Creación de Adán

Fotografía: Shenghung Lin (Creative Commons)

…Tus acciones son mi alegría
Y mi júbilo las obras de tus Manos…

Si nos preguntaran de improviso a qué obras se refiere el salmista, nos quedaríamos perplejos sin saber contestar.

San Atanasio comenta en este salmo, que se cumplen en él todas las maravillas realizadas en Cristo por obra de Dios Padre. Y, a una escala menor, sabemos que los salmos también se cumplen en todos cuantos buscamos a Jesucristo y queremos llegar a ser sus discípulos.

Y en este estado de cosas, las Manos del Padre hicieron posible que, por medio del Amor infinito entre Él y el Hijo, el Espíritu Santo engendrase en María a Aquel que habría de serle fiel hasta la muerte y muerte de Cruz, en reparación de nuestras infamias, idolatrías, traiciones y pecados.

Las Manos de Dios crearon el mundo a través de la Palabra, (Jesucristo, Palabra Eterna del Padre), como nos recuerda el prólogo del Evangelio de Nuestro Señor según san Juan:

En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada… (Jn.1, 1-3)
…En el mundo estaba
Y el mundo fue hecho por ella… (Jn. 1,10-11)

Y en este sentido, el verbo “hacer” es el verbo “crear”, como podemos encontrar en el libro del Génesis:

En el principio (comienza igual), creó Dios el cielo y la tierra (Gen 1, 1)
…Hizo Dios el firmamento…
…Hizo Dios los dos luceros mayores…
…Creó Dios los grandes monstruos marinos…
Y así sucesivamente va alternando ambos verbos:
…Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza…

Y podríamos, de esta forma, ir viendo las distintas formas de “hacer” = “crear” que tiene Dios a través de sus Manos. Son las obras de Dios.

Y pasamos al mundo que nos rodea en la actualidad del hombre de hoy. Y nos preguntamos como al principio, cuáles son las obras de las manos de Dios en nosotros.

Para responder, hemos de leer en el libro de nuestra vida, meternos en el cuadro que un día Dios dibujó, donde cada uno de nosotros somos protagonistas con Él. Y ver, en ese cuadro el camino de fe que recorrimos, los errores y caídas, nuestras traiciones; ver aquellos momentos, días o quizá años, en los que nos bastaba con ir a “oír” Misa; no la celebrábamos con el sacerdote en la presencia de Dios, sólo la “oíamos”.

Es cierto, es una forma de hablar; pero a lo mejor ahora sí que la celebramos. Hubo momentos en nuestra vida en que preguntábamos si llegando el Evangelio cumplíamos el precepto. Se trataba de eso, de cumplir. Y así acallábamos la conciencia.

Probablemente hicimos la Primera Comunión. ¿Fue la última durante mucho tiempo?

Después encontramos el amor de nuestra vida, novio o novia. ¿Lo amábamos de verdad? ¿Éramos capaces de respetarlo? Quizá nos amábamos a nosotros mismos, buscando el placer personal; el matrimonio vendría después o no, ¡quién sabe!

Y Jesús, sentado a nuestra vera, esperaba. ¡Qué razón tiene Pedro en su carta!: Mirad que la paciencia de Dios es la garantía de nuestra salvación.

Y un día cruzó su línea de universo con la nuestra: ese día conocimos a Jesús. Sería en una iglesia, o en una predicación, un amigo que nos habla… Da igual. Hemos estado como el pueblo de Israel dando vueltas durante mucho tiempo, y un día ¡zas! La revelación. Será nuestra particular “caída del caballo”, como la de Pablo.

Esas son, pues, las obras de las Manos de Dios en nosotros. Y, nuevamente, la Escritura nos recuerda:

¡Tu Amor es eterno, Yahvé, no abandones la obra de tus Manos! (Sal 138,8)

Alabado sea Jesucristo.