Biblia

Fotografía: vlasta2 (Creative Commons)

En este Salmo encontramos un hombre angustiado porque percibe que la religiosidad de su pueblo, Israel, está viciada por el formalismo y la apariencia hasta el punto de equipararlo con el resto de la humanidad; y llega a exclamar: «Que se acaban los buenos… Con labios embusteros y doblez de corazón».
 
El hombre vive, bien con la mentira o bien con la verdad, según las palabras que acoge en su corazón. Adán y Eva acogen la peor de las mentiras dando crédito a las palabras de Satanás: «Olvidaos de lo que Dios os ha dicho; sus palabras no son verdad…, sed autónomos y seréis como dioses» (Gén 3,5)…, dentro de vosotros mismos están las respuestas y soluciones a todo lo que os atañe y preocupa, pues no hay otro dios que el que nace de vuestro corazón.
 
Por esta mentira, incubada en lo más profundo del ser del hombre, dice el salmista «que se acaban los buenos». ¿Y ni siquiera los hay en su propio pueblo que es el pueblo elegido? Seguramente que el salmista está en consonancia con el profeta Isaías, de quien se sirve Yavé para proclamar estas palabras que denuncian la religiosidad de su pueblo: «Israel se me ha allegado con su boca, y me ha honrado con sus labios, mientras que su corazón está lejos de mí, y el temor que me tiene son preceptos enseñados por hombres» (Is 29,13). Palabras que el mismo Jesucristo pronunciará viendo, al igual que Isaías, la relación tremendamente superficial de Israel con Dios (Mt 15,8-9).
 
Jesucristo percibe que los labios de Israel «cumplen con Dios», pero que su corazón sigue siendo autónomo, es decir, siguen en el mismo engaño de Adán y Eva: ¡Su corazón es su propio dios!
 
¿Qué hace Dios con el hombre, tan sometido al engaño? ¿Le va a dejar constreñido a tanto mal? ¿Acaso la mentira que nos asfixia es nuestra única alternativa?
 
Dios es palabra. Y es Palabra-Verdad. Y así como Satanás sedujo al hombre con la mentira, Dios va a seducirle con la Palabra que, poniéndole en la verdad, le va a levantar hasta la misma altura de su rostro. Sabemos cómo Dios empieza a actuar con el hombre ya en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, vemos cómo el profeta Jeremías experimenta la alegría de vivir en plenitud en toda su realización humana al sentirse desbordado por la palabra de Dios que acoge. «Se presentaban tus palabras, y yo las devoraba; era tu Palabra para mí un gozo y la alegría de mi corazón porque se me llamaba por tu nombre, Yavé Dios mío» (Jer l5,16).
 
La Palabra, que es el gozo y plenitud del profeta Jeremías, ya nos la había anunciado el salmista en estos términos: «Las palabras de Yavé son palabras auténticas: plata refinada, siete veces, limpia de ganga».
 
La promesa de esta Palabra, que en definitiva es la salvación del hombre, anunciada tantas veces en el Antiguo Testamento, veladamente experimentada en los profetas y que levanta expectativas y deseos en todo ser humano que busca a Dios, viene a nuestro encuentro en la Encarnación. «Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros y hemos contemplado su gloria».
 
La angustia del salmista, al que le da la impresión de que la mentira prevalece sobre la verdad, los labios engañosos sobre el corazón sincero y buscador, encuentra eco en la misericordia de Dios, en su amor incomprensible hacia toda la humanidad. Es en su Hijo Jesucristo, Palabra hecha carne, que Dios provoca una seducción de vida eterna infinitamente superior a la vida limitada y sin horizontes, inducida por el príncipe de la mentira, como vimos en Adán y Eva. Movido Dios por su amor al hombre y conociendo nuestra debilidad, pone su morada entre nosotros para que la Palabra-Verdad sea visible y alcanzable para todos.
 
Jesucristo mantiene en su ser de carne, es decir, siendo hombre en todas sus dimensiones, la Palabra-Verdad como su alimento. Y así vemos cómo en Samaría, cuando sus discípulos le insisten para que coma, Él les respondió: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis. Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,32-34). Es un alimento que «no conocéis todavía», lo conoceréis cuando entre en el misterio de la cruz, porque de mi costado abierto nacerá el Evangelio que, al ser la vida misma de mi divinidad, os dará, sin normas, leyes ni coacciones, la vida eterna.
 
¿Y por qué sin normas, leyes ni coacciones? Porque son las normas, las leyes y las coacciones las que provocan «los labios embusteros» y «los corazones lejos de Dios».
 
En Jesucristo, la Palabra-Verdad, que redimensiona toda su vida, es la garantía de su plenitud de relación y comunión con su Padre. «El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada» (Jn 8,29).