Manantial

Fotografía: Les Taylor (Creative Commons)

Un hombre justo compara su búsqueda de Dios con la necesidad imperiosa que una cierva sedienta siente por encontrar unas corrientes de agua. Escuchémosle: «Como brama la cierva por corrientes de agua, así brama mi alma por de ti, ¡Dios mío!». Jesucristo nos invita a seguir sus pasos para encontrar también nosotros la vida eterna. «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame… Quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,34-35).

Jesucristo nos habla de seguir sus huellas con nuestra cruz. En ella se incrusta el mal en sus múltiples dimensiones: Dolor, enfermedad, injusticias, opresiones, soledad, etc. ¿Tienen el mal y el sufrimiento un valor en sí mismos? ¿Es el precio que tenemos que pagar para salvarnos? Si recordamos al salmista, vemos que él compara su experiencia de Dios con la necesidad de la cierva de correr exhausta, atormentada por la sed –esta es, diríamos, su cruz– hasta encontrar las aguas que la reanimen. De la misma forma, el seguimiento de Jesucristo es provocado por nuestras propias carencias, es decir, nuestra incapacidad de darnos la vida a nosotros mismos; y el Hijo de Dios, que es fuente de las aguas vivas, promete hacer brotar un manantial en el seno del que crea en Él. «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí, como dice la Escritura, de su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7,37-38).

Este manantial de aguas vivas que ofrece el Hijo de Dios, ya había sido prometido por Yavé, en el profeta Isaías. «He aquí a Dios, mi Salvador: estoy seguro y sin miedo, pues Yavé es mi fuerza y mi canción, Él es mi salvación. Sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación… Dad gritos de gozo y de júbilo, habitantes de Jerusalén, qué grande es en medio de ti el Santo de Israel» (Is 12,2-6).

Hemos escuchado cómo estas aguas vivas del seno de Dios, son fecundas hasta el punto de dar la vida eterna. Quizá ahora entendamos mejor las palabras del Hijo de Dios citadas anteriormente: «El que me siga… hasta dar su vida por mí y por el Evangelio, la salvará…». Y es que las aguas vivas de Dios son el mismo Evangelio.

Veíamos también anteriormente que el Hijo de Dios decía que, al que creyera en Él, de su seno correrían ríos de agua viva. Salvando las distancias, el seno del creyente, convertido en manantial de aguas vivas por su acogida a la Palabra, es bendito, como bendito fue el seno de María de Nazaret cuando acogió la misión de ser la Madre del Mesías. Y fue su prima Isabel la enviada por Dios para anunciarla que su seno era bendito. «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno» (Lc 1,42).

El hombre justo, a quien Dios inspiró este salmo, es un fiel que tiene muchas contrariedades y persecuciones, hasta el punto de que sus adversarios le preguntan con ironía: «¿Dónde está tu Dios?». Sin embargo, este hombre no apaga su llama y sigue buscándole. Y no por un miedo moral sino por la sed que tiene su alma y el deseo de contemplar el rostro del Dios vivo. «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿Cuándo volveré a ver el rostro de Dios?». Su búsqueda no es un camino de gloria ni de honores, sino más bien de lágrimas y desfallecimientos. «Las lágrimas son mi pan noche y día… Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué me olvidas? ¿Por qué he de andar triste bajo la opresión de mi enemigo?».

Sin embargo, inmensamente mayor que toda contrariedad, burla, ironía o persecución, es su deseo de llegar hasta el rostro de Dios, de empaparse de las aguas vivificantes que brotan de Yavé, y por eso espera en fe contra toda esperanza humana: «Espera en Dios, que volveré a alabarlo: ¡Salud de mi rostro y Dios mío!».

El hombre que acoge el evangelio que Dios Padre nos ha dado por medio de Jesucristo, tiene en sí la garantía de la vida eterna. De la misma forma que el Hijo de Dios tiene conciencia de que «ha venido del Padre y vuelve al Padre» (Jn 13,3), asimismo, la Palabra sembrada en el corazón del hombre, siendo como es un manantial nacido de la fuente, vuelve a su lugar de origen, es decir, al seno del Padre, llevando consigo al hombre-mujer en cuyo seno brotó como manantial.

Dicho de otra forma, la palabra de Dios sale del Padre y vuelve a Él. Así nos los manifiesta el profeta Isaías: «Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar… así será mi Palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié» (Is 55,10-11).

Jesucristo, que es la palabra del Padre, cumplida su misión, resucita, es decir, vuelve al Padre. De igual modo, el hombre que encarna la Palabra se convierte en un creyente que lleva dentro de sí mismo las aguas vivas: la garantía de su resurrección y vida eterna. En este contexto el apóstol Pablo llama a Jesucristo el Primogénito de muchos hermanos (Rom 8,29). Son los que nacen de la fecundidad de la Palabra, de las aguas vivas… ¡Que Dios nos conceda el don de suspirar por ellas!