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Anunciación (Zurbarán)

En el Salmo anterior pudimos ver cómo el salmista imploraba a Yavé la protección y salvación para el rey de Israel, y cómo su oración había sido escuchada.
 
En el Salmo de hoy vemos al rey coronado de gloria y exultante de júbilo. Su corazón rebosa de gratitud y la manifiesta con una alabanza vibrante, proclamando la fuerza que Yavé ha desplegado en su favor.
 
Sabemos, tal y como nos dice el concilio Vaticano II, que los salmos tienen su cumplimiento y plenitud en Jesucristo y por Él en la Iglesia. Vamos, pues, a partir de este salmo, a entrar en el sentido profundo de la aclamación de María -imagen de la Iglesia-, como nos la definen los Santos Padres.
 
María es imagen de la Iglesia y es también imagen de Israel. En ella, Dios lleva a su plenitud las promesas proclamadas por los profetas a su pueblo y, a través de él, prolongadas a todos los hombres.
 
Yendo al profeta Ezequiel, vemos cómo Dios le muestra un cementerio, un campo lleno de huesos, y le dice: «Este cementerio es la casa de Israel, pero enviaré mi espíritu sobre estos huesos y vivirán». Y, para dar fe al profeta de que cumplirá esta palabra, le anuncia: «Y sabréis que yo, Yavé, lo digo y lo hago» (Ez 37,14).
 
«Lo digo y lo hago» es la única esperanza y certeza que tiene Ezequiel y, con él, todos los hombres que buscan a Dios: si Él lo ha dicho, indudablemente lo hará. Y lo hace en el nacimiento de su propio Hijo.
 
La Palabra desciende sobre María -Dios le dice-: «Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un Hijo a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo» (Lc 1,31-32). Dios «le ha dicho» a María y le anuncia «cómo lo hará»: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1,35), es decir, se hará por la misma fuerza de Dios.
 
Habíamos visto cómo este salmo era una aclamación festiva ante la fuerza que Yavé había desplegado en favor del rey. Veamos algunas de estas alabanzas: «Yahvé, en tu fuerza se regocija el rey y cómo le colma tu salvación de júbilo, gran gloria le da tu salvación, le circundas de esplendor y majestad. En ti confía el rey, tú le has otorgado el deseo de su corazón…».
 
María aclama la grandeza de Yavé ante la obra que está haciendo en ella, pero, a diferencia del rey del salmo, rompe todas las fronteras porque, si el rey exulta ante Dios por la salvación de su pueblo -un solo pueblo-, la exultación de María nace de la salvación que vislumbra del uno al otro confín de la tierra. En ella, la bendición de Yavé alcanza a todos los pueblos; en ella «el Yo lo digo y lo hago» es un anuncio de salvación para todos los hombres.
 
Y, sobre todo, en María, Dios crea la fe, la fe adulta, la fe en su plenitud. Dios la llena de sí mismo. Efectivamente, Isabel exclama: «Feliz la que ha creído que se cumplirían las palabras que le fueron dichas de parte de Dios» (Lc 1,45). Llena de Dios porque ha oído; llena de Dios porque se lo ha creído tan profundamente que le responde, ¡aquí estoy!, hazlo conforme has dicho; llena de Dios porque Él hizo en ella lo que en el profeta Ezequiel había prometido.
 
Y así, oímos inmediatamente después exultar a María con estas palabras: «Engrandece mi alma al Señor, mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque Dios ha hecho grandes maravillas en mí, ¡Santo es su nombre!» (Lc 1,46-49).
 
¡Santo es su nombre! La aclamación de las aclamaciones, la alabanza de las alabanzas. No es una frase de un ritual, no es una cláusula litúrgica, es la explosión del corazón de una mujer que ha visto la bondad, la misericordia, la fuerza de Dios actuando en ella, en su pueblo, en todos los hombres.
 
Exultante pero limitada a un pueblo fue la aclamación del rey del salmo. Ilimitada en el tiempo y en el espacio es la aclamación de María de Nazaret y, a partir de ella, la aclamación de todo creyente que, a lo largo de su historia, puede decir, al igual que María de Nazaret y sean cuales sean sus pecados, que Dios en él «lo ha dicho y lo ha hecho». Y lo expresa, no como una oración pía sacada de un manual, sino como un fuego que se eleva de un corazón y un alma exultantes, por lo que Dios hizo y continúa haciendo en él.