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Fotografía: Marco Arnhold (Creative Commons)

Aunque parezca un juego de palabras, no es por eso menos cierto que tener el poder de la medida es en realidad la medida del poder.

Pues tener la medida de uso del mundo es lo que confiere al hombre verdadero poder sobre éste.

De hecho, cuando uno se siente impuro o pecador o como se le quiera llamar, no es sino porque uno reconoce una falta de medida, bien en sus actos, omisiones pensamientos o palabras y es en esta falta de medida donde está el punto débil o el pecado del individuo que eventualmente podría degenerar en enfermedad e incluso matar a la persona.

Esto es fácilmente demostrable en el mundo físico, si una célula pierde su medida y se reproduce alocadamente se convertirá en un cáncer, y si no se reproduce convenientemente, también causará una deficiencia que en ambos casos enfermará el cuerpo de la criatura.

También una mente desmedida y obsesionada en una idea o grupo de ellas puede enfermar, al igual que una emoción desbocada puede tener consecuencias trágicas.

Todo tiene una medida en el universo el cual se rige por leyes que aunque aparentemente puedan parecer caóticas en realidad obedecen a principios muy precisos. Y creo que el hombre puede afirmar sin lugar a dudas que esta es la verdadera voluntad del Creador, de Dios.

Podría no encontrar argumentos convincentes como para afirmar que rezar el Rosario sea más voluntad de Dios que cumplir los preceptos del Ramadán; sin embargo, lo que sí puedo afirmar es que la voluntad del Creador es que si te tiras de un quinto piso, bajarás con una velocidad de (2xgxh)1/2, y que si tu estructura ósea no es capaz de soportar el impacto debido a la velocidad, sufrirás las consecuencias.

Esto es una ley física y como tantas otras descubiertas y sin descubrir, son voluntad del Creador y no de los científicos. Conocer la medida de los parámetros de esta ley, te dará poder para saber hasta dónde puedes establecer los límites para dar un salto o saber en qué medida puedes aplicar otras leyes para contrarrestar los efectos de la primera.

Si el universo desobedeciera estas leyes y, por ejemplo, el agua no se dilatara a 0ºC, se congelarían los mares y no sería posible la vida; si no se atrajeran las masas o las cargas positiva y negativa; si el aire no absorbiera humedad o perdiera su punto de rocío; si se agotara la capa de ozono tampoco sería posible la vida… y así cientos de miles de ejemplos, que obedecen a una medida muy precisa: la voluntad del Creador.

Está contado hasta el último cabello de nuestra cabeza.

Pero moviéndonos en un campo más prosaico, si quieres hacer una tortilla de patatas o una paella, conviene que conozcas las medidas y proporciones de los ingredientes; de lo contrario, te podría salir otra cosa, y aunque parezca una bobada, también esto es voluntad del Creador.

Hoy en día aparecen anuncios donde hay quien asegura conocer la medida exacta de las grasas que debes tomar, las calorías que necesitas e incluso te venden productos con los que aseguran conseguirás tener la medida adecuada de estos parámetros sin esfuerzo.

Pero nadie o casi nadie habla de la medida de utilización del mundo, y me atrevo a asegurar que el hombre que conoce esta medida es un hombre realmente poderoso; sabe lo que debe comer, beber, dormir, fumar, hablar, callar, escuchar, mirar etc., y este conocimiento le convierte en un hombre libre, pues lo que normalmente llamamos fuerza de voluntad, no es sino administrar medida al uso del mundo.

Todos los hombres que aspiran a la santidad, eventualmente, se retiran a orar o a meditar, de alguna manera dejan de utilizar el mundo, como actores que necesitan descansar entre los actos de un drama.

Cuándo nos retiramos a orar, sentimos que de alguna forma somos solo los actores en un drama, y que es la unión con Dios lo realmente importante; entonces podemos regresar al mundo de nuevo a interpretar nuestros papeles con cierta distancia.

Después de la oración, somos capaces de tomar la acción necesaria en el momento como la situación lo demanda y después la soltamos. De esta manera regulamos el uso del mundo y podemos interpretar nuestros papeles sin el sentimiento de ser un hacedor independiente y separado, sino más bien como parte de un todo, respondiendo a un drama que se representa. Esta actitud trae consigo un sentir de gran liberación y libertad.

Solo Dios es la Verdad, el Conocimiento y la Bienaventuranza.

La Creación es el Paraíso que Dios hizo para el hombre, para su Bienaventuranza, y sus leyes tienen el mismo propósito. Los seres humanos son hijos de Dios y son por sí mismos veraces, conscientes y felices.

Pero el hombre no quiere reconocerse hijo de Dios sino que quiere ser Dios mismo y prefiere gozar como hacedor, no como testigo, creando su propio mundo imaginado dentro de la creación, donde él es el máximo protagonista y todo se convierte en “querer” y “obtener” para sí mismo. Así pierde la medida de uso del mundo y la libertad.

Todo esto ata al hombre en límites pequeños y le proporciona sólo una pequeña bienaventuranza.

Pero resulta que el Alma del hombre es infinita a imagen de Dios, y como no hay medida que la colme sino Dios mismo, no podría quedar satisfecha con esa pequeña bienaventuranza. De ahí que haya un movimiento y búsqueda constante que finalmente sólo pretende más bienaventuranza, más verdad y más conocimiento. Este movimiento hace a los hombres correr furiosamente tras sus deseos, lo que es seguido por problemas, ansiedades, conflictos entre ellos y más falta de medida.

El propósito verdadero de la vida en el Paraíso se pierde completamente.

Sólo si los hombres se abandonaran en los brazos de Dios y dijeran un “SÍ” a su Voluntad, verían que no tienen nada que hacer, nada que reclamar, nada que lograr en esta Creación, que ya es completa y feliz. Ellos también comenzarían a disfrutar con su papel en este drama y sabrían con exactitud cuál es la medida de uso del mundo.