Bosque

“Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco.” (Mt 3, 16-17)

 

Maestro del silencio

Sabías que no podía escucharte hasta que no dejara de querer, de pensar, de hablar y entonces, me llevaste a la escuela del silencio.

Y allí me enseñaste a mirar sin describir, a escuchar sin juzgar, a sentir sin clasificar. Y cuando fui aprendiendo, me explicaste porqué todo eso es necesario para escucharte.

Me explicaste que no hay que tener la voluntad de quererte, solamente hay que necesitarte. Que no hay que ansiar, solamente esperar. Que tú hablas en el silencio pero no en el del mundo, sino en el del alma. Me enseñaste que tú siempre estás cerca pero no te gustara el ruido.

Y que cuando llego y te llamo y quiero escucharte, si mi alma no está en silencio, te siento a mi lado pero no puedo escuchar tu voz. Porque el ruido de mis cosas, ensordece el corazón y tú sólo hablas al corazón.

Te he pedido ahora, maestro del silencio, que me ayudes a retirar de este viejo trastero que es mi alma, todo lo que me ocupa tiempo y sobre todo, todo lo que hace ruido.

No es trabajo fácil pero, tú Señor eres maestro experimentado. Me temo que tienes muchos alumnos como yo.

Y cuánto cansa y agota el ruido, Señor y ¡Qué placer tu silencio!

Allí donde tu palabra vaga por el alma, nuestro ruido se torna paz.

Pero no confíes mucho en mí y creas que ya he aprendido.

Después de la lección de ayer y de hoy, mañana al despertar es fácil que de nuevo vuelva a llenar mi alma de ruido. Por eso Señor, como decía Teresa de Lisieux: “…dame una cita contigo mañana”, al despertar, en tu escuela, la del silencio. Y enséñame de nuevo, otro día, cómo se vacía uno del mundo y deja espacio para llenarse de tu Palabra.

 
“Escucha mis palabras, Yahveh, repara en mi lamento, atiende a la voz de mi clamor, oh mi Rey y mi Dios. Porque a ti te suplico, Yahveh; ya de mañana oyes mi voz; de mañana te presento mi súplica, y me quedo a la espera.” (Sl 5, 2-4)