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Fotograma de El árbol de la vida

En este cántico oímos al salmista proclamar la alabanza de Dios incidiendo con énfasis en su grandeza, señalando su poderío, haciendo hincapié en que su creación es obra de sus manos, que el orbe y todos los seres que lo habitan tienen su origen en Él. Es un poema que, al mismo tiempo que exalta a Dios, anuncia su trascendencia y, a partir de ella, se pregunta qué hombre puede subsistir en su presencia y quién podrá habitar en su recinto santo. El mismo autor que hace la pregunta, nos da la respuesta: «El hombre de manos inocentes y puro corazón, el que no confía en los ídolos…».

Hemos titulado este salmo «La obra de Dios» porque lo normal del hombre, incluido el que orienta su vida religiosamente, es el de hacer «su obra». Es así cómo el salmista, inspirado por el Espíritu Santo, define lo que es la vanidad del alma. Jesucristo, el mismo Hijo de Dios, será aquel que hará presente lo que implícitamente está anunciando, llevar a cabo la misión del Padre sin que la vanidad habite en su alma. Él no ha venido al mundo a hacer su obra, sino la obra del Padre. Por eso dirá a los judíos que «Las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado» (Jn 5,36).

Y aún más profundamente, Jesús nos dirá que no hace ni habla absolutamente nada por su cuenta. No actúa por propia iniciativa, actúa según el Padre le va revelando su designio. Y así le oímos expresarse de esta manera: «Yo no hago nada por mi cuenta; sino que lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo. Y el que me ha enviado está conmigo; no me ha dejado sólo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él» (Jn 8,28-29).

Jesús, el Hijo de Dios, aparece como el que responde a esta pregunta del salmista: ¿Quién puede estar en presencia de Dios? ¿Quién puede presentarse delante de Dios sin el cáncer de la vanidad en el alma? Porque ¿hay alguien, fuera de Jesucristo, que pueda presentarse así, con esta limpieza de corazón, delante del Dios trascendente del que nos habla el salmista?

Ya anteriormente, los salmos nos habían anunciado una catequesis semejante: «El Señor se inclina desde el cielo sobre los hijos de Adán para ver si queda alguno sensato, alguien que busque a Dios. Todos andan extraviados y obstinados por igual, no hay uno que obre bien, ni uno solo» (Sal 14,2-3). Leyendo estos versículos, nos da la impresión de que sea un texto tremendamente pesimista, como que no hay nadie que tenga relación con Dios, como que haya desaparecido toda piedad y toda bondad. Sin embargo el salmista, inspirado por el Espíritu Santo, sabe muy bien lo que está diciendo: Efectivamente, nadie hace el bien con limpieza de corazón, sin vanidad en el alma, es decir, como lo hace Dios. Y así hasta la Encarnación.

Dios Palabra se hace carne en Jesucristo y de nuevo se abren los cielos y Dios se asoma sobre ellos. Esta vez sí ve a alguien que hace el bien desde la limpieza de su alma y se complace en Él, como ya tuvimos ocasión de ver al hablar del bautismo de Jesús.

Jesucristo es aquel que, al tener la limpieza de alma para hacer la obra de Dios, también nos marca con el sello de garantía de que nuestras obras no sean según la vanidad del alma, sino según la gloria de Dios, ya que son su propia obra. Escuchémosle: «Dijeron los judíos a Jesús: “¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?”. Jesús les respondió: “La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado”» (Jn 6,28-29).

Ya tenemos, pues, el sello de garantía de nuestras obras: Creer en Jesucristo, el enviado del Padre. No es un creer dogmático ni intelectual y, por supuesto, ni siquiera un creer moral. Es un creer en Jesucristo, palabra del Padre; y este creer en la palabra del Padre tiene un nombre muy concreto: ¡El Evangelio!

Y así es efectivamente: creer en el Evangelio como única fuente de tu espiritualidad, como única fuente de tu oración, como único manantial de tu conocimiento de Dios. Porque, a fin de cuentas, ¿qué es el Evangelio sino el mismísimo rostro de Dios? En las Sagradas Escrituras creer significa apoyarse. En efecto, apoyar tu vida en todas tus dimensiones en lo que crees. Y ¿cómo va el hombre a apoyar su vida en Dios si nunca ha visto su Rostro? Pues bien, repetimos, el Evangelio es el mismo rostro de Dios.

Este Rostro nunca se percibe cuando el Evangelio es solamente un libro de estudio. El Rostro que él irradia solamente se percibe cuando la Palabra es contemplada; cuando, en actitud de inmensa pobreza, nuestro corazón se dobla en gesto de adoración, y tendemos la mano hacia ella como la tiende el hambriento para recibir su alimento… Es entonces cuando el hombre, incapaz por sí mismo para traspasar el misterio de Dios, es iluminado y conducido hasta sus mismas entrañas. Es entonces cuando el Dios trascendente aparece como Padre, y el hombre, es decir, tú, eres nombrado por Él mismo como «el hijo en quien Él tiene sus complacencias».