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Fotografía: Iglesia en Valladolid (Creative Commons)

En este Salmo vemos a un hombre fiel dirigiéndose a Dios con una oración que le sale de lo más profundo de su espíritu, atormentado como está por la situación de adversidad que está sufriendo. Experimenta la intimidad con Dios y entonces le dice que «atienda a sus clamores y que preste oído a su súplica».

Este hombre apoya su petición en el hecho de que su «súplica no proviene de unos labios mentirosos». El profeta Isaías denunciará la decadencia espiritual del pueblo de Israel, poniendo en evidencia su maldad y su desprecio hacia Yavé hasta el punto de haberse vuelto de espaldas a Él. Vive una piedad tan superficial y formalista que Dios mismo abre su boca y se dirige a su pueblo con estas palabras tan directas: «Aunque multipliquéis vuestras oraciones, yo no os oigo» (Is 1,15).

¿Por qué Dios se resiste a escuchar la oración de este pueblo? Pues porque Él mismo ve que no hay armonía entre lo que proclaman sus labios y la perversidad de su corazón. Dios rechaza esta plegaria salida de los labios engañosos. No es así con el salmista, él es consciente de que su boca habla desde la abundancia de su alma y, por eso, sabe que Dios tendrá atento su oído a la súplica de su corazón.

Es más, el salmista dirá que «aunque sondees mi corazón y lo examines de noche, aunque me pruebes al fuego no encontrarás en mí malicia alguna. Mi boca no ha faltado».

Pero, ¿quién es este salmista? Es evidente que no puede hablar de sí mismo, ya que él sabe muy bien que todo hombre «nació en la culpa y fue concebido pecador» (Sal 51,7). En realidad está trascendiendo su propia persona para hablar de la oración del Mesías, de Jesucristo.

Jesucristo sí reza con un corazón que está en comunión con la voluntad de su Padre, por lo que hay una armonía perfecta entre su experiencia interior y las palabras que salen de sus labios. Esta oración es del agrado de Dios precisamente porque está marcada por la armonía, la verdad y el amor. Por eso, cuando «se abrieron los cielos en el bautismo de Jesús, se oyó la voz de su Padre que dijo: “Este es mi Hijo amado en quien me complazco”» (Mt 3,17).

Y porque la oración nunca es unilateral sino espacio de comunión con Dios, encontramos que también el Hijo se complace en la Palabra-Voluntad de su Padre por lo que, lleno de alegría en su espíritu, lleva a término su misión, que es manifestar el rostro de Dios, la victoria del perdón y la misericordia en el misterio de la Cruz, es decir, a través de su propia muerte. «Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que actúo según el Padre me ha mandado» (Jn 14,30-31).

Volvemos los pasos a nuestro salmista, que ya sabemos no es otro que la figura del Mesías, y le oímos decir que, «precisamente porque ha guardado la palabra de Dios, ha podido ajustar sus pasos en el camino de la verdad, y que sus pies no han vacilado». Decíamos y repetimos que vemos a Jesucristo en el salmista. Escuchemos las palabras que Él dirige a los fariseos. «Vosotros no conocéis a Dios, yo sí que le conozco y guardo su Palabra» (Jn 8,55). Es precisamente por esta palabra del Padre guardada en lo más profundo de su alma que «los pies de Jesús no vacilan» y están siempre prontos a la obediencia, es decir, a seguir el camino propuesto por su Padre.

El profeta Elías tiene un enfrentamiento con los falsos profetas de los Baales que, acogidos por el rey Ajab, «iluminaban engañosamente» al pueblo, el cual, a su vez, los escuchaba con agrado, siendo cómplices del engaño. En este enfrentamiento, puesto que el pueblo tiene el corazón dividido entre Yavé y Baal, es exhortado por el profeta: «¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies? Si Yavé es Dios, seguidle; si lo es Baal seguidle a él» (1Re 18,21).

Vacilan los pies cuando el corazón del hombre está dividido. Y esta división la hace patente Jesucristo cuando nos dice: «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). Con estas palabras, Jesucristo pone al dinero como la raíz y la fuente de todas las idolatrías, raíz y fuente que divide el corazón, que hace que nuestros pies cojeen, con lo que los pasos son vacilantes, impotentes para seguir cualquier camino. La oración que entonces nace no puede ser sino una oración de labios engañosos.

Jesucristo, el Buen Pastor, es anunciado por Zacarías como aquel que «ilumina a los que habitan en tinieblas y en sombras de muerte, y el que guía nuestros pasos (sin vacilar) por el camino de la paz, es decir, hacia Dios» (Lc 1,79).