Santísimo Sacramento

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

“Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.” (Gal 6, 1-2)

 

La Paz que tú das

La Paz que tú das supera en gran medida lo que nosotros llamamos “paz”.

La Paz que tú das nos hace entrar en un mundo dentro del mundo que antes mirábamos y que, por obra de tu Paz, ahora vemos.

Un mundo en el que ya no tiene sentido dejar a nuestro corazón desbocado lanzarse contra el hermano, porque tu paz nos calma, nos sosiega y nos enseña a elegir otras sendas donde nos encontramos con tu amor.

Tu Paz nos da sabiduría y hace vagar el alma por el aire, apenas sin peso, como lo hacen las pequeñas motas de polvo cuando un rayo de sol las ilumina y nos permite verlas.

Pasar por la vida sin apenas pesar. Ligeros por obra de tu paz que descarga nuestro corazón de odio, rencor, envidia, murmuración.

El alma ligera; descargados de lo que destruye nuestras vidas y las de nuestros hermanos y cargados del oxígeno de Dios.

Libres, limpios, acurrucados y, a la vez, abiertos nuestros brazos para volar, abrazando el mundo, abrazados a los hombres, envueltos en tu Paz.

 
“Te he quitado de los hombros la carga que llevabas; ya no tienes que cargar esos ladrillos tan pesados. Cuando estabas angustiado, me llamaste y te libré; te respondí desde la oscura nube donde estaba yo escondido; junto al manantial de Meribá puse a prueba tu fe.” (Sl 81, 6-7)