“Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose,
vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca les
enseñaba, diciendo:…
Bienaventurados los que lloran porque ellos serán
consolados.”

Lc 6; 20-23

Girasol

Fotografía: M.Peinado (Creative Commons)

LA ESPERANZA DEL DOLOR

Que desde mi dolor
agachada, encogida
con tus alas como abrigo
vea tu Rostro Señor.

Que Tú me permitas ver
lo que no está permitido
ver al corazón humano
cuando le supera el miedo.

Que el lugar que ha escogido
mi corazón este día
para soportar la angustia
sean tus manos, Señor.

Y que, recostada allí
aunque yo no vea nada
cegada en el sufrimiento
sepa que Tú me acompañas.

Sepa que es ése el lugar
al que Tú acudirás
para acompañarme, Padre
en las horas de destierro.

Y que Tú estarás conmigo
cubriendo con tus dos alas
la soledad de mi alma,
la angustia de mi dolor.

Y que sólo si es así,
con mis huesos derrotados
con la arcilla de mi cuerpo,
que no se sostiene en nada.

Tú podrás tomar mi alma
trabajarla con tus dedos
igual que modela el barro
el incansable alfarero.

Y cuando Tú finalices
tu trabajo, modelando
mi alma estará un poco
más llena de Eternidad.

Por eso te pido, Padre
que me des Sabiduría
para poder comprender
que siempre nos acompañas.

Para sentirte muy cerca
en esos momentos duros
en los que veo a mi mundo
desvanecerse ante mí.

Y que, aunque no te veamos
es el fondo del abismo
el lugar, de donde Tú
nos recoges y nos haces
Hijos de la Eternidad.

Enséñanos a vivir
la esperanza del dolor.
Enséñanos a sentir
con plena seguridad
que después del sufrimiento
amanecemos de nuevo
y el mundo se nos presenta
empapado en claridad.

“El Señor es mi luz y mi salud,
¿a quien temeré?.
El Señor es el baluarte de mi vida,
¿quién me hará temblar?…
Porque me esconderá en su tienda
en el día aciago,
me ocultará en lo escondido de su tabernáculo,
sobre una roca me levantará.”

Salmo 26; 1-5