aquello que realmente importa.

Existe un acuerdo no escrito y que nadie tiene intención de violar mediante el cual hemos decidido poder hablar de cualquier cosa que sirva para aturdir el alma.

Podemos hablar de futbol, de política, de trabajo, de cine, de las vacaciones, de la economía, del tiempo, de lo mal que está esto y lo otro, de cómo se comporta otra persona, etc.

Incluso si hay confianza se puede hablar de la familia, hijos padres, maridos y mujeres, pero sin entrar en profundidades.

Otras veces cuando uno siente cierta complicidad con el otro tal vez puede llegar a hablar de cosas como la religión, la belleza de la vida, el dolor, el sufrimiento o temas personales que afectan nuestros sentimientos más íntimos, conversaciones donde nosotros somos los principales protagonistas.

Y ya está; aquí termina lo políticamente correcto.

Personalmente, en el medio en que me desenvuelvo día a día las conversaciones a mi alrededor giran en torno a temas técnicos de los cuales participo cuando me corresponde o temas de la televisión de los cuales nunca participo porque no sé y no tengo interés.

Lo que veo es que el tiempo se nos va en estas cosas y nunca se acomete o se resuelve nada realmente importante.

No se habla de Dios, porque no se le conoce, no se habla del alma porque estamos aturdidos y no sentimos su presencia, no se habla de la paz del espíritu porque no se experimenta, no se habla del amor verdadero porque es algo muy extraño de lo que sabemos muy poco o casi nada.

No es un camino de ida sino un camino de vuelta el que debe recorrerse, no es un camino para alejarse sino para acercarse.

Desgraciadamente seguimos en el camino de ida, alejándonos más y más de la fuente, de la casa del Padre, del alma, algo tan delicado y sutil que necesita de silencio quietud y recogimiento para presentirse.

Nos aturdimos con nimiedades, ocio y banalidades de todo tipo, incluso buscamos sensaciones fuertes y excitantes para aturdirnos aún más, como si la vida en si misma no fuera suficientemente interesante y tuviéramos que añadirle más y más cosas.

Todo eso no es sino la comida de los cerdos de la que habla Jesús en la Parábola del Hijo Pródigo.

Tal vez no nos damos cuenta pero estamos comiendo la comida de los cerdos, librando una batalla contra el presente, contra la vida, llenándola de ociosidades, quejas o inconsciencia aunque sea en forma de risa y diversión.

Hemos malgastado nuestra herencia, hemos perdido la profundidad del ser, ya no nos conocemos a nosotros mismos, hemos olvidado nuestra dimensión sagrada.

Tal vez con algo de suerte la vida nos sacuda con dureza y nos haga darnos cuenta de donde estamos y nos haga emprender el camino de regreso.

Afortunadamente el camino de regreso no es algo que requiera tiempo, el demonio le hará creer que necesita tiempo para volver, pero volver al Padre no requiere tiempo.

Usted no tiene que ganar una batalla que finalmente le llevará al cielo como recompensa, usted tiene que ser derrotado en su batalla personal contra lo que es ahora.

Deje de luchar con el presente, deje de juzgarlo, deje de quejarse, acepte el momento que Dios le da instante tras instante, sin añadir, sin juzgar. Esto y solo esto es lo que anhela su corazón y lo que siempre ha querido

Usted no tiene porqué aturdirse con conversaciones banales, ni luchar para conseguir, tiene que dejar de darle la espalda al mundo o de forcejear con los acontecimientos, las circunstancias y las cosas, y rendirse de una vez.

El camino espiritual es como si finalmente tuviera que gustarle este instante que cree que no le gusta hasta averiguar que en realidad este instante que cree que no le gusta es lo que realmente desea y siempre ha deseado con todo su corazón.