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Fotografía: Jesús Solana (Creative Commons)

Este Salmo es una invitación al hombre justo a que ponga toda su confianza en Dios sea cual sea la situación que esté viviendo. También, cuando está sufriendo una experiencia adversa que tambalea sus seguridades; aunque sean injustos con él, no por ello dejará de hacer el bien, y esto porque lleva dentro de su corazón el sello de la confianza en Dios. «No te irrites por los malvados, no tengas envidia a los injustos… Confía en el Señor y haz el bien».

Cuando Dios revela a Pedro que tiene que anunciar a Cornelio la Buena Nueva de Jesucristo, va a su encuentro y le comunica estas palabras: «Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder, y Él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él» (He 10,38). Pedro le catequiza haciéndole ver que Jesucristo pasó haciendo el bien a todo hombre, librándole de la opresión de Satanás por más que el poder del demonio actuó en su pueblo volviéndole contra Él, provocando el rechazo sistemático a todo lo que Él era y representaba. Rechazo que culminó con la muerte y muerte de cruz.

La Iglesia primitiva tenía esta conciencia clara del don que había recibido de Dios de amar y hacer el bien a los enemigos. Y esto no por cobardía o por una visión estoica o negativa de la propia vida, sino en el aspecto positivo de que hacer el bien a los enemigos es la única forma de vencer al mal. Escuchemos lo que nos dice el apóstol Pablo: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence el mal con el bien» (Rom 12,21).

El salmista, profundamente iluminado por el Espíritu Santo, nos da la razón de por qué el hombre, que puede llegar a estar arrinconado hasta el peor de los extremos, ha de poner su confianza en Dios: «Encomienda tu camino al Señor, confía en Él y Él actuará, manifestará tu justicia como el amanecer y tu derecho como el mediodía».

¿Pero cómo puede el hombre vivir esta confianza en Dios? ¿Cómo puede confiar su suerte, su causa y hasta su propia vida en Dios cuando, la tentación de actuar por sí mismo ante lo inmediato de una situación, es lo normal y lo válido que uno ve a su alrededor? Poco importa que este actuar para «salvarse de una situación», no esté muy de acuerdo con el Evangelio. Es lo normal y válido que todo el mundo hace y basta.

Tendremos que mirar a Jesucristo y preguntarle qué fuerza interior tenía para aceptar tanto rechazo y persecución por parte de su propio pueblo. Si le hiciéramos esta pregunta, nos respondería que es cuestión de sabiduría. Que es tener conciencia de que le pueden arrebatar todo: su status, su dignidad y hasta su propia vida, porque sabe que su Padre está con él; que Él lleva a término su causa por más que los hombres la hayan rechazado, y que su Padre nunca le dejará solo. «Mirad que llega la hora en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo» (Jn 16,32).

Abandonado hasta por los pocos discípulos que decían que creían en él, y dispersos estos por el escándalo que suponía que Dios le dejara morir en la cruz, Jesús confía en su Padre, sabe que Él actuará más allá de su fracaso y su muerte. Y, efectivamente, Dios resucita a su Hijo haciéndole victorioso sobre todo poder del mal que había provocado toda esta dispersión. Jesús resucitado «hace el bien a los hombres»: a los que le rechazaron y a los que huyeron escandalizados. Y los convocó en torno a él, dándoles el evangelio de la salvación, que es el bien sobre todos los bienes, por el que el hombre caído recupera su dignidad y es engendrado como hijo de Dios.

Entrelazado a lo largo de estas maravillosas notas catequéticas del salmo, encontramos lo que podríamos llamar esta perla preciosa: «Ten tus delicias en Dios y te dará lo que pida tu corazón». ¿Cuándo sabe un hombre que tiene verdaderamente sus delicias en Dios? No podemos responder con palabras piadosas, que pueden estar desprovistas de convicciones profundas, sino con actitudes reales y concretas. Jesucristo nos dice que tener las delicias en Dios supone buscarle, pedirle y llamarle. «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá… Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11,9-13).

Cuando un hombre pide el Espíritu Santo, está pidiendo que Dios le dé el conocimiento revelador de la Palabra, es decir, que esta se haga transparente a su corazón con la misma sabiduría divina, ya que la sabiduría humana no puede penetrar el misterio de Dios. Y la palabra, que es Dios mismo, crea en su corazón lo que este no posee por naturaleza, que es «tener sus delicias en Dios», Dios mismo habita en el hombre y provoca en él, delicias hasta entonces desconocidas que van más allá de lo inmediato. El hombre, que es así habitado por el santo Evangelio, experimenta, conoce y vive «sus delicias en Dios».