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Ilustración: Gregorio Domínguez

Este Salmo nos habla de un hombre justo que da gracias a Dios porque «me salvó de mis enemigos». Lleno su corazón de gratitud, le dirige palabras que nacen de la experiencia de haber visto la muerte cerniéndose sobre él, y de la que ha sido liberado por la intervención de Dios; por lo que su corazón se desborda así delante de Dios: «Señor, mi roca, mi alcázar, mi baluarte, mi libertador, Dios mío; peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte».

Este hombre hace resonar de lo más profundo de su alma, una alabanza exultante a Yavé porque, ante un peligro inminente de violencia sobre su vida, no ha manchado sus manos de sangre, es decir, no ha tenido que utilizar su violencia; ha vencido con la misma fuerza de Dios.

Esto nos lleva a las palabras de Jesús en el Sermón de la Montaña: «Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pues yo os digo: “No resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee la mejilla derecha, ofrécele también la otra…”» (Mt 5,38-42).

Jesucristo tiene autoridad para proclamar así el Evangelio porque Él es el que vence al mal, no con las mismas armas del mal sino con la fuerza de Dios. Él mismo es la fuerza de salvación, anunciada por Zacarías ante el nacimiento de su hijo Juan Bautista (Lc 1,69).

Jesucristo vence y hace partícipes de esta victoria a todos los creyentes que buscan la vida eterna en el santo Evangelio. El apóstol Pablo tiene una conciencia tan clara de que el Evangelio sobrepasa infinitamente a la Ley, es tan consciente de que está lleno de la divinidad de Jesucristo, que le llama «la fuerza de Dios». Oigámosle: «No me avergüenzo del Evangelio, que es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rom 1,16).

Miremos a Jesucristo que entra en la Pasión «sin devolver mal por mal», al contrario, salen de su boca palabras de perdón: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

Sí Padre, perdónales porque no han visto tu rostro bajo mi apariencia. Sólo han visto al «hijo del carpintero». Padre, perdónales porque, cuando han visto que daba poco valor al culto exterior del templo y a la misma ley, pensaron y dijeron de mí que estaba endemoniado y que era un samaritano. Padre, perdónales porque, llevándome a la muerte, creyeron que así te agradaban a ti. Padre, perdónales, siempre te han manipulado y por eso están ciegos, solamente han tenido ojos para ver su propia gloria.

Padre, las fuerzas de los hombres se abaten contra mí, por eso me apropio de la oración que inspiraste al salmista y te grito ¡tú eres mi fuerza…! «En tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,45). No hay fuerza ni violencia en el Príncipe de este mundo para abatir mi espíritu.

¿Puede el hombre por sus cumplimientos traspasar la ley del talión? Evidentemente, no. El pecado original la ha impreso en nuestras entrañas, podríamos decir que incluso la llevamos genéticamente. Con su muerte, Jesucristo aplastó la ley del talión, que es la causa de todas las discordias, crímenes, injusticias, miserias y guerras de la humanidad y, por supuesto, está también en la raíz de todos los desórdenes internos de cada hombre.

Jesucristo muere victorioso y ofrece gratuitamente esta victoria a todos los hombres. Es la gracia de las gracias, que nos hace morir genéticamente a la ley del talión y nos concede la nueva naturaleza de hijos de Dios. No es un perfeccionismo moral, ya que nunca, ni la más alta y encumbrada conquista moral, ha podido ni podrá jamás aplastar nuestra genética de la ley del talión.

Es el Evangelio, la Palabra de vida otorgada por la sangre del Cordero inocente, la única posibilidad de anular el veneno de esta ley de muerte. En Jesucristo, el hombre, revestido de la misma fuerza con que Él entró en la Pasión, vence el mal con el bien, que es el arma de Dios.

Evangelio que solamente pueden acoger los «pobres de espíritu», es decir, los que buscan a Dios más allá de sus dudas, de sus seguridades morales y, sobre todo, le buscan ansiosamente más allá de sus pecados.

Terminamos este comentario con unas palabras del apóstol san Pablo, que recalca y da autoridad a lo que hemos expresado anteriormente. «Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para nosotros, tanto judíos como gentiles, el Cristo, fuerza y sabiduría de Dios» (1Cor 1,22-24).