“No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros.
Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero
vosotros si me veréis, porque yo vivo y también
vosotros viviréis.
Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y
vosotros en mí y yo en vosotros.”

Jn 14, 18-20

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Fotografía: Matthew Sullivan (Creative Commons)

MI PASO POR LA TORMENTA

Miro hacia atrás
y quiero recordar
cada minuto
de esta gran tormenta.

Empiezo por ver
cómo me sorprendiste.
Cómo en aquella quietud
que yo consideraba paz
irrumpiste como el rayo.

Cómo mis pobres amarras
se soltaron de repente
y ante mí se presentó
la realidad del abismo.

Sigo recordando,
mis ojos ciegos,
el miedo dentro
y, tu mano tendida.

Tanto me aferré a Ti,
que a veces pienso
que llegaste a sentir
la presión de mis dos manos
aferrándose a las tuyas.

Y batallé sin descanso,
y las olas golpeaban
la cubierta de mi vida
y yo no veía nada
pero te veía a Ti.

Y me hablaste como nunca
y te sentí tan cercano
que todavía ahora
anhelo aquella ternura
con que abrazaste mi alma.

Y no importaba la hora
no importaba: día o noche,
si el dolor aparecía,
con la misma asiduidad
te hacías presente Tú.

Y caminé por caminos
que nunca había tomado
y me hablaste tanto, Padre
que el corazón me estallaba.

Y era así como el dolor
que socavaba mi alma
se disolvía, al momento
en el mar de tu ternura.

Y me subiste a las cumbres.
Y bajé hasta los abismos.
Y tan lejos como el alma,
a merced del sufrimiento,
se dispusiera a llegar,
allí te encontraba a Ti.

Y en medio de aquella lucha
soportada por tu Paz,
Tú me llevaste al lugar
donde pudiera encontrar
cara a cara, a Jesucristo.

Y entonces me permitiste
hablar con Él, como quien
reclama el cumplimiento
de la promesa escuchada.

Y entonces yo pude ver
que Cristo me respondía
y se paraba ante mí:
ante el ciego del camino.

Y me respondía igual
que a tantas y tantas gentes
que acudían confiados
a reclamar su piedad.

Y pude ver su mirada
y sentí su mano firme
y su bondad resbaló
hasta el fondo de mi alma.

“El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día, el sol no te hará daño, ni la luna de noche.
El Señor te guarda de todo mal,
el guarda tu alma”

Salmo 120, 6-8