Puerta estrecha

Fotograma de El árbol de la vida

Los que hemos tenido la posibilidad de conocer el Estado de Israel, y, por gracia de Dios, hemos tenido la oportunidad de conocer la Domus Galilea, del Camino Neocatecumenal, en el lago de Tiberíades, podemos admirar entre otras muchas cosas, una “puerta estrecha” construida en piedra, por donde, si quieres, puedes pasar con mucha dificultad en cuclillas, o de rodillas. La verdad es que toda la construcción de la Domus nos recuerda multitud de símiles bíblicos que nos llevan directamente a la Escritura; son auténticas catequesis en piedra y hormigón, con las que Dios iluminó al proyectista y al inspirador de la citada construcción. Todo un descanso para el cuerpo, y sobre todo, para el alma, poder meditar las enseñanzas evangélicas con sólo levantar la mirada.

En el Evangelio de Jesucristo según san Lucas, (Lc 1322-30) nos habla de “la puerta estrecha”. El texto relata el encuentro de un hombre que interpela a Jesús con estas palabras: “Maestro, ¿serán muchos los que se salven?” Jesús le responde: “Esforzaos en pasar por la puerta estrecha, porque ancho es el camino que lleva a la perdición”.

Jesús no da un número concreto; la salvación es imposible para el hombre pero no para Dios. Y continúa: “…Cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, os pondréis los que estáis fuera a llamar a la puerta, diciendo: ¡Señor, ¡Ábrenos! Y os responderá: No sé de dónde sois. Entonces empezaréis a decir: Hemos comido y bebido contigo, y hemos enseñado en nuestras plazas. Pero os volverá a decir: No sé de dónde sois: Retiraos de mí, todos los malhechores.

Él vuelve a hablar del camino que lleva a la perdición. Jesús está siempre en camino: sale del Padre y vuelve a Él. Y no tiene dónde reposar la cabeza. Igual hemos de hacer nosotros; estar siempre en camino, con la precariedad de no tener donde reposar la cabeza. ¡Ojo, que nadie se asuste! El Evangelio nunca es para meter miedo, ni para tomar ciertas cosas al pie de la letra. Eso no viene de Dios. Hay que tener la libertad de ponerse en manos de Jesucristo y preguntarle su plan para nosotros, sin interferencias de “elementos extraños” (el demonio).

Es terrible la contestación del dueño-Dios- de la casa: NO OS CONOZCO. Pero hemos comido y bebido contigo, es decir, hemos comulgado, hemos predicado…

¿Cómo entender esto? Hay que mirarse hacia dentro; mirarse en nuestra pequeñez, reconociéndonos pecadores, con humildad. Y preguntarnos, a la Luz, que es Jesucristo y su Evangelio, si me creo digno de presentarme ante Él; diríamos: no soy digno; y es verdad, nadie es merecedor por sí mismo de ser considerado digno a los ojos de Dios. Pero, por otro lado, SÍ somos dignos por los meritos infinitos de Jesucristo, que recogió nuestros pecados, traiciones, idolatrías… y los clavó en la Cruz.

Pero la pregunta está en el aire: ¿qué es para nosotros esta puerta estrecha? O ¿cómo descubrimos nuestra particular puerta estrecha? Estamos en una época donde “todo vale”. Se han perdido los “valores”. Un detalle: en este sentido que usamos el tópico de “valores”, la palabra tiene olor pagano. Es mejor habar de “virtudes”. Claro que las virtudes tienen un olor cristiano, y eso “repele” al mundo. Todo lo que toca o suena a Iglesia, Evangelio, repele al mundo, que así entendido, es uno de los tres “enemigos” del hombre: mundo, demonio y carne. ¡Qué bien nos enseñaban el Catecismo en aquellos años!

¡¡Ya vamos entrando por una puerta un poco más estrecha!!

Él, Jesús, se declaró como “la puerta” por donde pasan sus ovejas; a ellas las conoce y las llama una a una por su nombre. Él no es una puerta estrecha, no nos hace pasar a una sala de tormentos; nos dice, eso sí, que sigamos su camino, el camino de la Cruz, para llegar a la Vida Eterna.

Por la vida vamos pasando con un fardo lleno; lleno de maldades, lleno de sufrimientos, de sinsabores, de incomprensiones, de pequeñas o grandes frustraciones… Llevamos un gran saco, que nos hace encorvarnos cada vez más; nos impide enderezar nuestra espalda y pasar por la vida mirando a lo Alto-Jesús-.

Hay un Evangelio, que relata Lucas (Lc 13, 10-14), que nos habla de la curación de una mujer “encorvada”, y que nos recuerda el tema que estamos comentando; dice así:

“Estaba un sábado enseñando en una sinagoga. Había allí una mujer a la que un espíritu tenía enferma hacía dieciocho años; estaba “encorvada”, y no podía en modo alguno enderezarse. Al verla, Jesús, la llamó y le dijo: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad”. Y le impuso las manos. Y al instante se enderezó y glorificaba a Dios”.

Esta mujer es imagen de la humanidad entera, encorvada por sus maldades. El espíritu maligno -el diablo- la tenía totalmente apresada, encorvada.

Hay que fijarse en los detalles: Jesús la llama “mujer”. Es la misma frase que le dice a su Madre en las bodas de Caná: “Mujer, no ha llegado mi hora”. Es la misma palabra que le dice a María en la Cruz: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Y es la misma palabra que dirige a la Magdalena en la Resurrección: “Mujer, ¿A quién buscas?”

Con esta palabra: MUJER, Jesús está hablando a toda la Humanidad.

Otro detalle: Jesús llama a la mujer encorvada. Al verla en ese estado, la llama. Al vernos a nosotros, encorvados por la vida, NOS LLAMA. Siente compasión por ella y por nosotros. Y es curioso ver cómo, sin ella pedirle su curación, Jesús le sana de sus dolencias.

Jesús le impone las manos; es decir, le envía el Espíritu con todo su Poder. Esta imposición de manos que tantas veces vemos en la Eucaristía y en la liturgia en general, que llamamos con la palabra griega EPIKLESIS, es la imposición de las manos solicitando la venida del Espíritu Santo.

Pues bien, con este fardo pesado, con esta forma encorvada de vivir, no podemos pasar por la puerta estrecha.

Solamente por la PUERTA que es Jesucristo, enderezaremos nuestra vida para llegar a Él, Jesús, nuestro Dios y Señor.

Alabado sea Jesucristo