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Fotografía: Rilind Hoxha (Creative Commons)

No digo nada extraño que no se haya dicho montones de veces: digo que el mundo occidental vive una época de cierta decadencia. La razón en mi opinión, no es tanto por el hecho de habernos instalado en la comodidad, sino por causa de la debilidad en el carácter de las personas que llega a imprimir una mala educación basada en el exceso de información y la falta de conocimiento.

Educación pésima de la que adolecen muchas de nuestras sociedades en occidente.

Y es que demasiado al Este, llega a ser el Oeste, y ciertas bondades sin medida, llegan a ser maldades.

Por ejemplo, cuando yo era niño y me subía a un árbol, si una persona mayor me decía “bájate”, yo sabía que me decía lo correcto, ya que eso mismo me habría dicho mi padre, mi tío, mi maestro y el alcalde del pueblo. Pero si hoy le dices a un niño “bájate del árbol”, es muy fácil que llegue una persona cargada de cierta bondad diciendo que estás atentando contra los derechos del niño pues impides que desarrolle adecuadamente su sistema psicomotriz.

Desafortunadamente hoy en día en occidente, no es lo mismo lo que le dice al niño papá, que lo que le dice mamá, o lo que le dice el tío, el maestro o el presidente del gobierno por televisión. Entonces lo que pasa es que el niño no tiene certezas y no está seguro si está bien o está mal subirse al árbol. Por tanto, vive en un mundo incierto, donde las cosas son relativas y como nadie se atreve a ponerle límites, descubre con gran satisfacción que sus deseos pueden convertirse en sus derechos por encima casi de cualquier autoridad.

Además como todo el mundo quiere proteger mucho a los niños que tienen más de 9 meses (los que tienen menos ya es otra cosa), para evitar abusos de autoridad, la madre cuestiona la autoridad del padre, el padre la de la madre, y ambos la del maestro y por supuesto todos la del señor cura, entonces la autoridad la gobierna el niño y su deseo, mientras los demás se ponen de acuerdo en su educación.

Así vemos madres muy amorosas incapaces de decir “no” a un niño necesitado de alguien que con cierta autoridad encauce sus emociones desbocadas.

El hecho de que vivamos en regímenes de gobierno democráticos no significa que eso debe extenderse al interior de las familias. Un niño debe saber que una familia no es una democracia, sino que allí manda el padre puesto que el padre es su mente hasta que el niño crezca lo suficiente para que su potencial mental tenga el uso de razón debido. Y el padre debe hacerse responsable de esto y representar si es el caso el papel de lobo, pues si todos quieren ser caperucitas, el cuento no sale bien y el niño no aprende que en el drama de la vida, hay caperucitas, abuelitas y lobos.

Si no se truncan ciertos deseos de un niño, no desarrollará resistencia a la frustración y no será capaz de renunciar a nada que le apetezca, pues siempre habrá alguien muy comprensivo y bondadoso que le dará en el futuro hasta el consentimiento de quitarle la vida a otros niños menores de 9 meses para que no se interpongan en sus planes y así él pueda seguir disfrutando de la vida que le niegan a otros, como auténticos dioses con poder sobre la vida y la muerte.

Nuestros abuelos sabían bien que para educar a un niño, hasta los cinco años todo es amor y juego, pero a partir de esa edad el niño debe aprender a servir a los demás, a hacer algo que no solo sea para su propio beneficio, sino para el de los demás. Esto le dará su sitio en el mundo, los afianzará como personas y aprenderán a respetarse a sí mismos, les será más fácil esquivar los pensamientos descorazonadores y suicidas propios de una adolescencia ociosa.

Todo el secreto de la educación de los jóvenes está en el servicio a los demás, esto debería ser una regla sagrada, conviene saber que las palabras “sacrificio“ y “sagrado” tienen la misma raíz etimológica, pues primero el hombre ama aquello a lo que sirve y por lo que se sacrifica, y luego resulta que después de forma natural sirve a lo que ama.

Esto al principio puede resultar incómodo pues tendrá el niño que renunciar a algo, y así aprenderá que al fin y al cabo la vida es un acto continuo de renuncia, hasta renunciar a la vida misma. Pero si el niño no desarrolla esta resistencia a la frustración, sufrirá más él y sus allegados, se sentirá débil, se dará cuenta con el tiempo de lo mucho que hizo sufrir a sus padres y de lo incómodo que resulta criar a un hijo como él, y entonces no querrá tener hijos y no los tendrá.

Y en estas estamos en el mundo occidental.

Las palabras de Jesús: “Dejad que los niños se acerquen a mí”, también deberían entenderse en el sentido de educarlos en los valores de Jesús y acercarlos a su enseñanza. Y su enseñanza dice que el que quiera ser el primero y necesite crecer en el espíritu, (como necesitamos todos y en especial un niño) que sirva a los demás y sea el último.

Esto, sin ninguna duda, sienta las bases de una psicología normal para el hombre.

No hay mucho más que añadir.