Escalera

Fotografía: Gwenael Piaser (Creative Commons)

No hace mucho un amigo propietario de un negocio de hostelería -cafetería- a cuya puerta se encontraba un mendigo, me recomendaba no darle limosna, ni siquiera esos céntimos que quedan colgados por el precio de redondeo de la consumición realizada. Según él, era mejor darles esas menudencias a las mismas camareras que le habían servido, con la amabilidad y profesionalidad que normalmente les caracteriza. Estas personas, -las camareras-, padecen los problemas que todos padecemos en estos momentos difíciles de precariedad laboral, bajos salarios, problemas personales quizá de abandono conyugal, divorcio, y tantas y tantas penurias a la que nos ha llevado la tan citada crisis económica que, sobre todo, es y ha sido una crisis de virtudes -que no de valores, palabra pagana- en la que todo o casi todo vale, y en la que Dios no se considera como el Compañero y Amante de nuestras vidas, al que le hemos olvidado como algo anticuado de otras épocas, que ya no es necesario para esta sociedad “progresista”, que camina hacia un futuro de “progreso” tal, que la madre decide sobre su cuerpo asesinando al hijo de sus entrañas, cambiando de “pareja” que no de “marido” cuando éste o ésta yo no me satisface, olvidando que la vida sólo la quita Dios cuando Él estima que hemos terminado nuestra peregrinación por este mundo, autorizando la eutanasia, es decir, asesinando a los ancianos que ya no sirven, y a los que hay que recluir en asilo -“actualmente Residencia de ancianos”- donde ya no tenemos la obligación de cuidarlos; de esta manera, si nos quedaba un ápice de solidaridad -palabra antigua, virtud cristiana, pero que “modernamente” “sustituye” (o lo pretende) a la caridad, virtud de Amor-, no tenemos que sufrir las “impertinencias” que nos produce la visión de decrepitud en que nos puede sorprender un día nuestra ancianidad. Este “progreso”, nos lleva a permitir las relaciones prematrimoniales entre jóvenes, como algo natural, porque “hay que conocerse”, ya que el matrimonio, no puede ser para toda la vida, sino mientras me vaya bien, o mientras no se cruce en mi camino uno o una que me guste más, por un tiempo ¡naturalmente!

En este desvarío infernal, enseñamos a nuestro hijos a ser buenos ciudadanos: para eso inventamos una determinada Educación para ello, o para tapar nuestra conciencia -siempre Dios sale a nuestro paso- los más avezados en estas lides, proponen una ética -palabra que sustituyen por “moral cristiana”-. Y digo que Dios sale a nuestro paso, significando que la conciencia la plasmó Dios en nuestra alma, de la misma manera que un alfarero deja impresa su huella en el barro aun no pasado por el horno, dejando Él algo que siempre, siempre, en lo más íntimo del ser, nos avisa que algo que hacemos es “contra natura”, algo que no estamos haciendo bien.

Para terminar estos despropósitos imbuidos por Satanás, “estorba” el crucifijo en los colegios, no se reza a María en el mes de Mayo, la Misa “aburre”, los curas sólo deben estar en la iglesia, y no opinar de política, no sea que despierten a los dormidos ciudadanos… Podría continuar con más lindezas, atributos del demonio, pero Dios, a pesar de todo esto, AMA al hombre. Y, como ama con mayúscula al hombre, no le deja solo. Tenemos la Luz del Evangelio, que es Cristo mismo revelado y anunciado por los profetas desde hace varios miles de años.

Y vuelvo al inicio, cuando pensaba con mi amigo si darle o no limosna al mendigo. Efectivamente hay mafias que recogen a personas necesitadas, muchas veces de otros países, a los que extorsionan y amenazan a ellos y a sus familias, ante la impunidad de autoridades políticas que se dicen religiosas, o ante la impunidad de los mismos cristianos que miramos a otro lado para no “estropear” nuestra conciencia y “amargarnos el día”.

Hay quien recomienda no darles nada; hay quien indica que las limosnas se deben dar a instituciones de la Iglesia como Cáritas; esto está muy bien, y es un camino seguro. ¡Qué curioso! Ahora sí hace falta la Iglesia!!!!

Leemos en el Evangelio: “…Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me visitaste…” y, ante las preguntas del hombre para saber dónde le vimos así, responde: “…Cada vez que lo hiciste con uno de estos, mis hermanos conmigo lo hiciste…” (Mt 25,34)

Y seguíamos discutiendo si darle o no. Dice mi amigo, que todos damos de lo que nos sobra, LAVAMOS NUESTRA CONCIENCIA (de ahí el título del texto). No le falta razón. Pero también la lavamos cuando nos escudamos en alguno de los parámetros enunciados.

Alzando la mirada, vio a unos ricos que echaban sus donativos en el arca del Tesoro; vio también a una viuda pobre, que echaba allí dos moneditas, y dijo: De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que nadie. Porque todos estos echaban como donativo de lo que les sobraba; ésta, en cambio, ha echado de lo que necesita, de todo lo que tiene para comer” (Lc 21,1-4)

Claro que el diablo retuerce los pensamientos y nos hace pensar: Por no lavar nuestra conciencia, mejor no doy nada a nadie, y encima me justifico… y quedo “progre” y bien.

En definitiva, al final de nuestra vida nos examinarán del Amor. Del amor que dimos a nuestra familia, amigos… del amor que no dimos a nuestros enemigos, o a los que no nos caían bien; de aquellas palabras que no dijimos de cariño, o palabras que anunciaban la fe de Cristo; cada vez que miramos a otro lado para “lavar nuestra conciencia”.

El hombre necesita pan, -¡recpacita, amigo panadero!- pero también, y sobre todo necesita del Pan de la Palabra, que es Jesucristo: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4)

Alabado sea Jesucristo.