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Nos vamos a detener en dos capítulos del Evangelio en los que aparece María y que nos pueden ayudar a conocer un poco más de Ella.

 
Bodas de Caná

En aquel tiempo se celebraba una boda en Caná de Galilea, cerca de Nazaret, y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara el vino, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino». Jesús le responde: «Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? Todavía no ha llegado mi hora». Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que él os diga». Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala». Ellos se lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde venía (los sirvientes, que habían sacado el agua, sí lo sabían), llama al novio y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya todos están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora». (Jn 2, 1-10)

Jesús asiste a la boda acompañado de sus primeros discípulos, entre ellos Juan, que nos narra lo que vio y vivió en primera persona. En Caná sucedió algo inaudito en una boda judía, se les terminó el vino, algo que jamás podía faltar durante los días que duraban las bodas. Los judíos eran muy celosos a la hora de preparar el vino para sus bodas, tal es así, que padres y novios lo iban almacenando incluso durante años para cuando llegasen éstas. Cuando se quedaron sin vino en Caná, o bien fue por un error de cálculo considerable, o más bien, de algún modo, fue por la intervención divina.

El caso es que un suceso así sería muy perjudicial para los novios, que tendrían que vivir con el sambenito de no haber tenido suficiente vino en su boda. María que se enteró de lo sucedido, actuó con discreción. Se acercó a Jesús pidiéndole que les ayudara a solucionar el problema, pero Éste en un primer momento le respondió negativamente, exponiéndole que no iba con ellos. En realidad, no eran más que dos invitados a la boda, pero María no se rindió ante la primera negativa de su Hijo, que definitivamente no pudo negarse ante su Madre. ¿Cómo podría decir no ante el eterno sí?

María, aunque su Hijo no había realizado antes ningún milagro, no dudó de Él, como no dudaría jamás, ni al ver que era bandera discutida, ni al asistir al inmenso drama del Calvario. Por eso les dijo sin vacilar a los sirvientes que hiciesen lo que su Hijo les dijera.

Los invitados pudieron saborear un vino exquisito, que ahora sí tenían los novios y lo tenían en abundancia. Jesús se nos da en abundancia y María también. No le fue indiferente el problema de los novios, como no le son diferentes nuestros problemas. Ella siempre media ante Dios por nosotros. Francisco de Asís, que la amaba intensamente, la designó como Protectora y Abogada de su orden. Él no tenía conocimientos académicos sobre María, pero era un hombre sencillo. Cristo da gracias al Padre por revelar su Palabra a la gente sencilla. También siendo humildes acogeremos mejor a nuestra Madre, que quiere que como los sirvientes de Caná, cumplamos la Palabra de su Hijo.

 
La familia de Jesús

Se presentaron donde él su madre y sus hermanos, pero no podían llegar hasta él a causa de la gente. Le anunciaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte». Pero él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen». (Lc 8, 19-21)

Como vemos el Evangelio nos habla de hermanos, pues las lenguas arameas y hebreas no hacen las distinciones que se hacen en otras lenguas, como la nuestra, entre primos, tíos, sobrinos… sino que llama a todos los parientes próximos hermanos. También denota los vínculos sagrados de la familia para los israelitas, que no hace distinciones.

El que Jesús no se casara y le diera descendencia a sus padres, no debió de gustar a sus primos y al resto de sus familiares que le verían como diferente. Por otra parte, se trataba de un hijo único que iba a dejar sin descendencia a sus padres y que además, tenía sangre del linaje de David por parte de sus dos padres, por lo que debía dar continuidad a su linaje mesiánico. Lo que sus familiares no sospechaban es que Jesús, que había nacido y vivido en un humilde hogar de Nazaret, era el Mesías.

Cuando comenzó su predicación, los ánimos seguramente se encendieron aún más en su familia, pues para ellos había abandonado a su Madre, que estaba viuda, rompiendo gravemente el vínculo sagrado de la familia establecido por Yaveh, algo que considerarían casi una blasfemia. María tendría que acostumbrarse a escuchar los cuchicheos de sus vecinos y familiares sobre la extraña actitud de su Hijo. Aunque lo más difícil para Ella debió ser el no tener en su casa a Jesús, trabajando en su carpintería, compartiendo sus oraciones y quehaceres diarios, algo que María aceptó como siempre hizo con la voluntad del Padre.

Cuando Jesús regresó a Nazaret acompañado de un grupo de seguidores, fue recibido de la peor forma; ¿cómo podía ser que de su humilde carpintería hubiese pasado a arrastrar a las masas? Sus vecinos, entre los que estaban sus familiares, no entendían que el hijo de José el carpintero pudiera hacer milagros y encendía su ira el hecho de que los hubiese realizado en otros sitios y no en su pueblo. María tuvo que ver cómo el odio de sus vecinos estallaba cuando Jesús en la sinagoga, en la que tantas veces había pasado desapercibido, se proclamaba el Mesías. Si no hubiese sido por la energía que emanaba de su Hijo, lo hubieran despeñado. Su Madre comprendía que se iban cumpliendo aquellas palabras proféticas que, con su bebé en brazos, escuchó del anciano Simeón y que le causaron tanta tristeza; “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! – a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”. (Lc 2, 34-35)

Sus parientes, que pensarían que estaba loco, debieron reafirmarse ello después de lo sucedido en Nazaret y de conocer que la actitud revolucionaria de Jesús había encendido las iras de escribas y fariseos. Decidieron por tanto, presentarse delante de sus seguidores, probablemente para desacreditarlo. Entre la multitud que le escuchaba y los Apóstoles que siempre le seguían y protegían, no les iba a ser fácil acercarse a Él y menos después de lo sucedido en Nazaret. Por ello, la mejor forma de llegar hasta Jesús era utilizar a María como cebo. Ella, al ser viuda, estaba por ley bajo la tutela de su familia, por lo que no podía negarse a acompañar a los primos de Jesús.

Quizás, al ver Jesús con disgusto que su Madre había sido conducida hasta Él por sus primos con tan mala intención, respondió de la manera que hemos leído en el Evangelio: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen», contestando así de manera contundente a sus primos. Al decir estas palabras, que nos sonarán duras, no rechazaba a María, sino al contrario la alababa, porque era precisamente su Madre, no ya por sus vínculos de sangre, sino porque cumplía la voluntad de su Padre. Jesús con aquella afirmación daba énfasis a los lazos espirituales, por encima de los de la sangre.