en-el-espiritu-de-los-salmos-8

Fotografía: Jason St Peter (Creative Commons)

Este Salmo se introduce y completa con la misma aclamación: «¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!». Vemos cómo el nombre de Dios es una exaltación de su majestad sobre toda la creación. Este nombre no es un título ni un apelativo; es, siguiendo la cultura y la espiritualidad del pueblo de Israel, «la esencia que le define».

Cuando Dios envía a Moisés para liberar al pueblo de Israel, le revela su nombre, «Yo Soy el que Soy» (Éx 3,14). Dios le dice a Moisés que «Él es por sí mismo» y por eso tiene poder para dar la vida. Moisés, apoyándose en este nombre que garantiza el cumplimiento de este mandato «imposible», emprende la misión de liberar al pueblo.

Nos dice el presente Salmo que los niños de pecho llevan este nombre en su boca. Son los niños que han nacido de lo alto, como anunció Jesucristo a Nicodemo; aunque este, demasiado versado en la Ley, no pudo entenderlo en ese momento.

Nosotros sí podemos entender esto llevando a nuestro corazón estas otras palabras de Jesús: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11-25). Efectivamente, sólo los niños son capaces de desplazar su propia sabiduría para aceptar y acoger gozosamente la sabiduría de Dios. Y es tal la plenitud de vida que se plasma en el ser de estos niños, que proclaman este nombre como alabanza y también como victoria.

Lo proclaman como alabanza porque toda su vida es para el mundo una manifestación de la gloria, poder y misericordia de Dios. Toda su vida es un canto a la creación de Dios, cuyo punto culminante son ellos mismos, porque han vuelto a nacer y han nacido de Dios. «A todos los que recibieron la Palabra, les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1-12). A ellos dedica Jesucristo la primera bienaventuranza: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3). Ellos sí entienden lo que no entendió el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo: «Todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31). Son niños que, en su ingenuidad, no son desconfiados, por lo que se apropian del don de Dios, que es su propio nombre.

Lo proclaman como alabanza, como hemos visto, y también como victoria; porque este nombre, santo e inmortal, les ha sido concedido por Dios en el combate de la fe. «Al vencedor le pondré de columna en el santuario de mi Dios, y no saldrá fuera ya más; y grabaré en él el nombre de mi Dios» (Ap 3,12). De este nombre, grabado como Palabra de vida eterna en el espíritu del creyente, nace el testimonio que provoca la fe. Una provocación que no nace de gestos ni de ritos, sino de la luz que irradia este nombre, luz que es siempre resplandor en la oscuridad. Escuchemos en este sentido las palabras de Jesús: «Os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio» (Lc 21,12-14).

Que un hombre, sujeto a la precariedad y a la desconfianza, propias de nuestra debilidad existencial, y más cuando se trata de «creer en lo que no se ve», pueda disponer de su vida al servicio de un testimonio porque está implicado en y por el nombre de Dios, es lo que provoca este canto de alabanza, porque sabe que ha vuelto a nacer. Es un hombre nuevo, con los órganos de su espíritu desarrollados hasta el punto de que ahora sí que puede: «Ver, oír, tocar y experimentar a Dios» (1Jn 1,1).

Los apóstoles, miedosos e increyentes ante el misterio de la Cruz, al ser enviados por Jesucristo como nuevos Moisés a proclamar el nombre, del cual Dios nos quiere hacer partícipes a toda la humanidad, no dudan en exponer y arriesgar su vida ante el Sanedrín. Saben que el testimonio que den del nombre es puerta abierta para que todo ser humano alcance la inmortalidad en Dios. Es tan grande esta misión, que la consideran superior a su propia vida.

En los Hechos de los Apóstoles, que es y será siempre el modelo de la actividad misionera de la Iglesia, escuchamos lo siguiente: «Entonces llamaron a los apóstoles; y después de haberles azotado, les intimaron que no hablasen en nombre de Jesús. Y les dejaron libres. Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el nombre. Y no cesaban de enseñar y de anunciar el evangelio de Cristo Jesús…» (He 5,40-42).

Los apóstoles de ayer, de hoy y de mañana proclaman este nombre porque ya participan de él: la palabra de Vida, creída y acogida en lo más profundo de su ser, es la garantía y el sello de su inmortalidad.