Atardecer

Fotografía: See-ming Lee (Creative Commons)

“Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra, mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora” (Salmo 130,5-6)

El que espera en el Señor, es el que se deja moldear por la Gracia Divina. El Señor dice: “Tened ceñida la cintura y encendidas vuestras lámparas” (Lucas 12,35).

Sí, es preciso estar siempre a la espera y alertas al paso de Dios en nuestra vida, porque Él quiere formar parte de ella para que tengamos una vida plena, dejándonos saciar de todos sus bienes, de su misericordia infinita.

“Para mí, la vida es Cristo”, decía S. Pablo, porque bien sabía en quién esperaba, y cuál era su ganancia. Todo lo tenía por basura ante la sublimidad de haber conocido a Cristo Jesús. Dios permitió que Pablo perdiese la luz corporal de sus ojos temporalmente, quizás para poder recuperar una luz mayor, la de su alma, al ser inundado por la Luz de Cristo. Como dice el Salmo 36, 10: “Pues en ti está la fuente de la vida, y tu luz nos hace ver la luz”.

Sí, el Señor llega. No debemos de dormirnos y estar alerta, porque no sabemos ni el día ni la hora: “Llega el esposo, salgamos a recibirle con las lámparas encendidas” (Mateo 25,1); como las vírgenes prudentes, la luz siempre encendida y la Palabra en el corazón. Ahora es el momento de llenar nuestras lámparas de aceite para que no nos fate la luz que necesita nuestra alma para estar con Él cuando llegue (Mateo 25,6).

Y, “ceñida la cintura”; no para ceñirse a los falsos atractivos que nos ofrece el mundo, tantas veces obras de las tinieblas, sino para ceñirnos a la Gracia de Dios, -Salmo 62: “Tu gracia vale más que la vida”- esta Gracia que nos mantiene el espíritu joven, renovado y en la verdad. El Salmo 91, dice hablando del justo que en la vejez seguirá dando fruto y está lozano y frondoso…, por tanto no depende de tener muchos o pocos años, sino de saberse ajustar y estar más en sintonía en las cosas de Dios; deseos de acercarnos a Él, de estar con Él para conocerle mejor en la intimidad de la oración personal y permanente, para llegar a amarle más, y sobre todo, dejarnos amar por Él, de modo que sea el centro y el Rey de nuestra vida.

Esperar en el Señor es estar siempre en movimiento continuo en busca de su Rostro, buceando en las Aguas Vivas de su Palabra, que es siempre nueva e inagotable para quienes tenemos el oído abierto a la escucha de su voz.

Dios llega, sí, y llega con su recompensa “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman. (1 Corintios 2,9).

Por eso, mi alma espera en el Señor, espera en su Palabra.

ESPERO EN TÍ, MI DIOS Y SEÑOR. TÚ MI ESPERANZA. TU MI VIDA ETERNA. ¡¡GRANDE Y ADMIRABLE, SEÑOR!!