Desierto

Fotografía: Herman Layos (Creative Commons)

Una vez meditado sobre la primera tentación de Jesús, en otro texto del autor que os escribe, continuamos con las dos tentaciones siguientes.

“…entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito:

A sus ángeles encomendará
y en sus manos te llevarán
para que tu pie no tropiece en piedra alguna.

Jesús le dijo: “También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios”.

El diablo, que no se le presenta como hemos visto tantas veces en forma humana, de terrible aspecto, le tienta introduciendo en su Cabeza el pensamiento que llamamos de soberbia, de vanidad, de buscar el aplauso por algo bien hecho; el deseo de figurar y ser reconocido por los demás como Dios, en toda su grandeza. Es el pecado de sentirse orgulloso de los logros obtenidos, de mirarnos a nosotros mismos.

Y le habla con la misma Escritura, con los versículos del Salmo 91:

“…El mal no te alcanzará, ni la plaga se acercará a tu tienda
que él ordenará a sus ángeles que te guarden en todos tus caminos
te llevarán en sus manos, para que en piedra no tropiece tu pie…”
(Sal 91,10-13)

Jesús, el Maestro, responde con Sabiduría sólo propia de Dios: No tentarás al Señor, tu Dios. Jesucristo, Señor de cielo y tierra, de todo lo creado, es Señor también sobre las tinieblas, arrancando el mal del mundo. Y en esa tentación, el Maligno no puede acercarse a su tienda, Él (Jesús), no puede ser tentado.

En su desesperación, el diablo le enseña todos los reinos del mundo. Y le dice: “todo esto te daré si postrándome me adoras”. Jesús le dice: “¡apártate Satanás porque está escrito: al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él darás culto”.

Israel tierra seca y árida, que no produce frutos, desde Jerusalén puede observarse la tierra de Jericó, tierra que mana leche y miel (Dt 26, 4-10). Es la tierra que le enseña el diablo, es la tierra de la abundancia, la tierra donde reina el dinero.

Y Jesús no quiere que el hombre tenga otro Dios que su Padre, no puede existir el culto a ese diabólico señor que es el dios dinero.

En este contexto, podríamos recordar la parábola del “Buen Samaritano”, que comienza con estas palabras:

“…Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó…” (Lc 10, 29-37). Descendía desde la Ciudad Santa de Jerusalén, donde residía la Gloria de Dios, hasta la ciudad de Jericó, ciudad de pecado, ciudad que manaba leche y miel, donde el rey era el dios dinero. Descendía como se desciende a los infiernos.

Y nos dice la Escritura: El diablo le dejó para otra ocasión. A lo largo de la vida de Jesús, hubo más tentaciones; basta recordar la tentación en el huerto de los Olivos, la noche del Prendimiento, o las palabras de Jesús en la Cruz: “…Dios mío, por qué me has abandonado…”

Pero la Sabiduría de Jesús, que es la Sabiduría del Padre, aplasta la cabeza de la serpiente, del diablo, de Satanás, y nos enseña la forma de librarnos de las tentaciones, que, como decía en el texto anterior, nos ayudan en nuestro camino a Dios, amándole con la libertad de los hijos de Dios.

Alabado sea Jesucristo.