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Fotografía: Moyan Brenn (Creative Commons)

El salmista exulta por Dios y le rinde una acción de gracias nacida de lo más profundo de su alma, porque le ha levantado de las humillaciones a las que le tenían sometido sus enemigos. Emocionado por la protección que Dios le ha dado, llega a decirle: «Cambiaste mi luto en danza, me desataste el sayal y me has vestido de fiesta».

Esto nos lleva a la visión de la fiesta triunfal que tuvo el apóstol Juan y que nos cuenta en el libro del Apocalipsis. «Había una muchedumbre inmensa de toda nación, razas, pueblos y lenguas de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero» (Ap 7,9-10). Esta visión describe el triunfo celeste de aquellos que apoyaron toda su vida, proyectos, deseos, anhelos, inquietudes, afectos… en Dios, cuya Luz ilumina todas las potencialidades de los seres humanos.

Continuamos la visión y leemos que «uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: “Esos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?”. Yo le respondí: “Señor mío, tú lo sabrás”. Me respondió: “Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero”» (Ap 7,13-14).

Por dos veces el texto hace referencia a estos hombres-mujeres que participan de la fiesta universal cubiertos con vestiduras blancas. En la Escritura, el blanco simboliza la victoria; pero antes han pasado por la tribulación que ya había sido profetizada por Jesucristo: «Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate, piense que da culto a Dios… Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo! yo he vencido al mundo» (Jn 16,2.33).

En Jesucristo y en su victoria, el hombre pasa del sayal de la tribulación al vestido de fiesta blanqueado por la sangre del Cordero, que está vivo y resucitado en cada página del Evangelio que acogemos.

Sin embargo, hay que tener presente que estos momentos de tribulación son reales. Es más, se vuelven normales en nuestro caminar en la fe, por lo que hemos de poner nuestros ojos en el Evangelio como única ventana donde resplandece en toda su plenitud el rostro de Dios. Y no hay que extrañarse si, cuando estamos en el centro del huracán, vacilan todas nuestras creencias y experiencias, tal y como le pasó al salmista: «Y yo en mi paz decía: ¡jamás vacilaré! Yavé, tu favor me afianzaba sobre fuertes montañas; mas retiras tu Rostro y ya estoy conturbado».

Nunca pensaron los Apóstoles que su fe en Jesús iría a vacilar; y más aún, teniendo en cuenta que habían sido testigos del poder de Dios que Él ejercía por medio de tantos milagros, incluso llegaron a ver su rostro radiante en la transfiguración (Mt 17,2). Pero cuando este Rostro se oscureció en la Pasión… «los discípulos le abandonaron todos y huyeron» (Mt 26,56). El Rostro oscurecido del Mesías ya había sido profetizado por Isaías: «No tenía apariencia ni presencia; le vimos y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta…» (Is 53,2-3).

Mas cuando Jesucristo, como Buen Pastor, vino al encuentro de sus discípulos con la gloria de la Resurrección, volvió la fiesta para estos hombres, temerosos y cobardes pero inmensamente queridos por Dios. Tribulación o fiesta: la última palabra la tiene el Dios, vencedor del mal, y la palabra es: Fiesta para la humanidad.

En las apariciones de Jesucristo resucitado, merece especial mención la que realizó a María Magdalena. La tribulación de esta mujer parece que no tenía fondo. La encontramos llorando desconsoladamente, inclinada, vuelta sobre sí misma hasta tocar su rostro con el sepulcro. Alguien le da conversación, y ella solamente es capaz de responder con lágrimas en los ojos: ¡se han llevado a mi Señor! El mismo Jesús, de incógnito, le dice: ¿a quién buscas? Ella responde a su pregunta y por fin Jesús se da a conocer cuando pronuncia su nombre: ¡María! Esta se volvió y sus ojos se cruzaron con los ojos del rostro del Resucitado (Jn 20,11-16).

Pasó del vestido de sayal al vestido de fiesta, porque ninguna de las lágrimas que esta mujer había derramado por la ausencia de amor y esperanza que había experimentado en Jesucristo, se había perdido a la mirada de Dios.