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Cristo cargando la cruz -fragmento- (Lorenzo Lotto)

Un hombre, agobiado por el sufrimiento, suplica a Dios en su angustia para que venga en su ayuda. Se siente profundamente pecador y está sobrellevando en su carne toda la devastación que el pecado trae consigo. San Pablo nos dice en la Carta a los romanos que «el salario del pecado es la muerte» (Rom 6,23). El Apóstol entiende esta muerte como la destrucción interna que vive un hombre cuando orienta su existencia al margen de la voluntad de Dios, que en esto consiste el pecado hablando bíblicamente. La muerte que provoca el pecado es fruto de orientar nuestros pasos en dirección marginal a Dios que es la vida.

El hombre reflejado en este salmo no es otro que Jesucristo. Él acoge en su seno el pecado de toda la humanidad, como también nos dice el apóstol Pablo. «A Jesucristo, que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en Él» (2Cor 5,21). El Padre envía a su Hijo como receptor de todo mal y pecado de la humanidad. Este acoge, pues, en su carne, todo el poder destructor que provoca el pecado, y que le conduce a la muerte y muerte de cruz. Oigamos al salmista: «Mis culpas sobrepasan mi cabeza, y pesan sobre mí como carga insoportable. Mis llagas están podridas… estoy encorvado y encogido, y ando triste todo el día…».

El peso de la Cruz, tanto en lo que se refiere a su carga física como a la carga de la más profunda humillación, encorva a Jesucristo hasta el punto de dar con sus huesos en el polvo. No olvidemos que, ante el Sanedrín y su propio pueblo, Jesucristo fue condenado por impío y blasfemo. «El Sumo Sacerdote se rasga las túnicas y dice: ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece? Todos juzgaron que era reo de muerte» (Mc 14,64).

Volvemos al salmista y le oímos proseguir: «Mis amigos y compañeros se alejan de mis llagas, mis familiares se quedan a distancia». Y así, justamente, aconteció con Jesucristo pues, una vez apresado en el Huerto de los Olivos para ser llevado a juicio, fue abandonado por sus discípulos. «Entonces los discípulos le abandonaron todos y huyeron» (Mt 26,56).

Vemos cómo se desencadena todo cúmulo de tragedias sobre el protagonista de este salmo, hasta el punto de llegar a exclamar: «Mas yo como un sordo soy, no oigo, como un mudo que no abre la boca; sí, soy como un hombre que no oye ni tiene réplica en sus labios». Y esta fue exactamente la actitud de Jesús ante la multitud de acusaciones que, como saetas, caían sobre Él: se mantuvo en silencio. «Se levantó el Sumo Sacerdote y le dijo: ¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos atestiguan contra ti? Pero Jesús seguía callado» (Mt 26,62-63).

¿Por qué Jesús permaneció mudo frente a acusaciones tan graves que provocaron su condena? ¿Por miedo? ¿Por cobardía? No. Jesús no necesitaba justificarse; tenía conciencia de que su Padre respondería por Él, le haría justicia. Y así es, efectivamente, como continúa el salmo: «¡En ti, Señor, yo espero! Tú me responderás, Señor, Dios mío».

Hemos dicho que Jesús tenía conciencia de que su Padre era la garantía de su inocencia, por lo que Él mismo actuaría para glorificarle. Así se lo expresó en la maravillosa oración de íntima e intensa confianza, que dirigió a su Padre en la noche de la Pasión durante la Última Cena. «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti… yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti» (Jn 17,1-5).

Dios Padre respondió, justificó y glorificó a su Hijo dándole la victoria sobre toda muerte, pecado y corrupción, levantándole de la lóbrega caverna del sepulcro, constituyéndole, como dice san Pablo, Señor de la creación. «Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente ser igual a Dios… y se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2,5-11).

Yavé respondió por su Hijo y, a su vez, el Hijo responde por nosotros ya que, por su victoria sobre la muerte, ha roto las cadenas de nuestros pecados y hemos sido justificados. El evangelista Lucas nos cuenta este paso de la humanidad del pecado a la gracia cuando habla de la multitud que asistió al Calvario para ver un espectáculo, es decir, para divertirse perversamente. Sin embargo, estos espectadores, al ver la muerte de Jesús, al oír su gesto de perdón intercediendo por ellos ante el Padre, se volvieron golpeándose el pecho (Lc 23,48).