Regalo

Fotografía: Emily Orpin (Creative Commons)

Muy cierto parece eso de que hay que hacerse como niños para entrar en el Reino de los Cielos. Jesús nos daba una clara indicación del camino a seguir, sin demasiadas complejidades ni preocupaciones que muchas veces el hombre adulto se genera en esta vida.

Hace nueve meses que nació nuestra hija Clara y desde bien pequeñita la he visto sonreír como si el angelito más gracioso del cielo le estuviera poniendo caras. A veces podía pensar que era ese acto reflejo que tienen los bebés y probablemente algunas de esas ocasiones en las que la veías sonreír eran fruto de ese reflejo. Pero otra muchas veces parecía totalmente consentido y casi siempre mirando hacia arriba o hacia un lado, como si verdaderamente estuvieran entreteniéndola desde otro lugar. Y es que la sonrisa de Dios tiene que parecerse a la de un bebé por tres motivos principalmente.

Uno de ellos es la ternura que refleja el rostro de Clara y la infinita que te hace sentir cuando la ves. Sin querer y espontáneamente la sonrisa se dibuja en nuestra cara, a modo de espejo de lo que vemos. Otro motivo es la paz que da ver la felicidad agradecida; es como si a cada palabra o gesto cariñoso te ofreciera su sonrisa como agradecimiento. Un “gracias” repleto de sinceridad. Y por último, el amor inmenso que encoge el corazón. Verdaderamente, la palabra amor toma forma, si es que pudiera tener alguna, en la sonrisa de un bebé.

Tenemos la suerte de gozar de un trocito del cielo en nuestro hogar. Más bien, de un pequeño angelito como con los que el Señor seguramente se gloriará y “entretendrá” de vez en cuando. Dios también hace carantoñas… probablemente en este mundo sólo los niños tan pequeñitos pueden alcanzar a verlas y disfrutar de ellas. A nosotros sólo nos falta aprender a percibirlas y disfrutar de esa ternura, paz y amor que Dios nos regala en el rostro de Clara ¡¡y de tantos y tantos bebés!! Si queremos entrar en el Reino de los Cielos… miremos la sonrisa de Dios.