Confesionario

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

Meditando el Salmo 100 en la oración de Laudes, me encuentro con la expresión: “…Voy a explicar el camino perfecto…”. La palabra “perfecto” en la Escritura tiene otra connotación diferente a como la expresamos en nuestro idioma español, hijo del griego y del latín. Para nosotros, perfecto es lo que tiene tal grado de excelencia que no puede llegar a más. Sin embargo, perfecto, etimológicamente, viene de: “per facere”, que significa “algo por hacer”. Por ello, el camino perfecto es el camino que aún me falta por hacer, por realizar.

Y en este camino que me falta, continúa el Salmo:

“…Andaré con rectitud de corazón,
no pondré mis ojos en intenciones viles,
aborrezco el mal, lejos de mí el corazón torcido,
no aprobaré al malvado…”

Desde siempre se han tenido como pecados muy graves los relativos al quinto y sexto mandamientos, y así es. Pero hemos tenido como pecados menores otros tales como la gula, el apetito desordenado, la murmuración, el chismorreo, el juicio hacia los demás… la mentira, el fraude. Y es lo que en la Escritura se denuncia como “tener las manos manchadas de sangre”. Manos manchadas con la fama del hermano; juicios que cuando se realizan, inmediatamente llevan implícito una condena.

Así nos lo hace saber el Salmo:

“…Al que en secreto difama al prójimo, lo haré callar
ojos engreídos, corazones arrogantes, no los soportaré…”
no habitará en mi casa quien comete fraudes, el que dice mentiras
no durará en mi presencia…”

En estos tiempos que vivimos, la palabra “fraude” no suena cercana; está todos los días en la televisión. Y, ¡naturalmente! Juzgamos… y condenamos. Al margen de que estos fraudes están totalmente proscritos en nuestra moral, hemos de pensar si nosotros caeríamos también si tuviéramos la oportunidad … Hemos pecado, Señor, -decía el pueblo de Israel-, ten compasión de nosotros!

Por eso nos dice Isaías: “… ¿Quién de nosotros habitará un fuego devorador, quién de nosotros habitará una hoguera perpetua?

El que procede con justicia y habla con rectitud
el que rehúsa el lucro de la opresión, el que sacude la mano rechazando el soborno
y tapa su oído a propuestas sanguinarias, el que cierra los ojos para no ver la maldad
ese habitará en lo alto…” (Is 33, 13-16)

O también:
¿Quién puede subir al Monte del Señor, quién puede estar en el recinto sacro?
El Hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos
ni jura contra el prójimo en falso
ese recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación…” (Sal 23)

Ese Hombre de Manos inocentes es Jesucristo, el único que en el Monte Santo abrió sus Manos en la Cruz redimiendo al género humano, el Único que puede hacer ese Santuario fundado por sus Manos (Ex 15, 17)

Por eso, meditemos a la Luz de la Escritura, del Evangelio, en lo que siempre consideramos “pecados menores”. Con estos “pecados menores” estamos crucificando a nuestros hermanos, y tendremos nuestras manos manchadas de sangre.

Alabado sea Jesucristo.